VIII Concurso de cuentos José María Rubio
SEGUNDO PREMIO
Matías el corto
Andrés Orellana García
«No es lo mismo marcharse que huir. El que se va se dirige a otra parte. El que huye no sabe dónde acabará».
Ahora recuerdo las palabras del capitán antes de entrar en combate. ¿Huir? No, se trata de que a uno no le cojan. De vivir o morir.
Bien que nos han dado para el pelo. ¡¡Cabrones!! Ni auxiliar a los heridos, ni recoger a los muertos, nos han dejado. En el momento que hemos salido de retaguardia, bien visible el brazalete blanco con la cruz roja, han vuelto a disparar, con más saña si cabe; hemos tenido que recular y huir. Ya no hay retaguardia. Ya no hay compañía, nos han pasado por encima. Ahora a buscarte la vida, que lo otro es la muerte.
Es raro pero me he quedado solo. Mi compañero, Juan –Juanito el Llorón– está tendido a mi lado con un certero tiro en la boca. De los demás, nada. De vez en vez se oyen voces, disparos sordos, ráfagas de ametralladora intermitentes; pero no se ve a nadie. Oigo unas voces más cercanas. Las aislo. Se dirigen a mí. Levanto la vista y, en una loma, a escasos quinientos metros, distingo el uniforme gris sucio de tres voluntarios italianos.
Una serie de disparos me pegan al suelo hasta echar raíces. Gritan:
–¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Por un momento dejo de oír los disparos, se toman una tregua. Me desprendo de las raíces y corro, corro como conejo asustado. Es lo único que puedo hacer. Estas malditas alpargatas no son lo mejor para correr (las botas se reservan para los soldados en combate; la tropa de retaguardia –intendencia, enfermería– nos tenemos que conformar o apañártelas, ¡ni armas llevamos!).
Me paro detrás de un terraplén. Me duelen las sienes, el estómago, boqueo como un ahogado. Escucho. Nada. Asomo un poco la cabeza. Allí están, los veo. Van de caza, y yo soy la pieza a cobrar:
–¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Les he sacado un buen trecho. Tengo un respiro. Me tumbo protegido por el talud. Echo mano de la cartera; dentro está el carnet del sindicato –jefe provincial agrícola–, la cartilla militar –sargento de la compañía de camilleros, mención especial al mejor acemilero–, la foto de la boda con Juana –los dos de negro, serios, yo con mi bigote a lo Stalin, ella guapa, muy guapa; me saca como una cabeza, yo no soy muy alto, bueno la verdad, soy bajo, Matías el Corto me llaman en el pueblo, y además ando como desparramado, por la polio, que de chico tuve que llevar unos hierros en las piernas. Y la Juana me quiso a mí. Con todos los pretendientes que tenía:
¿Juani, me quieres?
Cómo eres Matías, no te voy a querer, tonto.
Entierro la cartera al lado, debajo de una retama. Si me cogen, que maten al conejo, no al hombre. Levanto un poco la cabeza. Miro. No les veo. Corro ladera abajo. Tropiezo. Ruedo. ¡Malditas alpargatas! Acabo en el fondo del barranco mirando al cielo, dolorido. Ahora los oigo allá arriba, buscándome; intentan ver entre la vegetación que cubre todo el barranco, comienzan a bajar, despacio, al acecho de su presa:
¿Dónde estas, rosso? ¡¡Ya no te escapas!!
Me doy la vuelta para levantarme, y me tropiezo con unos enormes ojos que miran ciegos. Ahora lo noto, un hedor insano invade todo el barranco. Aquí, a mis pies, yace reventado por la metralla un robusto caballo –de los de tiro, usados para el transporte de obuses–. Parte de sus vísceras cubren el suelo; un gran boquete se abre en su panza hinchada. El animal está todavía caliente; las moscas zumban como locas ante el festín. Vomito varias veces. Tengo que actuar con rapidez, no pensar. Ellos bajan despacio, con precaución para no caer cuesta abajo. Meto las manos hasta la náusea, y vacío por completo el vientre del animal. Estoy a punto del desmayo. Introduzco un pie, el otro, un poco más, hasta las rodillas, un poco más… Me hago un ovillo y así, acurrucado dentro de este útero fétido, espero.
Silencio. Alas de muerte han cubierto el cielo. El viento mueve las aulagas y las retamas. Ahora una piedra, dos, tres, varias caen pendiente abajo. Ya vienen, con su cantinela:
- ¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Una bota golpea la cabeza del caballo. Empujo más para adentro. Siento las costillas del percherón cómo se clavan en mis costillas, apenas respiro.
–¡Sigamos! Aquí no hay quién esté, ¡¡joder qué peste!!
Oigo sus pesadas botas alejarse. Ya esta oscureciendo. Una lechuza grita a las sombras. Otra vez vuelven a mi cabeza las palabras del capitán: «… el que huye no sabe dónde acabará».








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