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Archivo de Junio de 2009

Gafas

26 de Junio de 2009

No suelo esconderme, pero a veces no me queda mas remedio. Cuando la tensión bloquea mis hombros y hace que el más mínimo movimiento de mis brazos se convierta en un espasmo de dolor, sé que es la hora de cambiar. Entro a una tienda y compro ropa muy distinta a la que suelo usar. Pantalones vaqueros desgastados, tan sucios que parecen recién salidos de una mina de cobre. Camisas chillonas y las gafas de sol más psicodélicas que encuentro. Grandes, que me tapen más allá de mis cejas hasta juntarse con la línea del pelo. Entonces todo resulta un poco más fácil, y eso es sólo el principio. Imagino que la persona que está detrás de esas gafas y mira a través de esos cristales no soy yo, sino como a mí me gustaría ser solo por un instante. Pero puedes alargar ese instante todo lo que quieras. Lo puedes llamar Tu Vida. Puedes incluir a tu futura mujer y a tus futuros hijos en ese instante; pero acuérdate de no quitarte nunca las gafas de sol y los vaqueros desgastados, porque entonces la habrás cagado.

Cuando estoy dentro de ese instante nada parece hacerme daño. Al fin y al cabo, no soy yo. No son mis encías las que sangran llenando mi boca de un sabor metálico. No es mi hígado el que sufre las resacas. No es mi polla la que echa polvos gloriosos a toda mujer que se acerca a mirar mis gafas de sol.

Y no sé por qué es así. La gente se siente más a gusto conmigo, respiran más tranquilos. Las chicas que se sientan a mi lado hablan de las irregularidades de su menstruación como si estuviéramos en la consulta de médico. Me pregunto que dirían si yo les hablara de mis problemas de erección, de mi eyaculación precoz. De mi obsesión compulsiva por los pechos y las nalgas. No es que a mi me pase. No a mí, al menos. Al fin y al cabo yo estoy al otro lado de esos cristales.

Procuro no ver a mis familiares y amigos mientras me encuentro convertido en mi otro yo. Ellos no entenderían, o no querrían entenderlo. Yo desde luego no quiero psicoanalizarme y descubrir porqué disfruto lo que disfruto. Eso sería analizar un orgasmo, y yo sólo quiero correrme. Tantas veces y tan fuerte como pueda. Pero no me entendáis mal. No es nada sexual, o no sólo sexual, al menos. Es un acto tan simple como ponerme unas gafas y decidir qué quiero ver al otro lado del cristal. El otro día caminaba por la calle y un chico delante de mí sacó su último cigarrillo y lanzó el paquete al suelo, y cuando vio que yo lo había visto, se agachó, lo metió en uno de sus bolsillos y siguió caminando. Una docena de metros después lo tiró a una papelera. Porque no sabía discernir si el acto me había gustado o no. Porque no sabía si detrás de mis gafas había alguien más peligroso que él. Y yo no tuve que hacer nada, sólo mirar el paquete. Me encanta ese poder. Ojala mi verdadero yo (o falso yo, llevo tanto tiempo con las gafas puestas que comienzo a no tenerlo claro) pudiera hacerlo. Pero ellos ven en él a un chico tímido y manso, sin rastro de ambigüedad. A veces me da pena ese chico. Nadie lo comprende. Ni el mismo. Ni yo.

Desde luego no su novia o familiares. Se dedican a estar cerca de él, aleteando a su alrededor para denotar su presencia sin apenas interactuar.

El tiempo pasa. Yo viajo cada vez más, cada vez que comienzo a sentir que mis nuevos amigos o mis siempre cambiantes mujeres pueden intuir las arrugas alrededor de mis ojos. Cuando eso pasa, cojo algo de dinero prestado del primer sitio que encuentro, me subo en un avión y me marcho a otro lugar. A veces no es necesario que sea lejos, sino que tan sólo sea otro lugar. Allí hago nuevos amigos y tomo cerveza mientras juego al billar. Me follo a sus amigas o novias y les enseño nuevas posturas que desconocían. Hasta que ellas comienzan a mirarme fijo, a acercarse poco a poco a mi para tratar de ver a través de mis cristales, para ver mi otro yo, a ese que disfruta ahí detrás manejando mis mandos como si yo fuese una videoconsola. Por eso me gustaba darles la vuelta y follarlas a cuatro patas. Porque el único contacto que quiero con ellas es el de sus nalgas rebotando en mis caderas, sus gemidos acompañando mis gemidos, su corazón latiendo con el mío, pero no al unísono.

Cada vez pasa más a menudo. A veces sólo tengo tiempo de echar un par de partidas de billar y a follar un par de veces antes de que esa sensación de sentirme observado me acucie y tenga que escapar.

No sé donde me encuentro ahora, pero tengo que volver. Dejar salir a ese manso que viste polos y pantalones de pinzas, darle la mano y dejar que me guíe a casa. Si es que existe algún sitio que pueda llamar hogar.

Intento quitarme las gafas, pero hacen resistencia. Parece que las arrugas de mis ojos se hubieran enroscado en la montura para no dejarlas marchar. Siento el vacío dentro de los cristales. Lo intento con las dos manos y consigo separarlas un poco, pero me duele. Descanso unos momentos y decido tirar con más fuerza, hasta que las ampollas que se formen en mis dedos sangren y exploten.

No puedo llevar más estas gafas. No quiero.

Tiro y hago fuerza con mis brazos, sintiendo la conocida presión en los omoplatos. Se separan un poco. Tiro más fuerte, ignorando el dolor, diciéndome que dentro de poco podré volver a esa casa que tanto odié donde nadie me quería realmente. Ni siquiera yo. Un poco más. Más dolor, más fuerte. Ya las siento casi separadas de mi piel, así como los pequeños regueros de sangre resbalando por mis mejillas.

El tirón final. Y lo consigo.

Caigo al suelo ahogado de dolor, mezclando la sangre con mi sudor y mis lágrimas. No veo nada. Todo está negro. No veo las gafas de sol tiradas en la acera a un par de metros de mí, pero sí distingo los gritos de los niños que se han dado cuenta que mis ojos han quedado pegados a los cristales. Y entonces lo comprendo. No son mis ojos, ya no. Son los ojos de las gafas. Y ni yo ni el chico de los pantalones de pinzas (o quizá seamos el mismo, no lo sé) podremos usarlos más.

Paso una temporada en un hospital de una ciudad desconocida. Me han informado de su nombre y su localización, pero no quiero saberlo. Ahora sólo oigo un idioma que no entiendo y toco mis sábanas y mi mesilla de noche.

Nunca he sido tan feliz.

Santiago Pajares.

24 de julio de 2007. Avión Madrid- Copenhague.

Relatos

FIRMA DE LIBROS EN NAVACERRADA

18 de Junio de 2009
Tengo el enorme placer de comunicaros que el próximo domingo, 21 de junio,
estaremos wn la feria del libro de Navacerrada pueblo y contaremos con la presencia
de Silvia corella Pla que firmará ejemplares de su novela juvenil "El chico de la
Ventana" I premio "La brújula" que concede la editorial San Pablo.
  También firmará ejemplares Eduardo Juárez Valero de "Caminos de Joffá"
una novela histórica altamente recomendable. Además tengo la enorme satisfacción que
es la primera obra que publicamos con el sello HG Editores.
secretamente tenemos la esperanza de acompañaros mucho tiempo y encontrar nuevos
autores sin límite de edad.

Sin clasificar

La librería de los encantos

6 de Junio de 2009

La historia que voy a contaros ocurrió al poco tiempo de mi decimosexto cumpleaños. Aconteció en la librería de mi padre, famosa en toda Madrid por la cantidad de libros antiguos y modernos que puedes encontrar en ella; además esta historia le concedió una gran reputación como librería. Todo sucedió así:

Una calurosa mañana del 10 de agosto de 2004, mi padre estaba atendiendo a los clientes que entraban en la librería, siempre desde su mesa del ordenador donde tenía guardados casi todos los nombres de los libros que había en ella; de los que no sabía el nombre eran, en la mayoría de los casos, los libros o manuscritos antiguos. Yo lo que hacía era pasearme por la tienda y admirarla, además de vigilar los libros, porque no me fiaba de nadie; justo esta cualidad me sirvió de mucho ese día.

Eran ya las doce y media de la mañana cuando un hombre con chaqueta gris, amplio sombrero y aspecto poco fiable entró en la tienda. Saludó cortésmente a mi padre y se adentró en los pasillos de la librería. Le seguí. Desde el primer momento que le vi mi sexto sentido me dijo que aquel hombre no traía buenas intenciones, no sabía el porqué, pero me daba esa sensación.

El hombre se paseó durante mucho rato por la librería, se paraba delante de las estanterías y miraba los libros. Parecía buscar algo. Después de recorrerse la mitad de la librería, se paró súbitamente delante de una estantería vieja y carcomida. Recordé entonces que en esa estantería mi padre guardaba los libros más antiguos que poseía, pero que no tenían mucho valor por estar rotos, estar llenos de polvo y ser muchos de ellos casi ininteligibles. El hombre cogió uno de los libros y lo examinó. El libro era grueso y tenía la pasta rota. Se veía de lejos su pobre encuadernación y además que debía de llevar mucho tiempo olvidado porque tenía hasta telarañas. Entonces me fijé en el hombre y observé que se le desdibujaba una sonrisa en la cara, como de haber encontrado lo deseado. Yo, que estaba escondido detrás de una de las estanterías, me pregunté por qué habría esbozado esa sonrisa. Pero entonces, sin querer, me apoyé en la estantería donde me encontraba y ésta crujió. El hombre lo oyó y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Fue en ese momento cuando me vio. Rápidamente dejó el libro en su sitio y salió de allí, se dirigió hacia la salida y se marchó de la librería sin decir adiós. Esa conducta me pareció muy extraña y sospechosa.

Aquella tarde, cuando habíamos cerrado la librería, mi padre y yo fuimos a ver el correo. Entre las cartas que había encontramos una enviada por el director del banco. Decía lo siguiente:

Estimado señor Matías:

Se le hace saber que en el plazo de una semana deberá pagar las deudas atrasadas que ha ido acumulando. Le recordamos que esas deudas ascienden a 10.000 euros, y que si en ese plazo no ha saldado sus cuentas, le embargaremos la librería con todos sus libros.

Queda muy reconocido: Don Arturo García López, director-gerente.

Me quedé de piedra. Miré a mi padre y éste a mí. Nos quedamos así durante un buen rato, como recapacitando en lo que habíamos leído, pensando en las consecuencias que eso llevaría. Después de un rato de silencio decidí hablar:

- Bueno, habrá que conseguir ese dinero, ¿no papá?

- Así es hijo – respondió él.

- Pero – dije dubitativo -, ¿cómo has llegado a acumular tanto dinero a deber, papá?

- Créditos, hijo mío, créditos – contestó él.

- Entiendo, has pedido créditos al banco para mantener la librería, pero como administras tan bien tus ganancias te has quedado sin dinero suficiente para saldar la deuda. ¡Eres un buen hombre de negocios, papá!.

- Calla, hijo – respondió él con poco ánimo -, no te rías de mi desgraciada capacidad para administrar el dinero, imagínate si esto hubiera sido en una gran empresa.

- Lo sé, pero lo que está en juego es nuestra librería, y es lo único que tenemos para alimentarnos y subsistir. Si la perdemos, será la ruina para nosotros, tendremos que buscarnos otro trabajo y yo tendré que dejar mis estudios de música, porque las escuelas no son baratas. Además, sabes que no soy buen estudiante y aparte de la librería, que es lo que más me gusta, no me veo haciendo otra cosa.

- Lo entiendo – contestó él -, pero  no somos ricos y no tenemos ese dinero, ¿de dónde lo vamos a sacar?

- No sé, ¿ por qué no le pides ayuda a los abuelos? – pregunté yo.

- Podría ser buena idea – respondió él -, pero no nos la darían, ya sabes que no tenemos buenas relaciones con ellos.

- Pues no tengo más ideas papá, será mejor esperar y buscar alguna solución más precisa cuando estemos más calmados.

- Tienes razón, hijo – contestó él -, nos estamos precipitando, tenemos una semana, ya se nos ocurrirá algo.

Diciendo esto me abrazó. En ese abrazo noté la ansiedad y el miedo de mi padre a perder la librería. Noté sus temores, que no eran pocos, y sus nervios, ya que le temblaba todo el cuerpo. Nos encontrábamos en una situación muy seria.

Al día siguiente abrimos la librería como cualquier día corriente y empezamos a atender a las personas que iban entrando. Aquel día me sorprendió notablemente la cantidad de libros que vendimos,  mi padre me dijo que eso era un buen presagio, aunque notara la inquietud en su rostro.

Dos horas más tarde, cuando estaba colocando la nueva remesa de libros que nos habían enviado, entró en la tienda el mismo hombre que el otro día había seguido con cautela y me despertó tanto misterio y desconfianza. Desde una de las estanterías observé todos sus movimientos por si las moscas. Esta vez no saludó a mi padre y se dirigió con paso rápido a la estantería de libros antiguos. Iba a seguirle cuando en ese mismo instante me llamó mi padre para que atendiera a uno de los clientes. Yo protesté pero él ni se inmutó y me dijo que lo hiciera. Por no desobedecerle atendí al cliente, que por suerte sólo quería un ejemplar de Robinson Crusoe. Inmediatamente fui a la estantería de libros antiguos y busqué al hombre que tanto me inquietaba. Cuando me dirigía hacia allá le vi salir sigilosamente de la librería. Me temí lo peor y rápidamente le seguí. Desde lejos observaba sus movimientos sin que me viera. De repente se paró en una esquina y extrajo algo de su chaqueta. Era el libro. Mis temores se habían hecho realidad, ese hombre era un ladrón. Sin pensarlo un instante grité:

- Al ladrón.

El hombre lo oyó y empezó a correr. Iniciamos una persecución frenética por las calles de Madrid que duró más de diez minutos. Él corría muy veloz pero yo le mantenía la distancia. Cuando pasábamos junto a la gente nos miraban con extrañeza como si estuviéramos echando una carrera para ver quien era más rápido. En el momento en que empezaba a cansarme, la suerte quiso que el hombre tropezara y se le cayera el libro, de manera que cuando fue a recogerlo ya casi le estaba alcanzando. Entonces maldijo en voz alta y salió huyendo de allí mientras yo recuperaba el libro que nos habían intentando robar. Sin pensarlo miré el libro, que era de gran tamaño. Carecía de título y empezaba con las palabras HIC incipit. Algunas letras estaban borrosas pero aún así se podían leer palabras escritas en castellano muy antiguo. Entonces miré en las hojas interiores del libro para comprobar si estaba igual de deteriorado que la primera hoja. Entre las hojas encontré muchos escritos medio borrados y dibujos realizados a mano. Me fijé en los dibujos, eran viejos y representaban a la imprenta de Gutenberg tal como la fabricó él. Una terrible sospecha empezó a nacer en mi interior. Inmediatamente busqué alguna fecha para confirmar mi suposición. Tras buscar con ahinco encontré lo apetecido. Entre las líneas de un texto desfigurado pude traducir lo siguiente: … cuarenta años antes el maestro Gutenberg había inventado la máquina milagrosa, el mundo cambió por esto … . Me quedé sin habla, mi sospecha se había cumplido, aquel libro estaba impreso en 1480, cuarenta años después de invertarse la imprenta. Aquel libro que tenía en mis manos, aunque yo no me lo creyera, era ni más ni menos que un INCUNABLE.

Sin pensármelo dos veces corrí de nuevo a la librería para contárselo todo a mi padre. Tras decírselo se quedó sin habla y me respondió que lo mejor era avisar a la policía. Yo contesté que no hacia falta, pero insistió en que en un intento de robo siempre hay que dar parte a la policía. Me resigné y le acompañé a la comisaría.

Ya en ella pedimos hablar con el comisario, que además era un antiguo compañero de colegio de mi padre. Nos dijeron que esperásemos en la sala de estar. A los pocos minutos un hombre menudo, con barba y gafas nos recibió. Él y mi padre se estrecharon la mano y entonces supe que ese hombre era el comisario. Pasamos a un despacho amplio y bien decorado, de lo que supuse que sería el del comisario. Se sentó en un mullido sillón colocado junto a una mesa grande y llena de papeles. Entre los cuadros que decoraban la sala había también muchos diplomas y fotos del comisario. Mi padre decidió empezar a hablar:

- Bueno Manolo, parece que te van bien las cosas.

- Ya ves, Matías – respondió el comisario -, cuando uno es reconocido como el mejor policía de la ciudad las cosas pintan muy bien.

- Lo sé – contestó mi padre -. Ya he visto tu diploma en la pared al entrar. Detuviste a un terrorista y te ascendieron, me acuerdo por los periódicos.

- Tienes buena memoria Matías, pero me parece que no has venido a hablar de esto precisamente.

- Así es – respondió mi padre -. He venido por asuntos bien diferentes. Han intentado robar en nuestra librería esta mañana.

- ¡Qué me dices! – exclamó el comisario.

- Que han intentado robarnos un libro esta mañana.

- ¿ Un libro? ¿ Qué tipo de libro? – preguntó de nuevo el comisario.

- Este libro – dijo mi padre, y se lo entregó.

Entonces decidí hablar:

- ¿ Sabe usted lo que es un incunable?

- Claro – contestó él.

- Pues creemos que este libro es un incunable.

El comisario se me quedó mirando con cara de haber estado escuchando a un chino. Entonces cogí aliento y le conté mi historia.

Después de contársela empezó a reírse y exclamó.

- ¡ Pero Matías, este libro puede ser de gran valor, deberías mandar que lo examinen! Es muy probable que consigas un beneficio económico.

Mi cabeza empezó a calibrar tal idea, entonces sin saber por qué grité. Grité de contento y grité por la suerte que habíamos tenido al encontrar ese libro, mi alegría no tenía fin. En pocos días el comisario nos puso en contacto con la Biblioteca Nacional para que examinaran el libro. Tras comprobar que se trataba de un incunable comenzamos la negociación. Tuvimos la suerte de que nos ofrecieran los 10.000 euros que pedíamos por él, aunque al encontrarse el libro en mal estado querían pagarnos menos. Finalmente nos entregaron el dinero y conseguimos salvar la librería, por fin la librería volvía a respirar tranquilidad y entusiasmo, y es que además adquirió gran importancia ya que durante los siguientes años donamos muchos más libros  de nuestra gran colección.

1er Premio del II concurso de cuentos del IES “Las Canteras”. Sección de Collado Mediano.

Alfonso Herreros Cabello

14 años, 2º ESO.

Relatos