VIII Concurso de cuentos José María Rubio

24 de Febrero de 2010

SEGUNDO PREMIO

Matías el corto

Andrés Orellana García

«No es lo mismo marcharse que huir. El que se va se dirige a otra parte. El que huye no sabe dón­de acabará».

Ahora recuerdo las palabras del capitán antes de entrar en combate. ¿Huir? No, se trata de que a uno no le cojan. De vivir o morir.

Bien que nos han dado para el pelo. ¡¡Cabrones!! Ni auxiliar a los heridos, ni recoger a los muertos, nos han de­jado. En el momento que hemos salido de retaguardia, bien visible el brazalete blanco con la cruz roja, han vuelto a dis­parar, con más saña si cabe; hemos tenido que recular y huir. Ya no hay retaguardia. Ya no hay compañía, nos han pasado por encima. Ahora a buscarte la vida, que lo otro es la muerte.

Es raro pero me he quedado solo. Mi compañero, Juan –Juanito el Llorón– está tendido a mi lado con un certero tiro en la boca. De los demás, nada. De vez en vez se oyen vo­ces, disparos sordos, ráfagas de ametralladora intermiten­tes; pero no se ve a nadie. Oigo unas voces más cercanas. Las aislo. Se dirigen a mí. Levanto la vista y, en una loma, a escasos quinientos metros, distingo el uniforme gris sucio de tres voluntarios italianos.

Una serie de disparos me pegan al suelo hasta echar raíces. Gritan:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Por un momento dejo de oír los disparos, se toman una tregua. Me desprendo de las raíces y corro, corro como co­nejo asustado. Es lo único que puedo hacer. Estas malditas alpargatas no son lo mejor para correr (las botas se reservan para los soldados en combate; la tropa de retaguardia –in­tendencia, enfermería– nos tenemos que conformar o apa­ñártelas, ¡ni armas llevamos!).

Me paro detrás de un terraplén. Me duelen las sienes, el estómago, boqueo como un ahogado. Escucho. Nada. Aso­mo un poco la cabeza. Allí están, los veo. Van de caza, y yo soy la pieza a cobrar:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Les he sacado un buen trecho. Tengo un respiro. Me tumbo protegido por el talud. Echo mano de la cartera; den­tro está el carnet del sindicato –jefe provincial agrícola–, la cartilla militar –sargento de la compañía de camilleros, men­ción especial al mejor acemilero–, la foto de la boda con Juana –los dos de negro, serios, yo con mi bigote a lo Stalin, ella guapa, muy guapa; me saca como una cabeza, yo no soy muy alto, bueno la verdad, soy bajo, Matías el Corto me llaman en el pueblo, y además ando como desparramado, por la polio, que de chico tuve que llevar unos hierros en las piernas. Y la Juana me quiso a mí. Con todos los pretendien­tes que tenía:

¿Juani, me quieres?

Cómo eres Matías, no te voy a querer, tonto.

Entierro la cartera al lado, debajo de una retama. Si me cogen, que maten al conejo, no al hombre. Levanto un poco la cabeza. Miro. No les veo. Corro ladera abajo. Tropiezo. Ruedo. ¡Malditas alpargatas! Acabo en el fondo del barranco mirando al cielo, dolorido. Ahora los oigo allá arriba, buscán­dome; intentan ver entre la vegetación que cubre todo el ba­rranco, comienzan a bajar, despacio, al acecho de su presa:

¿Dónde estas, rosso? ¡¡Ya no te escapas!!

Me doy la vuelta para levantarme, y me tropiezo con unos enormes ojos que miran ciegos. Ahora lo noto, un he­dor insano invade todo el barranco. Aquí, a mis pies, yace reventado por la metralla un robusto caballo –de los de tiro, usados para el transporte de obuses–. Parte de sus vísceras cubren el suelo; un gran boquete se abre en su panza hin­chada. El animal está todavía caliente; las moscas zumban como locas ante el festín. Vomito varias veces. Tengo que actuar con rapidez, no pensar. Ellos bajan despacio, con precaución para no caer cuesta abajo. Meto las manos has­ta la náusea, y vacío por completo el vientre del animal. Estoy a punto del desmayo. Introduzco un pie, el otro, un poco más, hasta las rodillas, un poco más… Me hago un ovillo y así, acurrucado dentro de este útero fétido, espero.

Silencio. Alas de muerte han cubierto el cielo. El viento mueve las aulagas y las retamas. Ahora una piedra, dos, tres, varias caen pendiente abajo. Ya vienen, con su cantinela:

- ¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Una bota golpea la cabeza del caballo. Empujo más para adentro. Siento las costillas del percherón cómo se cla­van en mis costillas, apenas respiro.

–¡Sigamos! Aquí no hay quién esté, ¡¡joder qué peste!!

Oigo sus pesadas botas alejarse. Ya esta oscureciendo. Una lechuza grita a las sombras. Otra vez vuelven a mi ca­beza las palabras del capitán: «… el que huye no sabe dón­de acabará».

Relatos

Feliz 2010

22 de Diciembre de 2009

Esperamos que paséis una Feliz Navidad y tengáis un principio de año formidable

Sin clasificar

Santiago Pajares y su última obra “El lienzo” en HG.

7 de Diciembre de 2009

El 18 de diciembre a partir de las siete de la tarde, estará con nosotros en HG, Santiago Pajares, firmando ejemplares de su última novela El lienzo Publicada por Tabla Rasa.

Para quienes no le conozcáis teneis la ocasión de acercaos a su obra y a charlar con el. Y que mejor lugar que en una librería rodeados de multitud de vidas, regadas con un poco de cava y algún polvorón.

Noticias

VIII Concurso de cuentos José María Rubio

24 de Noviembre de 2009

PRIMER PREMIO

El sabor de las palabras

Adriana Sánchez Garcés

Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Se­rafín, y a las chicas, como yo, Serafina.

La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.

Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nu­bes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóci­les, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas mo­numentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.

–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.

Y como aquí tenemos mucha templanza y no discuti­mos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Si­deral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comen­zamos a cantar.

¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.

Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.

–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.

–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?

–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le con­testo.

–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?

–Pues… porque es como una noche inmensa cuaja­da de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.

Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa ma­nera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…

Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran vo­ces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.

–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.

–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.

Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál ele­gir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Vo­luptuosidad».

–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?

–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…

¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también te­nía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimi­enta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.

–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.

Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al pa­ladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras descono­cidas que casi no podíamos volar. Cada una era dife­rente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Co­mimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!

Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desco­nocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi ca­beza y la de Serafín…

Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cris­tal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inma­culado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.

¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, in­correcto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!

Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una co­rona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotona­ban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.

Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabética­mente:

«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecí­an… y yo no podía pararlo.

Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.

Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de no­sostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nue­vo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.

Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirar­nos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?

Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…

Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las pala­bras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:

«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»

Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvi­dado…

Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…

De nuevo desaparecieron las palabras y yo me que­dé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y ané­monas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…

–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas vo­ces! Pero, ¿qué dicen?:

–¡Vaya!, ¡es una niña!

–¿Niña?

–Sí, pero espera… también un chico.

–¿Gemelos?

–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!

Relatos

Sábado 21 de noviembre

18 de Noviembre de 2009

NIEVE

8 de Noviembre de 2009

Si nos acercamos a la casa podemos observar un extraño bulto en el porche junto a la puerta, al pasar por su lado comprobamos que está cubierto por una manta de cuadros rojos que se agita dejando al descubierto un pie de tamaño grande. Al pasar al interior la oleada de calor nos inunda de bienestar a la vez que una extraña sensación nos acoge, miramos en las habitaciones esperando encontrar lo evidente pero sólo nos topamos con una cama abierta y desierta, oímos voces al final de la casa, llegamos a ellas después de recorrer un sinuoso pasillo la más grave está diciendo “No tenias que haber venido, te llamé para decírtelo…” “Estaba en una reunión y supuse que te encontrarías peor” dijo la más fina. “No, me hubiese quedado más tranquila sabiendo que te quedabas a dormir en la ciudad” “¿Y tú aquí sola con este temporal? Tienes unas cosas mamá” “Al menos habrás comido algo” negó con la cabeza al tiempo que se levantaba del asiento “voy a darme un baño” y sale de nuestro campo visual, nos quedamos con la madre que en un momento prepara una ensalada de pollo y deja el plato dentro del microondas, la seguimos por el pasillo “Me voy a la cama” alza la voz a al pasar a la altura de la puerta pero no escuchamos contestación, sólo el ruido del agua al correr y sentimos la tentación de atravesar la puerta pero al imaginar el cuerpo desnudo, relajado en el agua caliente nos lleva en un sobresalto al pie que vimos a la entrada, ahora ya no está visible, nieva copiosamente y el aire que nos azota violentamente ha cubierto la manta de cuadros rojos, le chillamos pero no se mueve, nos atrevemos a tocarle duro y frío como un témpano, nos agachamos lentamente le descubrimos pero ¡Somos nosotros! Chillamos pero sólo se oye una voz cubierta por un albornoz blanco…miramos pero no hay nadie más que ella y yo.

Herminio Gas Marín

Relatos

Perdona si te llamo amor

18 de Octubre de 2009

El mundo de los libros Por Celia Gas Ruiz

“Scusa ma ti chiamo amorePerdona si te

llamo amor

- Lo siento amor

- ¿Cómo me has llamado?

Este libro, perdona si te llamo amor de Federico Moccia, es un amor un poco imposible, es una mezcla entre el pensamiento de una adolescente y un hombre de 37 años.

Nikki tiene 17 años y se esta preparando para la selectividad y Alessandro tiene 37 años y es un publicista importante al que le acaba de dejar su novia de toda la vida. Son dos personas totalmente opuestas y con ideas a veces diferentes, pero que se complementan y se enamoraran el uno del otro. Se conocen en un accidente de tráfico y Alex se queda asombrado con la madurez de Nikki y su forma de decir lo que piensa. A cada una le cambiara su vida, tendrán dificultades pero ¿lo lograrán?

Ocurrirán muchas cosas, es divertido y te cuentan de dos formas distintas la vida, sin preocupaciones y sin ataduras de uno y de líos del otro, el adulto se convertirá en niño y el niño seguirá siendo niño.

El mundo de los libros

Novedades

5 de Octubre de 2009

Ghostgirl

19 de Septiembre de 2009

El mundo de los libros Por Celia Gas Ruiz

Ghostgirl

Era la clase de chica a la que nadie echaría de menos si muriese.
Y entonces, un día…

Murió.”

Algunas veces pensamos que somos una persona más en el mundo y en realidad lo que deseamos ser es el mundo para una persona, a veces somos transparentes hasta en el mundo o al menos lo pensamos.

Lo que la protagonista desea con toda su alma es ser popular, y tener por una vez al chico que ama en sus brazos, pero antes de conseguirlo muere por culpa de ¡un osito de goma! Increíble ¿no?

Con este libro también he comprendido, aparte detener cuidado con comerme un osito de goma, que no es que podamos es que debemos seguir nuestros sueños hasta el final si es necesario, aunque a veces no lo consigamos consta de que lo hemos intentado. Este libro te demuestra que la muerte no es ningún muro que nos impida seguir con nuestro camino, si no que todos al fin y al cabo conseguiremos lo que nos proponemos, siempre tenemos personas que nos quieren, esas personas son las que no te fallan y te demuestran que no eres invisible porque ellas, esas personas si te ven, te quieren y no te olvidaran, porque a veces no somos una simple persona para el mundo, también somos el mundo para muchas personas.

Al final lo consiguió realizo su sueño aunque todo y todos se lo estuvieran haciendo muy difícil.

“Las personas pueden morir, los sueños, no.”

El mundo de los libros

Antes de morirme

19 de Julio de 2009

El mundo de los libros Por Celia Gas Ruiz

Antes de morirme, el titulo puede echarte atrás a la hora de leértelo, pero, por lo menos a mi, me hizo comprender una gran realidad, no hay que esperar con el paso de los años a la muerte, no es una cuenta atrás, ni una forma de vida, no nacemos para morir, si no para vivir, disfrutar de los momentos de la vida, dejar huella de tu existencia y sobre todo, comprender lo que significa la vida. Es como un juego. “La muerte te da una vida de ventaja, porque tiene asegurada su victoria” todos vamos a morir algún día y no es necesario esperar sin hacer nada, por eso Tessa, disfruta de sus últimos días lo mas que puede, tiene una lista de las cosas que quiere hacer, un montón de locuras. Con cada momento que pasa añade mas cosas a la lista, quiere seguir viviendo pero eso no es posible por el mero hecho de que tiene leucemia.

El mundo de los libros