VIII Concurso de cuentos José María Rubio
PRIMER PREMIO
El sabor de las palabras
Adriana Sánchez Garcés
Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Serafín, y a las chicas, como yo, Serafina.
La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.
Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nubes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóciles, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas monumentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.
–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.
Y como aquí tenemos mucha templanza y no discutimos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Sideral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comenzamos a cantar.
¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.
Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.
–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.
–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?
–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le contesto.
–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?
–Pues… porque es como una noche inmensa cuajada de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.
Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa manera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…
Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran voces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.
–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.
–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.
Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál elegir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Voluptuosidad».
–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?
–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…
¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también tenía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimienta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.
–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.
Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al paladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras desconocidas que casi no podíamos volar. Cada una era diferente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Comimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!
Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desconocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi cabeza y la de Serafín…
Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cristal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inmaculado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.
¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, incorrecto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!
Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una corona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotonaban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.
Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabéticamente:
«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecían… y yo no podía pararlo.
Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.
Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de nosostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nuevo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.
Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirarnos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?
Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…
Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las palabras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:
«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»
Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvidado…
Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…
De nuevo desaparecieron las palabras y yo me quedé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y anémonas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…
–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas voces! Pero, ¿qué dicen?:
–¡Vaya!, ¡es una niña!
–¿Niña?
–Sí, pero espera… también un chico.
–¿Gemelos?
–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!
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