Pequeñas anécdotas por Eduardo Juárez Valero

21 de Julio de 2010

LA MESILLA HABITADA

Cada noche el mismo dilema. Cansado, me acerco a mi lado de la cama. Allí, sobre mi mesilla, descansa el universo imbuido en letras. Una montaña de páginas encorsetadas por diferentes encuadernaciones me grita desesperada. Cada libro quiere ser leído y yo, para qué negarlo, soy bastante indeciso. Me falta algo de temple para gobernarlas. El amarillo chillón del Caín de Saramago me sonríe divertido. Confía en que su atractivo color me seduzca. Por debajo de éste asoma vestido en una fea encuadernación el maravilloso Embrujo de Shanghai de Juan Marsé. Me mira compungido. Seguro que piensa que el hábito hace al monje. No me conoce bien. No se acuerda de aquella horrible edición de El Libro de la selva de Gustavo Gili que me regaló mi padre y me tuvo en vilo los días que me duró. Acerco la mano hacia él, intentado creer que la posguerra española sí fue una aventura cuando, recostado sobre la almohada, siento un picor en la oreja. Es otra vez el maldito ojo de Sauron fijo en mí desde lo alto de la estantería. Le dedico una furiosa mirada y me rasco ese picor. Desde que sufrí con Los Hijos de Hurin decidí dejar a Tolkien unos días en el congelador. Poso la mano sobre la historia de Juan Marsé, cuando un azul intenso captura mi atención. En el suelo, junto a un globo y tres libros de Juvenal está el último de Tom Holland, Milenio. Es un glorioso libro de divulgación histórica. Me lo ha conseguido Herminio, mi cazador de aventuras. Niego vehementemente. Sabe muy bien que no leo Historia por la noche. En el último momento, un cosquilleo en mi codo. Alguien me llama. Allí, al fondo, sobre la vieja estantería, descansa John Silver, preso en otro tipo de isla. Y pienso, ¿por qué no? Cambio el rumbo de mi mano y capturo La isla del Tesoro. Hoy dormiré entre piratas. Todos se ríen. Sobre todo Tintín. Se lo está comentando al Capitán Haddock: Eduardo siempre apuesta por la aventura.

Artículo publicado en la revista 2227 nº2, julio 2010. Asociación Cultural la Maliciosa

Sin clasificar

Tercer concurso Literario Instituto de Collado Mediano

15 de Julio de 2010

RELATO PREMIADO PRIMER CICLO

Instituto de Collado Mediano

No hace falta tener súper poderes para ser un súper héroe


Una tarde de verano, Karthus, un hombre de treinta y dos años, unos 70 Kg, metro ochenta de altura y licenciado en medicina    forense, se dirigía a su casa por un camino estrecho.

Karthus era soltero, vivía con un lobo hembra llamado Deswolf como mascota. Ésta tenía el pelo gris y una dentadura extremadamente poderosa con dientes blancos como la nieve.

Vivía en un pueblo de Escocia, cuyo nombre desconocía, ya que se acababa de mudar. Esa misma tarde Karthus se acercó a la oficina de correos para entregar una carta a sus padres por su cómoda llegada.

-Hola, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo amablemente el dependiente.

-Hola. Quería enviar esta carta y como no he encontrado un buzón fuera, vengo a entregársela a usted- el dependiente extendió la mano, y Karthus le entregó la carta.

-¿Me puede decir su nombre por favor? Es que están haciendo una recopilación de cuántas cartas se entregan, que con esto de las nuevas tecnologías…

-Yo soy pésimo en las nuevas tecnologías, por eso utilizo los métodos antiguos –y seguidamente soltó una carcajada-. Mi nombre es Karthus de Castro.

-No sé porque, pero me suena ese nombre…¡Ah, pues claro! Me ha venido de perlas que viniese aquí. Hace media hora escasa ha llegado un paquete para usted.

Karthus se quedó asombrado. Casi nunca había recibido un paquete por correos, y se sorprendió por su tamaño y su sonido.

-Pues muchas gracias. ¡Hasta otra!

-Adiós -respondió ranciamente el cartero.

Tras ese hecho, Karthus salió de la oficina, con su paquete, y se dirigió hacia su casa, a dos manzanas de allí. Justo antes de llegar al portal, un vecino tuvo el buen gesto de darle la bienvenida.

-Hola. Me llamo Julián, ¿y tú?

-Hola. Me llamo Karthus. Soy nuevo por aquí –respondió.

-Ah. Ya decía yo que no me sonaba para nada tu cara. Veo que has recibido nuestro paquete.

-¿Vuestro paquete?

-Exacto. De una Asociación contra un nuevo virus descubierto. Hay una carta del Coronel Miller. Léela. También hay unas botellas, así que ten cuidado al abrirlo. El coronel te hace una propuesta para que vengas con nosotros a salvarles, ya que eres médico.

Karthus se quedó confuso. Miró desconcertadamente a Julián, y preguntó:

-Pero, ¿por qué a mí? ¿No había otro médico en todo el mundo más apto para esta tarea?

-Estuvimos estudiando tu historial. Y además de ser un medico licenciado en medicina y con un máster, tienes coraje y eres valiente. Eso es todo lo que queremos -explicó Julián.

-Pero… -iba a preguntar una duda a Julián, pero éste le interrumpió.

-Piénsate la propuesta cuando leas la carta del Coronel, y vendré a buscarte dentro de una semana para ver si aceptas. Recuerda que te necesitamos. ¡Adiós!

-Hasta el jueves -dijo Karthus.

Cuando se despidió de Julián, no sabía si dar saltos de alegría o romper a llorar. Él era una de esas personas que no sabe negarse a nada, por mucho que odie lo que le piden. Entró en su casa y no sabía qué hacer. ¿Abrir el paquete, abrirlo más tarde? Estaba totalmente desconcertado.

Después de unos quince minutos reflexionando, llegó a la conclusión de que no aguantaba más, que tenía que abrir esa maldita caja.

En la caja había muchos papeles de envoltorio y dos botellas de dos litros cada una, metidas en una especie de vitrina de cristal con un cartel que ponía: “frágil”. Dentro también había un sobre amarillo bien cerrado con varias solapas. Karthus abrió el sobre, y empezó a leer:

Washington, D.C. EE.UU. Miércoles 17 de Abril de 1974

Querido Karthus de Castro:

Hace exactamente 12 semanas, decidí irme en un Safari por la zona de sur América. Todo era precioso: árboles con más de cincuenta metros de altura, fauna y vegetación preciosa, ríos como el Amazonas con un cauce tremendo, etc. Todo, absolutamente todo, era precioso, menos sus tribus. Un habitante de la tribu de los masáis nos atacó. Tenía unos rasgos muy extraños, y decidimos cogerle una muestra de sangre. Mediante ese especie de análisis, los médicos llegaron a la conclusión de que un nuevo virus estaba atacando al bosque del Amazonas y a sus tribus. Una empresa de laboratorios ha elaborado un antídoto, pero ninguno de ellos tiene el suficiente coraje como para presentarse allí y inyectárselo a los infectados. Los últimos días hemos estado estudiando tu Curryculum y me pareces el hombre adecuado para realizar esta tarea. Creo que ya habrás conocido a Julián. Él te acompañará, junto con mi equipo de exploración, a sur América y te ayudará en todo lo que necesites, si decides aceptar esta propuesta. También recibirás una especie de “sueldo” por realizar esta misión. Estamos hablando de un millón y medio de euros. Te doy una semana para pensártelo. Si rechazas, devuelve estas botellas a Julián, por favor.

Posdata: para cualquier duda, te doy mi número de móvil: (212) 324-4152.

Un saludo,

Coronel Miller.

Karthus terminó de leer la carta, la metió en el sobre y la depositó sobre la mesa. No tenía muy seguro si iba a aceptar la propuesta. Su mente estaba totalmente descontrolada. No sabía lo que hacer. Si aceptaba la apuesta y lo conseguía, le tomarían como un héroe y el dinero era suficiente como para dejar el laboratorio. Pero si la aceptaba y no salía como estaba previsto y fallecía, no encontraría jamás a su esposa ideal. Tenía tal revoltijo en la cabeza que ni él mismo sabía lo que pasaba ahora mismo por su propia mente.

Pasaron ya tres días con la misma rutina: ir a comprar, ir a por una película al videoclub, desembalar la mudanza, sentarse a ver la película con Deswolf, cocinar y dormir. Karthus era un experto cocinero, pero ya había perdido la mayoría de sus dotes. Había visto dos o tres veces a Julián, pero tenía tanta vergüenza que no se atrevía a decirle nada. Karthus meditó a fondo el tema, y creía que iba a aceptar, porque su vida era un aburrimiento. Al menos un poco de marcha la animaría.

La tercera noche Karthus tuvo un sueño. Soñó que se encontraba con un águila que le proponía ir a Sudamérica a ver lo que pasaba allí. El águila le llevó volando hasta Sudamérica y el observó con sus propios ojos, o con su propia mente, mejor dicho, lo que pasaba. Las tribus se estaban extinguiendo por culpa de esa enfermedad. Ese sueño le ayudó a ver qué estaba pasando en ese sitio, y le dio el empujón que le faltaba para coger el teléfono y marcar el número del Coronel Miller que le había dejado en la carta y hablar con él.

Al día siguiente, Karthus llamó al número del Coronel Miller, dispuesto a aceptar la propuesta:

-¿Sí, dígame? -preguntó el Coronel.

-Hola, soy Karthus. -Dijo temblando-. Te llamaba para aceptar la propuesta.

-¿En serio? -gritó el Coronel sorprendido.

-Totalmente. ¿Qué vuelo cojo para ir allí?

-Ninguno. Estate en el aeropuerto el sábado veintisiete a las ocho horas de la

mañana, y te recogeré con un avión privado con la carcasa verde y de unos

cincuenta y cinco metros de largo, en la pista suroeste. Adiós.

-Vale, hasta entonces.

A Karthus se le estaba pasando muy lenta la semana, porque no sabía si había

tomado la decisión correcta. Estuvo a punto de marcar el teléfono del Coronel Miller

varias veces, pero no tuvo el valor suficiente. Estuvo toda la semana sin salir de

casa, acariciando a su mascota y comiendo comida congelada que ya había

comprado varios días antes. Los próximos días estuvo haciendo lo mismo que los

anteriores, excepto el viernes. La noche del viernes no pegó ojo. Sabía que tenía

que dormir bien para el duro día de mañana, pero también sabía que no lo iba a

conseguir. Estuvo reflexionando sobre lo que iba a pasar, y decidió no decir nada a

sus padres. Al final, se durmió.

Al día siguiente Karthus entró en el aeropuerto a las 7:30, tardando media hora, en un

taxi, desde que salió de su casa. Había tenido un par de problemas con lo del avión

privado y con llevar a Deswolf, pero la recepcionista, prima del coronel, se lo había

solucionado todo. Se encontraba en una sala él solo, ya que el avión era únicamente

para él.

Karthus intentó distraerse jugando al tetris en el móvil, pero no lo consiguió. Faltaban

unos quince minutos para su embarcación, cuando vio aparecer a lo lejos una persona

que conocía. Estuvo pensando un par de segundos y… ¡Claro! Era Julián, que le había

llamado un par de días antes para decirle que iba con él en el avión privado que le había

asignado el coronel Miller.

-Hola -saludó Karthus, con una cara de sorprendido que Julián notó.

-Hola. Que, ¿te habías olvidado de que venía?

-Mmm… Sí.

-Bueno, no pasa nada -respondió.

-El avión viene en diez minutos, ¿no?

-Bueno, siete exactamente, jajá -respondió Julián intentando ser gracioso.

Cogieron el avión, y Karthus se bajó el sombrero y se echó una siesta.

- Karthus. Despiértate, ya hemos llegado a Río de Janeiro.

Karthus bostezó y acto seguido se bajo del avión para coger su equipaje y dirigirse a su

hotel en un coche que le proporcionó Julián. Como tardarían unas 3 horas en llegar a su

apartamento y era tarde, decidieron pagar un hotel a Karthus a una hora de aquí y al día

siguiente, ya descansado, partirían hacia el apartamento y la visita al coronel.

Llegaron al motel y Karthus entró en su habitación. Se quedó asombrado, ya que, solo

siendo un motel, era una habitación de cinco estrellas: tres habitaciones, dos baños, una

cama de matrimonio y todo tipo de lujos en paredes, lavabos, váteres, cortinas, etc.

Ni siquiera se molestó en deshacer la maleta. Cogió una bolsa en la que metió la ropa de

hoy, se duchó, acomodó a Deswolf en una especie de cesta enorme y se puso el pijama.

Karthus tenía muy claro que, por segunda vez en dos días, le iba a costar dormirse.

Intentó leer pero todo le recordaba a el viaje que acababa de realizar. ¿Había hecho lo

correcto?¿Había tomado una decisión poco recomendable? Apagó la luz y media hora

después se durmió, porque estaba totalmente “muerto”.

Ring, Ring. Sonó el teléfono de la habitación. Karthus se incorporó y cogió el teléfono.

-¿Diga? – preguntó con voz ronca.

-Hola, soy Julián. Siento despertarte pero debemos partir ya. En media hora estate en el

hall. Recoge la habitación y deja la llave en recepción. ¡Adiós!- tiiiiiii, colgó el teléfono.

No le daba tiempo a ducharse. Despertó a Deswolf, se vistió, recogió todo, se metió la

llave en el bolsillo y salió por la puerta de la habitación

Sin palabra alguna, dejó la llave en recepción, cogió a Deswolf en brazos y se metió en

el coche. No se lo esperaba, pero reconoció, por la manera de vestir como en el ejército,

al coronel Miller. No saludó, porque estaba cansado, y se echó otra siesta.

Llegó al apartamento que le tenían preparado. Se quedó unos minutos mirando a la puerta, junto al coronel, cuando Julián vino con la llave. Se subió a la planta de arriba y el coronel le acompañó.

-Hola -le dijo el coronel, extendiéndole la mano.

-Hola -le devolvió el gesto.

-Bueno, te explico: esta va a ser tu casa durante estos siete días que vas a estar aquí. Vas a encargarte, a base de extraer muestras de sujetos que hemos atrapado, de saber qué les pasa a estos sudamericanos. Si no lo consigues, no pasa nada, pero no te daremos todo el sueldo. Si no logras conseguirlo y no tienes ningún daño grave ocasionado, te daremos solo un 50% de lo acordado, que te recuerdo que son 1.500.000 €, así que si no lo consigues solo obtendrás 750.000 €. Si no lo consigues y tienes algún daño grave ocasionado, te daremos un 70%, es decir, hablamos de 1.050.000 €, y si en el intento falleces o tienes daños realmente graves, que esperemos que no, hablaremos de dar a tus seres queridos un 130% del sueldo acordado, así que obtendrás 1.950.000 €. Mañana te llamaré a las diez de la mañana para ir a nuestro laboratorio, apenas a media hora de aquí. ¿Tienes alguna pregunta? -dijo, mientras acariciaba el cogote de Deswolf.

-No, gracias. ¡Hasta mañana!

Claro que tenía alguna pregunta. Tenía miles de preguntas, pero, como estaba cansado, decidió despejar sus dudas otro día que tuviera el 120% de su cerebro en acción. Subió a la habitación y deshizo a la maleta. Como no llevaba demasiado equipaje, tardó tan solo veinte minutos cortos en vaciar todo el material y meterlo en armarios, cajones, mini bares, etc.

A la mañana Miller llamó, pero esta vez no pillo a Karthus desprevenido. Ya estaba preparado y estaba dispuesto ya para bajar a desayunar. Miller le explicó todo lo previsto y el informe que habían hecho ya anteriores médicos mientras tomaban un delicioso café y un par de sobaos típicos de por allí.

-Bueno, pues eso es todo lo que tenemos hasta ahora, pero estoy seguro que tú nos conseguirás todo cuanto tengamos que saber, y también conseguirás salvar a toda esta población envenenada.

-¡Eso espero! -dijo Karthus, con un tono que demostraba que había descansado y estaba listo y con todo el cerebro dispuesto a investigar.

Tardaron, como había deducido el coronel, media hora en llegar a un edificio en forma de pirámide hexagonal con muchas ventanas sin alféizar y cristales tintados en ellas. Era un edificio que transmitía modernidad.

-Bueno, pues ya hemos llegado -dijo el coronel, cuando estaba metiendo su tarjeta y un escáner de su ojo en la puerta del laboratorio-. ¡Miguel! Éste es el médico que hemos contratado – dijo mientras me señalaba- y, por lo que me han dicho, tiene bastantes conocimientos forenses.

-Estupendo -dijo una persona, que por las deducciones tomadas, era Miguel-. A ver, éstos son los especímenes que hemos atrapado. Como eran extremadamente violentos, les hemos inyectado una dosis bastante potente de anestesia. Toma, ponte esta bata y te vienes conmigo a observar un espécimen recién atrapado.

Se dirigieron a una cámara en el que había un sujeto con el cuerpo rojo y no parecía para nada un humano. Tenía aspecto de andar curvado y se le había caído todo el pelo del cuerpo.

-A ver. ¿Tenéis todos los instrumentos que hay hoy en día en los laboratorios antropológicos forenses de Estados Unidos?

-Por supuesto. Este edificio es una copia exacta de un edificio forense del FBI.

-Vale, pues necesito saber la causa de la muerte.

-No la tenemos muy clara, pero no tiene lesiones en ninguna parte del cuerpo, por lo que no tiene pinta de ser un asesinato. No sabemos qué podría haberle matado.

-Vale. Este sujeto es de la tribu de los masáis por la forma de los tatuajes en la espalda, y lo más seguro es que haya muerto envenenado. Quiero que me proporcionéis una tabla con las últimas sustancias que ha ingerido el sujeto, aunque será difícil, ya que es una tribu y fabrica sus alimentos con materias primas sin saber si están envenenadas o no. Quiero que me llevéis al lugar donde le encontrasteis.

-Está a doscientos metros de aquí, así que iremos andando.

Fueron al lugar de la muerte. Era un paisaje donde había restos de casas en los árboles, montañas de poca altura, todo tipo de árboles de mucha altura y un lago con el agua azul realmente vivo.

-Voy a coger una muestra de corteza del árbol, ya que tiene un color demasiado verde y una muestra de agua del lago, y me la llevaré al laboratorio -.Sacó un tubo de diez milímetros de capacidad y cogió una muestra del agua del lago. Acto seguido sacó una navaja multiusos y cortó un trozo de corteza de árbol.

Volvieron al laboratorio y colocaron la corteza de árbol en un microscopio y la muestra de agua en otro. Primero Karthus miró la corteza de árbol. Estuvo casi media hora analizando todas las salidas posibles, pero no encontró nada. Después miró la muestra de agua, y notó algo raro pero no sabía que era.

-¡Miguel! Ven un momento por favor.

-Dime -dijo mientras se acercaba.

-¿Esto es normal?

-Mmm… ¡No! Tiene un 25% de oxígeno, un 50% de hidrógeno y esto es… Un 25% de veneno tóxico que acelera el ritmo cardiaco de las personas y afecta al sistema nervioso, provoca la pérdida de cabello y en esta cantidad…¡Es capaz de matar todo el mundo que la beba!

-¡Pues claro! Este veneno es provocado por demasiado dióxido de carbono, y han establecido una ruta de transporte justo al lado del lago hace dos meses. ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller! ¡Coronel Miller! ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller!

-¿Lo habéis resuelto? -dijo el coronel con voz de fatigado, ya que acababa de recorrerse unos cincuenta metros en unos segundos.- Mis más sinceras felicidades, señor de Castro. Esperen un minuto, tengo que hacer una llamada.

-¡Deswolf! ¡Lo he resuelto, Deswolf! – le dije a la mascota.

-Ya está. Acabo de hacer dos llamadas. Una para que cambien el agua del lago, y otra para que traigan el millón y medio de euros que te acabas de ganar.

Hoy era el día más feliz de su vida. Era millonario. Había salvado a miles de personas. Habló con sus padres, sus amigos, sus parientes, sus hermanos… No le importaba la factura. Hizo la maleta en cinco minutos y llegó al avión seis horas después de este acontecimiento.

El viaje se le hizo cortísimo. Pensaba en lo que se iba a comprar, en cuanto iba a donar, en lo que iba a hacer cuando volviese… En estos momentos era el hombre más feliz del mundo. Llegó al aeropuerto, recogió su maleta, y se fue a su casa.

Ya tendría tiempo de pensar en otra ocasión. Habían sido tres días muy duros y se merecía descansar. Se sentía valioso. Se durmió.

HECHO POR: CHARLES CHAPLIN

FIN

Jaime Sáez de Buruaga (1º ESO)

Relatos

Made in Vienna

27 de Junio de 2010

Made in Vienna

Alfonso Herreros Cabello, alumno de 3º ESO. Sección IES Las Canteras de Collado Mediano

Mucha gente piensa que un músico clásico es una persona aburrida que simplemente coge un instrumento e interpreta una obra; yo no pienso lo mismo. Mi teoría como músico y persona que los ha conocido es diferente; pienso que son personas capaces de abrazar un instrumento, transmitirle sus sentimientos y que de él salgan los más armoniosos y excepcionales sonidos; hacer que sea algo más de su cuerpo y mientras éste suene que sean iguales en cuerpo y alma. Porque si se fijan, cuando escuchan una misma obra pero tocada por varios músicos, si intentan sentir la música, verán que cada una suena diferente, expresa algo distinto, de esta manera se ve que cada músico interpreta de una forma y que cada uno quiere expresar algo diferente con su música.

Además, si piensan que la música clásica también es aburrida y no sirve para nada, pregúntense de dónde proviene la música moderna, pregúntense, porque quizás algunos piensen que les estoy tomando el pelo cuando afirmo que ese grupo de rock que tanto les gusta escuchar, tenga algo que ver con la música de hace dos siglos.

Sin embargo, si creen de verdad que cualquier tipo de música es buena para disfrutarla, ya sea clásica o moderna, puede que les interese la historia que voy a contar.

El argumento de ésta sucede en una de las ciudades con más tradición de Europa, de la que han salido más músicos y una de las que más cultura contiene en sus museos, plazas, teatros, auditorios, tiendas, monumentos y reliquias históricas. Una ciudad bella como ninguna, que recibe todos los días la visita de numerosas personas de todo el planeta; una ciudad de ensueño, de las que entras y no puedes salir, de las que te dejan un recuerdo imborrable de felicidad, de las que siempre recordarás en lo más hondo de ti. Mucha gente, al leer esto, puede que hayan averiguado ya el nombre de la ciudad o que lo supongan, pero si no es así, les echaré una manita, se trata de Vienna, la capital mundial de la música, y donde comienza nuestra historia, en uno de sus palacios de música más emblemáticos: Konzerthaus.

Un violín suena en el auditorio del gran palacio. La gente presente escucha y admira la belleza de la música emergente de aquellas cuerdas. Nadie habla, pues sería espantoso interrumpir el precioso y armonioso sonido del instrumento. Todos se fijan en la fluidez de las notas, en la alegría que transmiten esos compases y en la increíble interpretación del músico, el cual está concentrado en su instrumento.

Y entonces, cuando el público menos se lo espera, el concierto termina, y una estrepitosa manada de aplausos invade el lugar. El músico, feliz por su actuación, hace una reverencia ante sus oyentes y sale del escenario bajo el peso de miles de aplausos que se producen en la sala.

Poco después, un taxi llega a la entrada del Konzerthaus y recoge a un hombre ataviado con sombrero y un enorme abrigo de lana. Lleva consigo el estuche de lo que parece ser un violín.

El vehículo arranca y toma una larga avenida que atraviesa casi toda la zona del centro de Vienna. Tras unos cuantos semáforos el coche gira y toma una calle estrecha con poco tráfico, en ella el hombre paga y se baja. El taxi se va y el hombre se dirige pausadamente a una calle cercana a donde le han dejado. Tras unos cuantos edificios, llega a uno pintado de beige y con un amplio portal. No debía tener más de tres pisos y era algo viejo, pero aún así tenía aspecto de ser bastante tranquilo y apacible. Entonces, saca una llave y abre la puerta del portal, entra y cierra.

Tras unos segundos de pausa, donde solo se oía su respiración, empieza a subir las escaleras. En la segunda planta se para y se dirige hacia una puerta de color marrón oscuro. Vuelve a sacar una llave y, tras unos chirridos de las bisagras al abrirse la puerta, accede a su menguado y desordenado piso.

Después de acomodarse saca su violín del estuche y deja caer en una mesa algunas monedas que había dentro de éste. A continuación se pone a contarlas. Tras acabar coge su instrumento y empieza a practicar algunas melodías que él ha compuesto. Pero luego, al poco instante de haber comenzado, suena el teléfono.

- Diga.

- Hola Fredich, ¿qué tal viejo amigo?

- Hombre, Loizl, qué sorpresa. Acabas de interrumpirme mientras tocaba.

- Bueno, perdóname. Te llamaba para saber si vas a tocar esta noche.

- No, creo que no, ya he tocado a las puertas del Konzerthaus y he conseguido una buena recaudación así que…

- ¡¡Hoy tocaba ahí Rupenstein, la gran promesa del violín en Austria!! ¿Había mucha gente?

- Bastante, ¿no fuiste a verle tocar?

- No pude, tenía trabajo atrasado en la oficina, pero a lo que iba: ya que estás libre quería invitarte a cenar, ¿te apetece?

- Bueno, no estaría mal, me sentaría bien. ¿Dónde?

- En el restaurante del hotel Kaiserin Elisabeth, se come fenomenal.

- Pero es un poco caro.

- Da igual, tengo dinero suficiente, ¿te vienes?

- De acuerdo, ¿a qué hora?

- Sobre las diez más o menos.

- Allí estaré. Hasta luego.

Fredich colgó. Eran las ocho y faltaba tiempo, todavía podía seguir tocando un poco más.

A las diez menos cinco Fredich entró en el hotel Kaiserin Elisabeth vestido con traje y corbata. El hotel, visto desde fuera, no parecía una cosa del otro mundo, pero en el interior era espectacular: la decoración, el bar, el restaurante, todo era esplendoroso.

Cuando el reloj del vestíbulo dio las diez, Loizl entró por la puerta del hotel.

- Hombre, Fredich, ¿llego muy tarde?

- No, acaban de dar las diez.

- Entonces vamos al restaurante. Pediremos una mesa que esté al aire libre y disfrutaremos de una exquisita cena mientras hablamos. Por cierto, me alegro que te hayas puesto el traje que te regalé.

- Que se le va hacer, es el único decente que tengo en mi armario.

- No te preocupes, seguro que con el tiempo consigues alguno mejor, ya lo verás.

Tras buscar una mesa y pedir la comida, Loizl decidió iniciar una nueva conversación:

- ¿Por qué no buscas un trabajo mejor, Fredich?

- Porque no es tan fácil, ya sabes que sirvo para pocas cosas, y la única que hago bien es la de tocar un instrumento, no me veo en ningún trabajo que no esté relacionado con la música.

- Ya, te entiendo. Pero no vas a ser siempre un mendigo. No es la mejor forma de vida.

- Pues yo estoy muy a gusto. Me encanta que la gente se pare y me escuche mientras toco. Me siento querido por ellos y disfruto como nadie extrayendo de mi violín los sonidos más bellos.

- Según mi punto de vista, creo que les das pena y que por eso te dejan caer monedas en el estuche, no es como tú piensas.

- No me comprendes. No sabes entender la música ni tampoco los sentimientos de un músico.

- Los entiendo, pero no es lo mismo un músico que sea concertista que uno que toca pidiendo limosna. Piénsalo.

- Aún así me gusta, a no ser que me ofrezcan un trabajo como violinista no pienso cambiar de vida.

- Eres un poco tozudo, sólo pretendía ayudarte. Bueno, si quieres cambio de tema y dejamos éste.

- Sí, será lo más correcto.

Durante la cena siguieron charlando, pero el ámbito de lo musical no se volvió a tocar.

Tras terminar un delicioso postre hecho de nata, fresas y almendras, Loizl pagó al camarero y se dirigieron hacia la puerta de salida del hotel.

Cuando ya estaban saliendo Fredich se fijó en un cartel que había pegado en la puerta y que decía lo siguiente:

Se precisa violinista para cubrir plaza vacante en la orquesta del hotel, si está interesado acuda a dirección o llámenos al teléfono del hotel: 43151526.

Saludos.

La dirección del hotel Kaiserin Elisabeth.

- ¿Has leído lo que dice Loizl?

- No, si apartas la cabeza lo veré, tienes la cara pegada al cristal amigo mío.

- Perdona.

Fredich se apartó y Loizl leyó lo que decía.

- ¿Estás pensando lo mismo que yo, Loizl?

- Me parece que sí – dijo éste mirando de reojo a su amigo.

Y entonces, sin pensárselo dos veces, Fredich entró como una exhalación en el hotel. Loizl, sorprendido por la vivacidad de su amigo, decidió quedarse fuera. Tras diez minutos de larga espera, Fredich salió del hotel saltando como un loco y gritando eufórico: “me han cogido”. Después de que Loizl consiguiera tranquilizarle, le contó todo lo acontecido y como luego de interpretar una pequeña pieza para el director de la orquesta y el gerente del hotel, le habían dado inmediatamente el sí. Tras esto, Loizl se despidió felicitándole y subió en un magnífico coche que había venido a recogerle.

A Fredich no le importaba tener amigos ricos con influencia en la sociedad, pero muchas veces sentía que no deberían ser siempre ellos los que pagaran, invitaran y le ayudasen en todo. No le gustaba aprovecharse ni ser una carga para ellos. Él había querido pagar en muchas ocasiones, pero nunca le dejaban agregando que debería ahorrar dinero sabiendo el estado de su economía.

En eso tenían razón, con el trabajo de violinista callejero no sacaba más de 300 euros mensuales, y sus amigos le daban en numerosas ocasiones diversos préstamos que casi siempre les devolvía interpretando alguna obra para ellos.

Mientras caminaba hacia su casa empezó a recordar su infancia y a todos sus amigos, que habían llegado a ser grandes e importantes personas, mientras que él se había quedado en un simple mendigo. Recordó que todos ellos habían escogido carreras de prestigio como las de ciencias e ingenierías; él, al contrario, se había decidido por las letras y los estudios de música. Por su cabeza desfilaron también las imágenes de su padre negándose a ello diciéndole que aquello no le daría de comer; las discusiones que había en casa, los gritos furiosos de su padre para hacerle entrar en razón, y sobre todo el desprecio que éste le demostraba cada día. Se acordó de cuando su padre le había negado el dinero de sus estudios musicales y de como después de muchas peleas y discusiones había decidido marcharse de casa a pesar de los lloros de su madre, que al menos sí le comprendía.

Rememoró también con cierto pesar el hambre que pasó aquellos años en los que trabajó en diversos oficios para ganarse algo de dinero y un lugar de alojamiento. Su marcha de casa le había supuesto la ruina pero al menos se sentía más feliz por tener libertad para hacer lo que quisiera. Con el tiempo llegó a reunir el dinero suficiente para comprarse un violín (el suyo de la infancia lo había roto su padre) y empezar a practicar en calles y otros lugares públicos. Vinieron a su memoria las personas que se le quedaban mirándole mientras tocaba, y como éstas sonreían cada vez que lo hacía, lo que le llenaba de felicidad y satisfacción. Sobre todo esto y más reflexionó en aquel paseo por las calles de Vienna.

Habían pasado ya tres meses desde que Fredich actuara por primera vez en la orquesta del hotel. Le había costado adaptarse al grupo de músicos que tocaban en ella, pero finalmente consiguió compenetrarse y entenderse bien con sus nuevos compañeros. Tocaba todos los días de la semana exceptuando los sábados y domingos, en los cuales tenía descanso, lo que él aprovechaba para dar una vuelta o quedar con algún amigo. Poco a poco empezó a mejorar su bolsillo, lo que notó sobre todo Loizl, ya que en su siguiente cena juntos Fredich apareció con un traje nuevo.

La vida de Fredich había prosperado notablemente. Su antiguo trabajo de mendigo ya era agua pasada y él se sentía más a gusto consigo mismo.

Durante los siguientes dos años su apogeo iba en aumento. No solo era por el dinero obtenido sino también por el prestigio que adquiría en la orquesta. Su arte desplazando el arco por el violín rozaba la perfección y la gente que acudía al hotel se quedaba embelesada escuchando a la orquesta. Con el tiempo el director de ésta decidió nombrar primer violinista a Fredich, ya que de todos los violines el suyo era el más apreciado por el público.

En esta situación se mantuvo hasta una tranquila noche primaveral de abril en la que ocurrió un suceso que recordaría toda su vida.

La actuación de la orquesta acababa de finalizar y el público presente la aplaudía con gran entusiasmo. Los músicos hicieron una reverencia ante ellos y salieron de la sala. Entre ellos estaba Fredich, que recogiendo su violín se dirigió a una terraza para que le diera un poco el aire. La actuación había sido espléndida y se merecía un descanso después de tres horas seguidas de interpretación. Mientras disfrutaba de la suave brisa se le acercó un camarero.

- Señor Fredich, hay unas personas en la sala que quieren hablar con usted.

Fredich se giró y miró al camarero. Tras unos instantes de reflexión le preguntó cuál era la mesa donde estaban. El camarero le señaló una mesa situada junto a una pared donde se lucía un extraordinario cuadro de Van Gogh. Fredich le dio las gracias y se dirigió al lugar.

De camino hacia la mesa se fijó en que sus ocupantes vestían con traje y corbata de calidad y gemelos en sus muñecas. Eran tres hombres y parecían pertenecer a la alta sociedad, no solo por sus ropas, sino también por la cantidad de manjares que habían pedido para cenar. Uno de ellos parecía alto, tenía una espesa y tupida cabellera de color negro e iba afeitado; otro era más retaco, también iba afeitado y su cabeza desprendía un gran brillo ya que no tenía ni un mísero cabello; y el último era el más extraño de todos, en primer lugar era algo gordo, lo que se afirmaba viéndole engullir, en segundo lugar miraba a través de unos enormes culos de vaso que le tapaban casi toda la cara, y por último tenía barba, el pelo grisáceo y revuelto, seguramente por la edad, y unas arrugas que atestiguaban aún más que se trataba de un hombre mayor.

Cuando Fredich llegó ante ellos dejaron de comer y le miraron con interés. Tras unos instantes de mutua curiosidad, el hombre de pelo grisáceo habló:

- Por favor, no se asuste, venimos con buenas intenciones, si fuera tan amable de sentarse.

Fredich cogió una silla y se sentó junto a ellos en la mesa. Durante unos momentos ninguno de los hombres presentes habló y se limitaron a comer. Fredich se contuvo de coger nada por ser de mala educación, aunque ver pollos asados, bogavantes, lubina y chuletas le hiciera la boca agua. Al rato el hombre de gran estatura dijo:

- Bueno, señor Fredich, creo que ahora se estará preguntando por qué queremos verle y quiénes somos, ¿no es así?

- Sí, tiene toda la razón – respondió Fredich con tranquilidad y sosiego.

- Si quiere nos podemos presentar – respondió el hombre –. Mi nombre es Arthur Docley, y soy el primer violín de la orquesta del palacio de Schönbrunn.

Fredich le miró con extrañeza. Conocía el lugar, era uno de los más visitados de la ciudad, comenzó a preguntarse qué querrían esos hombres de él. Entonces, el más bajito de los tres, el que llevaba gafas, habló:

- Yo soy Reynoalds Clever, director de la misma orquesta, no sé si me conocerá.

- Creo que no tengo ese honor señor Clever – respondió Fredich.

Por último, el hombre de mayor de edad, tras tragar un enorme trozo de pollo casi sin masticar, también se presentó:

- Mi nombre es Rudolf Velastowski, gerente del palacio de Schönbrunn.

Fredich recapacitó sobre la información que le habían dado. Sus dudas acerca de qué hacían allí crecían, hasta que de golpe y porrazo, Reynoalds Clever, le hizo una pregunta que atizó a su mente de forma brutal.

- ¿Le gustaría entrar a formar parte de nuestra gran orquesta?

Durante unos instantes de bloqueo mental Fredich no habló. La pregunta formulada de forma tan directa le había sorprendido notablemente y su cabeza no la asimilaba todavía.

- Perdone, está usted diciendo que quiere que toque en Schönbrunn – dijo Fredich.

- Así es, sé que le parecerá extraño en estos momentos pero se lo digo con toda la certeza y sinceridad del mundo, créame – respondió Clever.

- Es normal que un músico como usted, acostumbrado a tocar para medianas orquestas, se sorprenda de una oferta como ésta – agregó Docley.

- Ya, pero no me esperaba esto – contestó –, no es muy común que las grandes orquestas escojan a simples músicos para tocar en ellas, cuando ni siquiera saben cómo es su arte y virtuosismo.

- Por si no lo sabe – dijo Velastowski –, hemos estado muchas tardes en este lugar cenando y escuchando a la orquesta a la que usted en estos momentos pertenece, y hemos llegado a la conclusión de que usted es la persona idónea para tocar en la nuestra, no solo por su arte, sino también porque le vemos como un músico cabal y con una capacidad de interpretación magnífica, algo que el público siempre agradece.

- Les agradezco mucho su intención, pero no me veo capaz de entrar de un día para otro en una orquesta de prestigio – respondió Fredich.

- Lo entendemos, pero escuche, si usted no acepta ahora puede que otra ocasión como ésta no se le presente jamás, piense bien – contestó Clever.

Fredich empezó a hacer cavilaciones. Tenían razón, era una oportunidad única, pero se veía con pocas posibilidades para estar a la altura. Había mucha diferencia entre una orquesta de hotel y la de un gran palacio. Él tenía formas de vida rudimentarias y bastas, y su lenguaje resultaba en diversas ocasiones tosco y vulgar, y en la orquesta que le proponían iba gente refinada y culta, supondría una vuelta de tuerca tremenda.

Mientras los otros hombres esperaban pacientemente, Fredich siguió pensando. Finalmente dijo:

- Acepto.

Todos le miraron con una sonrisa y le felicitaron, aunque Fredich percibió un poco de rechazo por parte de Docley, que no se le veía muy de acuerdo.

Las siguientes semanas fueron transcendentales para él. Adaptarse a su nueva orquesta era difícil, por lo que no debutó con ella hasta pasados dos meses de intenso trabajo.

La noche en la que debutó la recordaría durante toda su vida. Nunca olvidaría el inmenso auditorio ni al público presente. La imagen de todo lo que aconteció quedaría grabada en su memoria para siempre, como uno de sus recuerdos más felices.

Durante los siguientes tres años tocó con la orquesta e hizo nuevos amigos con los que se reunía a menudo. Su vida era feliz, por primera vez era alguien importante. Todo ello era un sueño hecho realidad. Su arte evolucionó con el tiempo y fue creciendo desmesuradamente. Cada día que pasaba deslizaba con más maestría el arco por las cuerdas del violín, y su sonido era más bello y limpio, se había convertido en un violinista con gran talento. Pero lo que él no sabía era hasta donde iba llegar su fortuna y prestigio, porque nuevamente su vida daría un giro inapelable, ya que cinco años después de su debut consiguió el puesto de primer violinista, tras la marcha de Docley.

Fredich entró en sociedad, su lugar en la orquesta le había catapultado a la fama y sus amigos estaban felices por ello, en especial Loizl, que se sentía orgulloso de él. Sentado a la izquierda del director aportó todo su arte y sentimiento, y hasta alguien creyó reconocer en el sonido del violín a aquel humilde músico callejero.

Pronto su nombre empezó a oírse en la ciudad como una de las grandes promesas del violín, pero no sólo de Austria, sino de toda Europa. Más tarde hizo una gira por el continente con la ayuda de Velastowski, quien le apreciaba mucho, e interpretó en todos los grandes auditorios. Viajó por Alemania, Francia, Italia y por muchos otros países que estaban deseosos de ver y sobre todo de escuchar a este gran maestro del violín.

De esta manera finaliza esta historia, pocas veces ha ocurrido que un simple músico callejero haya llegado tan alto en la vida, pero si la música está de por medio, casi nada es imposible.

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