Archivo

Archivo de Noviembre de 2009

VIII Concurso de cuentos José María Rubio

24 de Noviembre de 2009

PRIMER PREMIO

El sabor de las palabras

Adriana Sánchez Garcés

Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Se­rafín, y a las chicas, como yo, Serafina.

La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.

Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nu­bes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóci­les, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas mo­numentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.

–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.

Y como aquí tenemos mucha templanza y no discuti­mos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Si­deral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comen­zamos a cantar.

¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.

Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.

–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.

–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?

–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le con­testo.

–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?

–Pues… porque es como una noche inmensa cuaja­da de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.

Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa ma­nera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…

Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran vo­ces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.

–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.

–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.

Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál ele­gir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Vo­luptuosidad».

–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?

–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…

¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también te­nía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimi­enta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.

–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.

Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al pa­ladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras descono­cidas que casi no podíamos volar. Cada una era dife­rente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Co­mimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!

Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desco­nocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi ca­beza y la de Serafín…

Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cris­tal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inma­culado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.

¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, in­correcto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!

Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una co­rona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotona­ban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.

Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabética­mente:

«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecí­an… y yo no podía pararlo.

Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.

Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de no­sostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nue­vo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.

Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirar­nos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?

Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…

Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las pala­bras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:

«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»

Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvi­dado…

Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…

De nuevo desaparecieron las palabras y yo me que­dé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y ané­monas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…

–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas vo­ces! Pero, ¿qué dicen?:

–¡Vaya!, ¡es una niña!

–¿Niña?

–Sí, pero espera… también un chico.

–¿Gemelos?

–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!

Relatos

Sábado 21 de noviembre

18 de Noviembre de 2009

NIEVE

8 de Noviembre de 2009

Si nos acercamos a la casa podemos observar un extraño bulto en el porche junto a la puerta, al pasar por su lado comprobamos que está cubierto por una manta de cuadros rojos que se agita dejando al descubierto un pie de tamaño grande. Al pasar al interior la oleada de calor nos inunda de bienestar a la vez que una extraña sensación nos acoge, miramos en las habitaciones esperando encontrar lo evidente pero sólo nos topamos con una cama abierta y desierta, oímos voces al final de la casa, llegamos a ellas después de recorrer un sinuoso pasillo la más grave está diciendo “No tenias que haber venido, te llamé para decírtelo…” “Estaba en una reunión y supuse que te encontrarías peor” dijo la más fina. “No, me hubiese quedado más tranquila sabiendo que te quedabas a dormir en la ciudad” “¿Y tú aquí sola con este temporal? Tienes unas cosas mamá” “Al menos habrás comido algo” negó con la cabeza al tiempo que se levantaba del asiento “voy a darme un baño” y sale de nuestro campo visual, nos quedamos con la madre que en un momento prepara una ensalada de pollo y deja el plato dentro del microondas, la seguimos por el pasillo “Me voy a la cama” alza la voz a al pasar a la altura de la puerta pero no escuchamos contestación, sólo el ruido del agua al correr y sentimos la tentación de atravesar la puerta pero al imaginar el cuerpo desnudo, relajado en el agua caliente nos lleva en un sobresalto al pie que vimos a la entrada, ahora ya no está visible, nieva copiosamente y el aire que nos azota violentamente ha cubierto la manta de cuadros rojos, le chillamos pero no se mueve, nos atrevemos a tocarle duro y frío como un témpano, nos agachamos lentamente le descubrimos pero ¡Somos nosotros! Chillamos pero sólo se oye una voz cubierta por un albornoz blanco…miramos pero no hay nadie más que ella y yo.

Herminio Gas Marín

Relatos