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Tercer concurso Literario Instituto de Collado Mediano

15 de Julio de 2010

RELATO PREMIADO PRIMER CICLO

Instituto de Collado Mediano

No hace falta tener súper poderes para ser un súper héroe


Una tarde de verano, Karthus, un hombre de treinta y dos años, unos 70 Kg, metro ochenta de altura y licenciado en medicina    forense, se dirigía a su casa por un camino estrecho.

Karthus era soltero, vivía con un lobo hembra llamado Deswolf como mascota. Ésta tenía el pelo gris y una dentadura extremadamente poderosa con dientes blancos como la nieve.

Vivía en un pueblo de Escocia, cuyo nombre desconocía, ya que se acababa de mudar. Esa misma tarde Karthus se acercó a la oficina de correos para entregar una carta a sus padres por su cómoda llegada.

-Hola, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo amablemente el dependiente.

-Hola. Quería enviar esta carta y como no he encontrado un buzón fuera, vengo a entregársela a usted- el dependiente extendió la mano, y Karthus le entregó la carta.

-¿Me puede decir su nombre por favor? Es que están haciendo una recopilación de cuántas cartas se entregan, que con esto de las nuevas tecnologías…

-Yo soy pésimo en las nuevas tecnologías, por eso utilizo los métodos antiguos –y seguidamente soltó una carcajada-. Mi nombre es Karthus de Castro.

-No sé porque, pero me suena ese nombre…¡Ah, pues claro! Me ha venido de perlas que viniese aquí. Hace media hora escasa ha llegado un paquete para usted.

Karthus se quedó asombrado. Casi nunca había recibido un paquete por correos, y se sorprendió por su tamaño y su sonido.

-Pues muchas gracias. ¡Hasta otra!

-Adiós -respondió ranciamente el cartero.

Tras ese hecho, Karthus salió de la oficina, con su paquete, y se dirigió hacia su casa, a dos manzanas de allí. Justo antes de llegar al portal, un vecino tuvo el buen gesto de darle la bienvenida.

-Hola. Me llamo Julián, ¿y tú?

-Hola. Me llamo Karthus. Soy nuevo por aquí –respondió.

-Ah. Ya decía yo que no me sonaba para nada tu cara. Veo que has recibido nuestro paquete.

-¿Vuestro paquete?

-Exacto. De una Asociación contra un nuevo virus descubierto. Hay una carta del Coronel Miller. Léela. También hay unas botellas, así que ten cuidado al abrirlo. El coronel te hace una propuesta para que vengas con nosotros a salvarles, ya que eres médico.

Karthus se quedó confuso. Miró desconcertadamente a Julián, y preguntó:

-Pero, ¿por qué a mí? ¿No había otro médico en todo el mundo más apto para esta tarea?

-Estuvimos estudiando tu historial. Y además de ser un medico licenciado en medicina y con un máster, tienes coraje y eres valiente. Eso es todo lo que queremos -explicó Julián.

-Pero… -iba a preguntar una duda a Julián, pero éste le interrumpió.

-Piénsate la propuesta cuando leas la carta del Coronel, y vendré a buscarte dentro de una semana para ver si aceptas. Recuerda que te necesitamos. ¡Adiós!

-Hasta el jueves -dijo Karthus.

Cuando se despidió de Julián, no sabía si dar saltos de alegría o romper a llorar. Él era una de esas personas que no sabe negarse a nada, por mucho que odie lo que le piden. Entró en su casa y no sabía qué hacer. ¿Abrir el paquete, abrirlo más tarde? Estaba totalmente desconcertado.

Después de unos quince minutos reflexionando, llegó a la conclusión de que no aguantaba más, que tenía que abrir esa maldita caja.

En la caja había muchos papeles de envoltorio y dos botellas de dos litros cada una, metidas en una especie de vitrina de cristal con un cartel que ponía: “frágil”. Dentro también había un sobre amarillo bien cerrado con varias solapas. Karthus abrió el sobre, y empezó a leer:

Washington, D.C. EE.UU. Miércoles 17 de Abril de 1974

Querido Karthus de Castro:

Hace exactamente 12 semanas, decidí irme en un Safari por la zona de sur América. Todo era precioso: árboles con más de cincuenta metros de altura, fauna y vegetación preciosa, ríos como el Amazonas con un cauce tremendo, etc. Todo, absolutamente todo, era precioso, menos sus tribus. Un habitante de la tribu de los masáis nos atacó. Tenía unos rasgos muy extraños, y decidimos cogerle una muestra de sangre. Mediante ese especie de análisis, los médicos llegaron a la conclusión de que un nuevo virus estaba atacando al bosque del Amazonas y a sus tribus. Una empresa de laboratorios ha elaborado un antídoto, pero ninguno de ellos tiene el suficiente coraje como para presentarse allí y inyectárselo a los infectados. Los últimos días hemos estado estudiando tu Curryculum y me pareces el hombre adecuado para realizar esta tarea. Creo que ya habrás conocido a Julián. Él te acompañará, junto con mi equipo de exploración, a sur América y te ayudará en todo lo que necesites, si decides aceptar esta propuesta. También recibirás una especie de “sueldo” por realizar esta misión. Estamos hablando de un millón y medio de euros. Te doy una semana para pensártelo. Si rechazas, devuelve estas botellas a Julián, por favor.

Posdata: para cualquier duda, te doy mi número de móvil: (212) 324-4152.

Un saludo,

Coronel Miller.

Karthus terminó de leer la carta, la metió en el sobre y la depositó sobre la mesa. No tenía muy seguro si iba a aceptar la propuesta. Su mente estaba totalmente descontrolada. No sabía lo que hacer. Si aceptaba la apuesta y lo conseguía, le tomarían como un héroe y el dinero era suficiente como para dejar el laboratorio. Pero si la aceptaba y no salía como estaba previsto y fallecía, no encontraría jamás a su esposa ideal. Tenía tal revoltijo en la cabeza que ni él mismo sabía lo que pasaba ahora mismo por su propia mente.

Pasaron ya tres días con la misma rutina: ir a comprar, ir a por una película al videoclub, desembalar la mudanza, sentarse a ver la película con Deswolf, cocinar y dormir. Karthus era un experto cocinero, pero ya había perdido la mayoría de sus dotes. Había visto dos o tres veces a Julián, pero tenía tanta vergüenza que no se atrevía a decirle nada. Karthus meditó a fondo el tema, y creía que iba a aceptar, porque su vida era un aburrimiento. Al menos un poco de marcha la animaría.

La tercera noche Karthus tuvo un sueño. Soñó que se encontraba con un águila que le proponía ir a Sudamérica a ver lo que pasaba allí. El águila le llevó volando hasta Sudamérica y el observó con sus propios ojos, o con su propia mente, mejor dicho, lo que pasaba. Las tribus se estaban extinguiendo por culpa de esa enfermedad. Ese sueño le ayudó a ver qué estaba pasando en ese sitio, y le dio el empujón que le faltaba para coger el teléfono y marcar el número del Coronel Miller que le había dejado en la carta y hablar con él.

Al día siguiente, Karthus llamó al número del Coronel Miller, dispuesto a aceptar la propuesta:

-¿Sí, dígame? -preguntó el Coronel.

-Hola, soy Karthus. -Dijo temblando-. Te llamaba para aceptar la propuesta.

-¿En serio? -gritó el Coronel sorprendido.

-Totalmente. ¿Qué vuelo cojo para ir allí?

-Ninguno. Estate en el aeropuerto el sábado veintisiete a las ocho horas de la

mañana, y te recogeré con un avión privado con la carcasa verde y de unos

cincuenta y cinco metros de largo, en la pista suroeste. Adiós.

-Vale, hasta entonces.

A Karthus se le estaba pasando muy lenta la semana, porque no sabía si había

tomado la decisión correcta. Estuvo a punto de marcar el teléfono del Coronel Miller

varias veces, pero no tuvo el valor suficiente. Estuvo toda la semana sin salir de

casa, acariciando a su mascota y comiendo comida congelada que ya había

comprado varios días antes. Los próximos días estuvo haciendo lo mismo que los

anteriores, excepto el viernes. La noche del viernes no pegó ojo. Sabía que tenía

que dormir bien para el duro día de mañana, pero también sabía que no lo iba a

conseguir. Estuvo reflexionando sobre lo que iba a pasar, y decidió no decir nada a

sus padres. Al final, se durmió.

Al día siguiente Karthus entró en el aeropuerto a las 7:30, tardando media hora, en un

taxi, desde que salió de su casa. Había tenido un par de problemas con lo del avión

privado y con llevar a Deswolf, pero la recepcionista, prima del coronel, se lo había

solucionado todo. Se encontraba en una sala él solo, ya que el avión era únicamente

para él.

Karthus intentó distraerse jugando al tetris en el móvil, pero no lo consiguió. Faltaban

unos quince minutos para su embarcación, cuando vio aparecer a lo lejos una persona

que conocía. Estuvo pensando un par de segundos y… ¡Claro! Era Julián, que le había

llamado un par de días antes para decirle que iba con él en el avión privado que le había

asignado el coronel Miller.

-Hola -saludó Karthus, con una cara de sorprendido que Julián notó.

-Hola. Que, ¿te habías olvidado de que venía?

-Mmm… Sí.

-Bueno, no pasa nada -respondió.

-El avión viene en diez minutos, ¿no?

-Bueno, siete exactamente, jajá -respondió Julián intentando ser gracioso.

Cogieron el avión, y Karthus se bajó el sombrero y se echó una siesta.

- Karthus. Despiértate, ya hemos llegado a Río de Janeiro.

Karthus bostezó y acto seguido se bajo del avión para coger su equipaje y dirigirse a su

hotel en un coche que le proporcionó Julián. Como tardarían unas 3 horas en llegar a su

apartamento y era tarde, decidieron pagar un hotel a Karthus a una hora de aquí y al día

siguiente, ya descansado, partirían hacia el apartamento y la visita al coronel.

Llegaron al motel y Karthus entró en su habitación. Se quedó asombrado, ya que, solo

siendo un motel, era una habitación de cinco estrellas: tres habitaciones, dos baños, una

cama de matrimonio y todo tipo de lujos en paredes, lavabos, váteres, cortinas, etc.

Ni siquiera se molestó en deshacer la maleta. Cogió una bolsa en la que metió la ropa de

hoy, se duchó, acomodó a Deswolf en una especie de cesta enorme y se puso el pijama.

Karthus tenía muy claro que, por segunda vez en dos días, le iba a costar dormirse.

Intentó leer pero todo le recordaba a el viaje que acababa de realizar. ¿Había hecho lo

correcto?¿Había tomado una decisión poco recomendable? Apagó la luz y media hora

después se durmió, porque estaba totalmente “muerto”.

Ring, Ring. Sonó el teléfono de la habitación. Karthus se incorporó y cogió el teléfono.

-¿Diga? – preguntó con voz ronca.

-Hola, soy Julián. Siento despertarte pero debemos partir ya. En media hora estate en el

hall. Recoge la habitación y deja la llave en recepción. ¡Adiós!- tiiiiiii, colgó el teléfono.

No le daba tiempo a ducharse. Despertó a Deswolf, se vistió, recogió todo, se metió la

llave en el bolsillo y salió por la puerta de la habitación

Sin palabra alguna, dejó la llave en recepción, cogió a Deswolf en brazos y se metió en

el coche. No se lo esperaba, pero reconoció, por la manera de vestir como en el ejército,

al coronel Miller. No saludó, porque estaba cansado, y se echó otra siesta.

Llegó al apartamento que le tenían preparado. Se quedó unos minutos mirando a la puerta, junto al coronel, cuando Julián vino con la llave. Se subió a la planta de arriba y el coronel le acompañó.

-Hola -le dijo el coronel, extendiéndole la mano.

-Hola -le devolvió el gesto.

-Bueno, te explico: esta va a ser tu casa durante estos siete días que vas a estar aquí. Vas a encargarte, a base de extraer muestras de sujetos que hemos atrapado, de saber qué les pasa a estos sudamericanos. Si no lo consigues, no pasa nada, pero no te daremos todo el sueldo. Si no logras conseguirlo y no tienes ningún daño grave ocasionado, te daremos solo un 50% de lo acordado, que te recuerdo que son 1.500.000 €, así que si no lo consigues solo obtendrás 750.000 €. Si no lo consigues y tienes algún daño grave ocasionado, te daremos un 70%, es decir, hablamos de 1.050.000 €, y si en el intento falleces o tienes daños realmente graves, que esperemos que no, hablaremos de dar a tus seres queridos un 130% del sueldo acordado, así que obtendrás 1.950.000 €. Mañana te llamaré a las diez de la mañana para ir a nuestro laboratorio, apenas a media hora de aquí. ¿Tienes alguna pregunta? -dijo, mientras acariciaba el cogote de Deswolf.

-No, gracias. ¡Hasta mañana!

Claro que tenía alguna pregunta. Tenía miles de preguntas, pero, como estaba cansado, decidió despejar sus dudas otro día que tuviera el 120% de su cerebro en acción. Subió a la habitación y deshizo a la maleta. Como no llevaba demasiado equipaje, tardó tan solo veinte minutos cortos en vaciar todo el material y meterlo en armarios, cajones, mini bares, etc.

A la mañana Miller llamó, pero esta vez no pillo a Karthus desprevenido. Ya estaba preparado y estaba dispuesto ya para bajar a desayunar. Miller le explicó todo lo previsto y el informe que habían hecho ya anteriores médicos mientras tomaban un delicioso café y un par de sobaos típicos de por allí.

-Bueno, pues eso es todo lo que tenemos hasta ahora, pero estoy seguro que tú nos conseguirás todo cuanto tengamos que saber, y también conseguirás salvar a toda esta población envenenada.

-¡Eso espero! -dijo Karthus, con un tono que demostraba que había descansado y estaba listo y con todo el cerebro dispuesto a investigar.

Tardaron, como había deducido el coronel, media hora en llegar a un edificio en forma de pirámide hexagonal con muchas ventanas sin alféizar y cristales tintados en ellas. Era un edificio que transmitía modernidad.

-Bueno, pues ya hemos llegado -dijo el coronel, cuando estaba metiendo su tarjeta y un escáner de su ojo en la puerta del laboratorio-. ¡Miguel! Éste es el médico que hemos contratado – dijo mientras me señalaba- y, por lo que me han dicho, tiene bastantes conocimientos forenses.

-Estupendo -dijo una persona, que por las deducciones tomadas, era Miguel-. A ver, éstos son los especímenes que hemos atrapado. Como eran extremadamente violentos, les hemos inyectado una dosis bastante potente de anestesia. Toma, ponte esta bata y te vienes conmigo a observar un espécimen recién atrapado.

Se dirigieron a una cámara en el que había un sujeto con el cuerpo rojo y no parecía para nada un humano. Tenía aspecto de andar curvado y se le había caído todo el pelo del cuerpo.

-A ver. ¿Tenéis todos los instrumentos que hay hoy en día en los laboratorios antropológicos forenses de Estados Unidos?

-Por supuesto. Este edificio es una copia exacta de un edificio forense del FBI.

-Vale, pues necesito saber la causa de la muerte.

-No la tenemos muy clara, pero no tiene lesiones en ninguna parte del cuerpo, por lo que no tiene pinta de ser un asesinato. No sabemos qué podría haberle matado.

-Vale. Este sujeto es de la tribu de los masáis por la forma de los tatuajes en la espalda, y lo más seguro es que haya muerto envenenado. Quiero que me proporcionéis una tabla con las últimas sustancias que ha ingerido el sujeto, aunque será difícil, ya que es una tribu y fabrica sus alimentos con materias primas sin saber si están envenenadas o no. Quiero que me llevéis al lugar donde le encontrasteis.

-Está a doscientos metros de aquí, así que iremos andando.

Fueron al lugar de la muerte. Era un paisaje donde había restos de casas en los árboles, montañas de poca altura, todo tipo de árboles de mucha altura y un lago con el agua azul realmente vivo.

-Voy a coger una muestra de corteza del árbol, ya que tiene un color demasiado verde y una muestra de agua del lago, y me la llevaré al laboratorio -.Sacó un tubo de diez milímetros de capacidad y cogió una muestra del agua del lago. Acto seguido sacó una navaja multiusos y cortó un trozo de corteza de árbol.

Volvieron al laboratorio y colocaron la corteza de árbol en un microscopio y la muestra de agua en otro. Primero Karthus miró la corteza de árbol. Estuvo casi media hora analizando todas las salidas posibles, pero no encontró nada. Después miró la muestra de agua, y notó algo raro pero no sabía que era.

-¡Miguel! Ven un momento por favor.

-Dime -dijo mientras se acercaba.

-¿Esto es normal?

-Mmm… ¡No! Tiene un 25% de oxígeno, un 50% de hidrógeno y esto es… Un 25% de veneno tóxico que acelera el ritmo cardiaco de las personas y afecta al sistema nervioso, provoca la pérdida de cabello y en esta cantidad…¡Es capaz de matar todo el mundo que la beba!

-¡Pues claro! Este veneno es provocado por demasiado dióxido de carbono, y han establecido una ruta de transporte justo al lado del lago hace dos meses. ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller! ¡Coronel Miller! ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller!

-¿Lo habéis resuelto? -dijo el coronel con voz de fatigado, ya que acababa de recorrerse unos cincuenta metros en unos segundos.- Mis más sinceras felicidades, señor de Castro. Esperen un minuto, tengo que hacer una llamada.

-¡Deswolf! ¡Lo he resuelto, Deswolf! – le dije a la mascota.

-Ya está. Acabo de hacer dos llamadas. Una para que cambien el agua del lago, y otra para que traigan el millón y medio de euros que te acabas de ganar.

Hoy era el día más feliz de su vida. Era millonario. Había salvado a miles de personas. Habló con sus padres, sus amigos, sus parientes, sus hermanos… No le importaba la factura. Hizo la maleta en cinco minutos y llegó al avión seis horas después de este acontecimiento.

El viaje se le hizo cortísimo. Pensaba en lo que se iba a comprar, en cuanto iba a donar, en lo que iba a hacer cuando volviese… En estos momentos era el hombre más feliz del mundo. Llegó al aeropuerto, recogió su maleta, y se fue a su casa.

Ya tendría tiempo de pensar en otra ocasión. Habían sido tres días muy duros y se merecía descansar. Se sentía valioso. Se durmió.

HECHO POR: CHARLES CHAPLIN

FIN

Jaime Sáez de Buruaga (1º ESO)

Relatos

Made in Vienna

27 de Junio de 2010

Made in Vienna

Alfonso Herreros Cabello, alumno de 3º ESO. Sección IES Las Canteras de Collado Mediano

Mucha gente piensa que un músico clásico es una persona aburrida que simplemente coge un instrumento e interpreta una obra; yo no pienso lo mismo. Mi teoría como músico y persona que los ha conocido es diferente; pienso que son personas capaces de abrazar un instrumento, transmitirle sus sentimientos y que de él salgan los más armoniosos y excepcionales sonidos; hacer que sea algo más de su cuerpo y mientras éste suene que sean iguales en cuerpo y alma. Porque si se fijan, cuando escuchan una misma obra pero tocada por varios músicos, si intentan sentir la música, verán que cada una suena diferente, expresa algo distinto, de esta manera se ve que cada músico interpreta de una forma y que cada uno quiere expresar algo diferente con su música.

Además, si piensan que la música clásica también es aburrida y no sirve para nada, pregúntense de dónde proviene la música moderna, pregúntense, porque quizás algunos piensen que les estoy tomando el pelo cuando afirmo que ese grupo de rock que tanto les gusta escuchar, tenga algo que ver con la música de hace dos siglos.

Sin embargo, si creen de verdad que cualquier tipo de música es buena para disfrutarla, ya sea clásica o moderna, puede que les interese la historia que voy a contar.

El argumento de ésta sucede en una de las ciudades con más tradición de Europa, de la que han salido más músicos y una de las que más cultura contiene en sus museos, plazas, teatros, auditorios, tiendas, monumentos y reliquias históricas. Una ciudad bella como ninguna, que recibe todos los días la visita de numerosas personas de todo el planeta; una ciudad de ensueño, de las que entras y no puedes salir, de las que te dejan un recuerdo imborrable de felicidad, de las que siempre recordarás en lo más hondo de ti. Mucha gente, al leer esto, puede que hayan averiguado ya el nombre de la ciudad o que lo supongan, pero si no es así, les echaré una manita, se trata de Vienna, la capital mundial de la música, y donde comienza nuestra historia, en uno de sus palacios de música más emblemáticos: Konzerthaus.

Un violín suena en el auditorio del gran palacio. La gente presente escucha y admira la belleza de la música emergente de aquellas cuerdas. Nadie habla, pues sería espantoso interrumpir el precioso y armonioso sonido del instrumento. Todos se fijan en la fluidez de las notas, en la alegría que transmiten esos compases y en la increíble interpretación del músico, el cual está concentrado en su instrumento.

Y entonces, cuando el público menos se lo espera, el concierto termina, y una estrepitosa manada de aplausos invade el lugar. El músico, feliz por su actuación, hace una reverencia ante sus oyentes y sale del escenario bajo el peso de miles de aplausos que se producen en la sala.

Poco después, un taxi llega a la entrada del Konzerthaus y recoge a un hombre ataviado con sombrero y un enorme abrigo de lana. Lleva consigo el estuche de lo que parece ser un violín.

El vehículo arranca y toma una larga avenida que atraviesa casi toda la zona del centro de Vienna. Tras unos cuantos semáforos el coche gira y toma una calle estrecha con poco tráfico, en ella el hombre paga y se baja. El taxi se va y el hombre se dirige pausadamente a una calle cercana a donde le han dejado. Tras unos cuantos edificios, llega a uno pintado de beige y con un amplio portal. No debía tener más de tres pisos y era algo viejo, pero aún así tenía aspecto de ser bastante tranquilo y apacible. Entonces, saca una llave y abre la puerta del portal, entra y cierra.

Tras unos segundos de pausa, donde solo se oía su respiración, empieza a subir las escaleras. En la segunda planta se para y se dirige hacia una puerta de color marrón oscuro. Vuelve a sacar una llave y, tras unos chirridos de las bisagras al abrirse la puerta, accede a su menguado y desordenado piso.

Después de acomodarse saca su violín del estuche y deja caer en una mesa algunas monedas que había dentro de éste. A continuación se pone a contarlas. Tras acabar coge su instrumento y empieza a practicar algunas melodías que él ha compuesto. Pero luego, al poco instante de haber comenzado, suena el teléfono.

- Diga.

- Hola Fredich, ¿qué tal viejo amigo?

- Hombre, Loizl, qué sorpresa. Acabas de interrumpirme mientras tocaba.

- Bueno, perdóname. Te llamaba para saber si vas a tocar esta noche.

- No, creo que no, ya he tocado a las puertas del Konzerthaus y he conseguido una buena recaudación así que…

- ¡¡Hoy tocaba ahí Rupenstein, la gran promesa del violín en Austria!! ¿Había mucha gente?

- Bastante, ¿no fuiste a verle tocar?

- No pude, tenía trabajo atrasado en la oficina, pero a lo que iba: ya que estás libre quería invitarte a cenar, ¿te apetece?

- Bueno, no estaría mal, me sentaría bien. ¿Dónde?

- En el restaurante del hotel Kaiserin Elisabeth, se come fenomenal.

- Pero es un poco caro.

- Da igual, tengo dinero suficiente, ¿te vienes?

- De acuerdo, ¿a qué hora?

- Sobre las diez más o menos.

- Allí estaré. Hasta luego.

Fredich colgó. Eran las ocho y faltaba tiempo, todavía podía seguir tocando un poco más.

A las diez menos cinco Fredich entró en el hotel Kaiserin Elisabeth vestido con traje y corbata. El hotel, visto desde fuera, no parecía una cosa del otro mundo, pero en el interior era espectacular: la decoración, el bar, el restaurante, todo era esplendoroso.

Cuando el reloj del vestíbulo dio las diez, Loizl entró por la puerta del hotel.

- Hombre, Fredich, ¿llego muy tarde?

- No, acaban de dar las diez.

- Entonces vamos al restaurante. Pediremos una mesa que esté al aire libre y disfrutaremos de una exquisita cena mientras hablamos. Por cierto, me alegro que te hayas puesto el traje que te regalé.

- Que se le va hacer, es el único decente que tengo en mi armario.

- No te preocupes, seguro que con el tiempo consigues alguno mejor, ya lo verás.

Tras buscar una mesa y pedir la comida, Loizl decidió iniciar una nueva conversación:

- ¿Por qué no buscas un trabajo mejor, Fredich?

- Porque no es tan fácil, ya sabes que sirvo para pocas cosas, y la única que hago bien es la de tocar un instrumento, no me veo en ningún trabajo que no esté relacionado con la música.

- Ya, te entiendo. Pero no vas a ser siempre un mendigo. No es la mejor forma de vida.

- Pues yo estoy muy a gusto. Me encanta que la gente se pare y me escuche mientras toco. Me siento querido por ellos y disfruto como nadie extrayendo de mi violín los sonidos más bellos.

- Según mi punto de vista, creo que les das pena y que por eso te dejan caer monedas en el estuche, no es como tú piensas.

- No me comprendes. No sabes entender la música ni tampoco los sentimientos de un músico.

- Los entiendo, pero no es lo mismo un músico que sea concertista que uno que toca pidiendo limosna. Piénsalo.

- Aún así me gusta, a no ser que me ofrezcan un trabajo como violinista no pienso cambiar de vida.

- Eres un poco tozudo, sólo pretendía ayudarte. Bueno, si quieres cambio de tema y dejamos éste.

- Sí, será lo más correcto.

Durante la cena siguieron charlando, pero el ámbito de lo musical no se volvió a tocar.

Tras terminar un delicioso postre hecho de nata, fresas y almendras, Loizl pagó al camarero y se dirigieron hacia la puerta de salida del hotel.

Cuando ya estaban saliendo Fredich se fijó en un cartel que había pegado en la puerta y que decía lo siguiente:

Se precisa violinista para cubrir plaza vacante en la orquesta del hotel, si está interesado acuda a dirección o llámenos al teléfono del hotel: 43151526.

Saludos.

La dirección del hotel Kaiserin Elisabeth.

- ¿Has leído lo que dice Loizl?

- No, si apartas la cabeza lo veré, tienes la cara pegada al cristal amigo mío.

- Perdona.

Fredich se apartó y Loizl leyó lo que decía.

- ¿Estás pensando lo mismo que yo, Loizl?

- Me parece que sí – dijo éste mirando de reojo a su amigo.

Y entonces, sin pensárselo dos veces, Fredich entró como una exhalación en el hotel. Loizl, sorprendido por la vivacidad de su amigo, decidió quedarse fuera. Tras diez minutos de larga espera, Fredich salió del hotel saltando como un loco y gritando eufórico: “me han cogido”. Después de que Loizl consiguiera tranquilizarle, le contó todo lo acontecido y como luego de interpretar una pequeña pieza para el director de la orquesta y el gerente del hotel, le habían dado inmediatamente el sí. Tras esto, Loizl se despidió felicitándole y subió en un magnífico coche que había venido a recogerle.

A Fredich no le importaba tener amigos ricos con influencia en la sociedad, pero muchas veces sentía que no deberían ser siempre ellos los que pagaran, invitaran y le ayudasen en todo. No le gustaba aprovecharse ni ser una carga para ellos. Él había querido pagar en muchas ocasiones, pero nunca le dejaban agregando que debería ahorrar dinero sabiendo el estado de su economía.

En eso tenían razón, con el trabajo de violinista callejero no sacaba más de 300 euros mensuales, y sus amigos le daban en numerosas ocasiones diversos préstamos que casi siempre les devolvía interpretando alguna obra para ellos.

Mientras caminaba hacia su casa empezó a recordar su infancia y a todos sus amigos, que habían llegado a ser grandes e importantes personas, mientras que él se había quedado en un simple mendigo. Recordó que todos ellos habían escogido carreras de prestigio como las de ciencias e ingenierías; él, al contrario, se había decidido por las letras y los estudios de música. Por su cabeza desfilaron también las imágenes de su padre negándose a ello diciéndole que aquello no le daría de comer; las discusiones que había en casa, los gritos furiosos de su padre para hacerle entrar en razón, y sobre todo el desprecio que éste le demostraba cada día. Se acordó de cuando su padre le había negado el dinero de sus estudios musicales y de como después de muchas peleas y discusiones había decidido marcharse de casa a pesar de los lloros de su madre, que al menos sí le comprendía.

Rememoró también con cierto pesar el hambre que pasó aquellos años en los que trabajó en diversos oficios para ganarse algo de dinero y un lugar de alojamiento. Su marcha de casa le había supuesto la ruina pero al menos se sentía más feliz por tener libertad para hacer lo que quisiera. Con el tiempo llegó a reunir el dinero suficiente para comprarse un violín (el suyo de la infancia lo había roto su padre) y empezar a practicar en calles y otros lugares públicos. Vinieron a su memoria las personas que se le quedaban mirándole mientras tocaba, y como éstas sonreían cada vez que lo hacía, lo que le llenaba de felicidad y satisfacción. Sobre todo esto y más reflexionó en aquel paseo por las calles de Vienna.

Habían pasado ya tres meses desde que Fredich actuara por primera vez en la orquesta del hotel. Le había costado adaptarse al grupo de músicos que tocaban en ella, pero finalmente consiguió compenetrarse y entenderse bien con sus nuevos compañeros. Tocaba todos los días de la semana exceptuando los sábados y domingos, en los cuales tenía descanso, lo que él aprovechaba para dar una vuelta o quedar con algún amigo. Poco a poco empezó a mejorar su bolsillo, lo que notó sobre todo Loizl, ya que en su siguiente cena juntos Fredich apareció con un traje nuevo.

La vida de Fredich había prosperado notablemente. Su antiguo trabajo de mendigo ya era agua pasada y él se sentía más a gusto consigo mismo.

Durante los siguientes dos años su apogeo iba en aumento. No solo era por el dinero obtenido sino también por el prestigio que adquiría en la orquesta. Su arte desplazando el arco por el violín rozaba la perfección y la gente que acudía al hotel se quedaba embelesada escuchando a la orquesta. Con el tiempo el director de ésta decidió nombrar primer violinista a Fredich, ya que de todos los violines el suyo era el más apreciado por el público.

En esta situación se mantuvo hasta una tranquila noche primaveral de abril en la que ocurrió un suceso que recordaría toda su vida.

La actuación de la orquesta acababa de finalizar y el público presente la aplaudía con gran entusiasmo. Los músicos hicieron una reverencia ante ellos y salieron de la sala. Entre ellos estaba Fredich, que recogiendo su violín se dirigió a una terraza para que le diera un poco el aire. La actuación había sido espléndida y se merecía un descanso después de tres horas seguidas de interpretación. Mientras disfrutaba de la suave brisa se le acercó un camarero.

- Señor Fredich, hay unas personas en la sala que quieren hablar con usted.

Fredich se giró y miró al camarero. Tras unos instantes de reflexión le preguntó cuál era la mesa donde estaban. El camarero le señaló una mesa situada junto a una pared donde se lucía un extraordinario cuadro de Van Gogh. Fredich le dio las gracias y se dirigió al lugar.

De camino hacia la mesa se fijó en que sus ocupantes vestían con traje y corbata de calidad y gemelos en sus muñecas. Eran tres hombres y parecían pertenecer a la alta sociedad, no solo por sus ropas, sino también por la cantidad de manjares que habían pedido para cenar. Uno de ellos parecía alto, tenía una espesa y tupida cabellera de color negro e iba afeitado; otro era más retaco, también iba afeitado y su cabeza desprendía un gran brillo ya que no tenía ni un mísero cabello; y el último era el más extraño de todos, en primer lugar era algo gordo, lo que se afirmaba viéndole engullir, en segundo lugar miraba a través de unos enormes culos de vaso que le tapaban casi toda la cara, y por último tenía barba, el pelo grisáceo y revuelto, seguramente por la edad, y unas arrugas que atestiguaban aún más que se trataba de un hombre mayor.

Cuando Fredich llegó ante ellos dejaron de comer y le miraron con interés. Tras unos instantes de mutua curiosidad, el hombre de pelo grisáceo habló:

- Por favor, no se asuste, venimos con buenas intenciones, si fuera tan amable de sentarse.

Fredich cogió una silla y se sentó junto a ellos en la mesa. Durante unos momentos ninguno de los hombres presentes habló y se limitaron a comer. Fredich se contuvo de coger nada por ser de mala educación, aunque ver pollos asados, bogavantes, lubina y chuletas le hiciera la boca agua. Al rato el hombre de gran estatura dijo:

- Bueno, señor Fredich, creo que ahora se estará preguntando por qué queremos verle y quiénes somos, ¿no es así?

- Sí, tiene toda la razón – respondió Fredich con tranquilidad y sosiego.

- Si quiere nos podemos presentar – respondió el hombre –. Mi nombre es Arthur Docley, y soy el primer violín de la orquesta del palacio de Schönbrunn.

Fredich le miró con extrañeza. Conocía el lugar, era uno de los más visitados de la ciudad, comenzó a preguntarse qué querrían esos hombres de él. Entonces, el más bajito de los tres, el que llevaba gafas, habló:

- Yo soy Reynoalds Clever, director de la misma orquesta, no sé si me conocerá.

- Creo que no tengo ese honor señor Clever – respondió Fredich.

Por último, el hombre de mayor de edad, tras tragar un enorme trozo de pollo casi sin masticar, también se presentó:

- Mi nombre es Rudolf Velastowski, gerente del palacio de Schönbrunn.

Fredich recapacitó sobre la información que le habían dado. Sus dudas acerca de qué hacían allí crecían, hasta que de golpe y porrazo, Reynoalds Clever, le hizo una pregunta que atizó a su mente de forma brutal.

- ¿Le gustaría entrar a formar parte de nuestra gran orquesta?

Durante unos instantes de bloqueo mental Fredich no habló. La pregunta formulada de forma tan directa le había sorprendido notablemente y su cabeza no la asimilaba todavía.

- Perdone, está usted diciendo que quiere que toque en Schönbrunn – dijo Fredich.

- Así es, sé que le parecerá extraño en estos momentos pero se lo digo con toda la certeza y sinceridad del mundo, créame – respondió Clever.

- Es normal que un músico como usted, acostumbrado a tocar para medianas orquestas, se sorprenda de una oferta como ésta – agregó Docley.

- Ya, pero no me esperaba esto – contestó –, no es muy común que las grandes orquestas escojan a simples músicos para tocar en ellas, cuando ni siquiera saben cómo es su arte y virtuosismo.

- Por si no lo sabe – dijo Velastowski –, hemos estado muchas tardes en este lugar cenando y escuchando a la orquesta a la que usted en estos momentos pertenece, y hemos llegado a la conclusión de que usted es la persona idónea para tocar en la nuestra, no solo por su arte, sino también porque le vemos como un músico cabal y con una capacidad de interpretación magnífica, algo que el público siempre agradece.

- Les agradezco mucho su intención, pero no me veo capaz de entrar de un día para otro en una orquesta de prestigio – respondió Fredich.

- Lo entendemos, pero escuche, si usted no acepta ahora puede que otra ocasión como ésta no se le presente jamás, piense bien – contestó Clever.

Fredich empezó a hacer cavilaciones. Tenían razón, era una oportunidad única, pero se veía con pocas posibilidades para estar a la altura. Había mucha diferencia entre una orquesta de hotel y la de un gran palacio. Él tenía formas de vida rudimentarias y bastas, y su lenguaje resultaba en diversas ocasiones tosco y vulgar, y en la orquesta que le proponían iba gente refinada y culta, supondría una vuelta de tuerca tremenda.

Mientras los otros hombres esperaban pacientemente, Fredich siguió pensando. Finalmente dijo:

- Acepto.

Todos le miraron con una sonrisa y le felicitaron, aunque Fredich percibió un poco de rechazo por parte de Docley, que no se le veía muy de acuerdo.

Las siguientes semanas fueron transcendentales para él. Adaptarse a su nueva orquesta era difícil, por lo que no debutó con ella hasta pasados dos meses de intenso trabajo.

La noche en la que debutó la recordaría durante toda su vida. Nunca olvidaría el inmenso auditorio ni al público presente. La imagen de todo lo que aconteció quedaría grabada en su memoria para siempre, como uno de sus recuerdos más felices.

Durante los siguientes tres años tocó con la orquesta e hizo nuevos amigos con los que se reunía a menudo. Su vida era feliz, por primera vez era alguien importante. Todo ello era un sueño hecho realidad. Su arte evolucionó con el tiempo y fue creciendo desmesuradamente. Cada día que pasaba deslizaba con más maestría el arco por las cuerdas del violín, y su sonido era más bello y limpio, se había convertido en un violinista con gran talento. Pero lo que él no sabía era hasta donde iba llegar su fortuna y prestigio, porque nuevamente su vida daría un giro inapelable, ya que cinco años después de su debut consiguió el puesto de primer violinista, tras la marcha de Docley.

Fredich entró en sociedad, su lugar en la orquesta le había catapultado a la fama y sus amigos estaban felices por ello, en especial Loizl, que se sentía orgulloso de él. Sentado a la izquierda del director aportó todo su arte y sentimiento, y hasta alguien creyó reconocer en el sonido del violín a aquel humilde músico callejero.

Pronto su nombre empezó a oírse en la ciudad como una de las grandes promesas del violín, pero no sólo de Austria, sino de toda Europa. Más tarde hizo una gira por el continente con la ayuda de Velastowski, quien le apreciaba mucho, e interpretó en todos los grandes auditorios. Viajó por Alemania, Francia, Italia y por muchos otros países que estaban deseosos de ver y sobre todo de escuchar a este gran maestro del violín.

De esta manera finaliza esta historia, pocas veces ha ocurrido que un simple músico callejero haya llegado tan alto en la vida, pero si la música está de por medio, casi nada es imposible.

Relatos

Crónica de un alumno en clase por Alfonso Herreros Cabello

10 de Marzo de 2010

CRÓNICA DE UN ALUMNO EN CLASE DE LENGUA

Es un momento aciago, estoy entrando a clase de Lengua. Sí, ya sé que es importantísima, pero es que soy totalmente nulo para la Lengua desde nacimiento. Eso mismo le dije al profesor el otro día cuando me dio la nota del trabajo sobre sintaxis, nota que ya podéis imaginar, y el cual se quedó medio aturdido con la respuesta que le di. A que no adivináis lo que me dijo después:

- ¿Tú eres tonto?

Me quedé de piedra, y para colmo preguntó en voz alta:

- ¿Quién cree que este tío es idiota?

La verdad, creo que no soy muy apreciado por mis compañeros, ya que toda la clase levantó la mano menos yo, evidentemente.

Pero bueno, hoy me he levantado con el pie derecho, y con ganas de aprender Lengua.

Según transcurre la clase veo que no soy capaz de cumplir una promesa, ya que rápidamente empiezo a distraerme y a mirar por la ventana que está a mi lado. De repente alguien pregunta:

- ¿Es bonito lo que ves por la ventana?

Y yo, con todo mi desparpajo, voy y respondo:

- Sí.

Entonces, toda la clase empieza a reírse. Yo, que no sabía el porqué, me doy la vuelta y dejo de mirar por la ventana.

Qué grata sorpresa que al girar la cabeza me encuentro con el profesor delante y descubro que es él el que me ha hecho la pregunta.

Trago saliva y le miro. Su semblante está serio y con un aire de enfado. Es entonces cuando me pregunta:

- ¿Tú piensas aprobar este curso?

Vale, captada la indirecta, o me pongo las pilas o me suspende. Después de eso asiento con la cabeza y el profesor sigue dando clase.

Pasados unos minutos de tomar apuntes, mi divertimento favorito, comienzo a aburrirme otra vez, y no se me ocurre cosa mejor que ponerme a hablar con mi compañero, el cual no me hace ni caso porque está escuchando al profesor. Y yo erre que erre intentando que hablemos, cuando de repente, veo una cosa diminuta que viene hacia mí. Observo que es cilíndrica y blanca y también que se estampa contra mi frente como un misil.

Tras el impacto miro a todos lados buscando al graciosillo que me ha tirado un trozo de tiza, pero que desilusión, cuando compruebo que el graciosillo de turno que me lo había tirado no era otro que el profesor. Con la cara roja de vergüenza comprendo su mensaje a la perfección:” Cállate”.

La clase sigue.

Yo, siguiendo mi naturaleza, me aburro y solo comprendo palabras sueltas de las que dice el profesor, y es en ese instante, cuando escucho una palabra que no había oído en mi vida y que desconozco su significado. Y, con toda mi ignorancia al descubierto, interrumpo la clase y pregunto:

- ¿Qué significa adyacente, profesor?

El profesor para de hablar, suspira y me mira. Su mirada era totalmente inexpresiva, pero no auguraba nada bueno. A continuación, comienza a dibujar un rectángulo vertical en 3D en la pizarra, que lleva la palabra diccionario en una de sus caras. Después me dice:

- Mira, hay unas cosas rectangulares en forma de libros que se llaman diccionarios y que cuando los abres…pum, sorpresa, tienen palabras en su interior y además su significado, ¡qué curioso! Así que si tienes uno en casa me buscas esa palabra para mañana y no vuelves a interrumpirme con tus sandeces.

¡Toma ocurrencia! Una de dos: o me está vacilando o no le ha gustado mi interrupción. Creo que me decanto por la segunda.

La clase sigue, ya sólo faltan diez minutos para que suene la sirena y estoy impaciente. Pero como siempre, acabo fastidiándolo todo, porque en ese momento no se me ocurre otra cosa que empezar a llamar por lo bajo a mi amigo de la otra punta de la clase. Lo intento pero no lo consigo, por lo que voy subiendo la voz. Es entonces, cuando se deja de oír el sonido de la tiza golpeando la pizarra y la clase se queda en un gran silencio. Me callo, miro a todas partes. Mis compañeros están totalmente tiesos sin moverse, algo ocurre. Miro al profesor, éste me mira a mí, nos miramos. Él tiene cara de mala leche y se nota un enfado increíble en sus ojos, no me atrevo ni a respirar. De un segundo a otro suceden los hechos: bronca del profesor, gritos, enfado brutal, castigado, al pasillo y además parte. Creo que definitivamente he acabado con su paciencia.

De repente oigo un triiiiiiiiiiiiiiiing, me despierto, apago el despertador y me doy cuenta de que es lunes y tengo que ir al instituto a dar clase de sintaxis a mis alumnos, ¡con lo que bien que me lo estaba pasando siendo un niño!

Alfonso Herreros Cabello

Relatos

VIII Concurso de cuentos José María Rubio

24 de Febrero de 2010

SEGUNDO PREMIO

Matías el corto

Andrés Orellana García

«No es lo mismo marcharse que huir. El que se va se dirige a otra parte. El que huye no sabe dón­de acabará».

Ahora recuerdo las palabras del capitán antes de entrar en combate. ¿Huir? No, se trata de que a uno no le cojan. De vivir o morir.

Bien que nos han dado para el pelo. ¡¡Cabrones!! Ni auxiliar a los heridos, ni recoger a los muertos, nos han de­jado. En el momento que hemos salido de retaguardia, bien visible el brazalete blanco con la cruz roja, han vuelto a dis­parar, con más saña si cabe; hemos tenido que recular y huir. Ya no hay retaguardia. Ya no hay compañía, nos han pasado por encima. Ahora a buscarte la vida, que lo otro es la muerte.

Es raro pero me he quedado solo. Mi compañero, Juan –Juanito el Llorón– está tendido a mi lado con un certero tiro en la boca. De los demás, nada. De vez en vez se oyen vo­ces, disparos sordos, ráfagas de ametralladora intermiten­tes; pero no se ve a nadie. Oigo unas voces más cercanas. Las aislo. Se dirigen a mí. Levanto la vista y, en una loma, a escasos quinientos metros, distingo el uniforme gris sucio de tres voluntarios italianos.

Una serie de disparos me pegan al suelo hasta echar raíces. Gritan:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Por un momento dejo de oír los disparos, se toman una tregua. Me desprendo de las raíces y corro, corro como co­nejo asustado. Es lo único que puedo hacer. Estas malditas alpargatas no son lo mejor para correr (las botas se reservan para los soldados en combate; la tropa de retaguardia –in­tendencia, enfermería– nos tenemos que conformar o apa­ñártelas, ¡ni armas llevamos!).

Me paro detrás de un terraplén. Me duelen las sienes, el estómago, boqueo como un ahogado. Escucho. Nada. Aso­mo un poco la cabeza. Allí están, los veo. Van de caza, y yo soy la pieza a cobrar:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Les he sacado un buen trecho. Tengo un respiro. Me tumbo protegido por el talud. Echo mano de la cartera; den­tro está el carnet del sindicato –jefe provincial agrícola–, la cartilla militar –sargento de la compañía de camilleros, men­ción especial al mejor acemilero–, la foto de la boda con Juana –los dos de negro, serios, yo con mi bigote a lo Stalin, ella guapa, muy guapa; me saca como una cabeza, yo no soy muy alto, bueno la verdad, soy bajo, Matías el Corto me llaman en el pueblo, y además ando como desparramado, por la polio, que de chico tuve que llevar unos hierros en las piernas. Y la Juana me quiso a mí. Con todos los pretendien­tes que tenía:

¿Juani, me quieres?

Cómo eres Matías, no te voy a querer, tonto.

Entierro la cartera al lado, debajo de una retama. Si me cogen, que maten al conejo, no al hombre. Levanto un poco la cabeza. Miro. No les veo. Corro ladera abajo. Tropiezo. Ruedo. ¡Malditas alpargatas! Acabo en el fondo del barranco mirando al cielo, dolorido. Ahora los oigo allá arriba, buscán­dome; intentan ver entre la vegetación que cubre todo el ba­rranco, comienzan a bajar, despacio, al acecho de su presa:

¿Dónde estas, rosso? ¡¡Ya no te escapas!!

Me doy la vuelta para levantarme, y me tropiezo con unos enormes ojos que miran ciegos. Ahora lo noto, un he­dor insano invade todo el barranco. Aquí, a mis pies, yace reventado por la metralla un robusto caballo –de los de tiro, usados para el transporte de obuses–. Parte de sus vísceras cubren el suelo; un gran boquete se abre en su panza hin­chada. El animal está todavía caliente; las moscas zumban como locas ante el festín. Vomito varias veces. Tengo que actuar con rapidez, no pensar. Ellos bajan despacio, con precaución para no caer cuesta abajo. Meto las manos has­ta la náusea, y vacío por completo el vientre del animal. Estoy a punto del desmayo. Introduzco un pie, el otro, un poco más, hasta las rodillas, un poco más… Me hago un ovillo y así, acurrucado dentro de este útero fétido, espero.

Silencio. Alas de muerte han cubierto el cielo. El viento mueve las aulagas y las retamas. Ahora una piedra, dos, tres, varias caen pendiente abajo. Ya vienen, con su cantinela:

- ¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Una bota golpea la cabeza del caballo. Empujo más para adentro. Siento las costillas del percherón cómo se cla­van en mis costillas, apenas respiro.

–¡Sigamos! Aquí no hay quién esté, ¡¡joder qué peste!!

Oigo sus pesadas botas alejarse. Ya esta oscureciendo. Una lechuza grita a las sombras. Otra vez vuelven a mi ca­beza las palabras del capitán: «… el que huye no sabe dón­de acabará».

Relatos

VIII Concurso de cuentos José María Rubio

24 de Noviembre de 2009

PRIMER PREMIO

El sabor de las palabras

Adriana Sánchez Garcés

Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Se­rafín, y a las chicas, como yo, Serafina.

La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.

Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nu­bes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóci­les, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas mo­numentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.

–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.

Y como aquí tenemos mucha templanza y no discuti­mos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Si­deral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comen­zamos a cantar.

¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.

Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.

–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.

–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?

–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le con­testo.

–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?

–Pues… porque es como una noche inmensa cuaja­da de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.

Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa ma­nera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…

Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran vo­ces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.

–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.

–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.

Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál ele­gir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Vo­luptuosidad».

–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?

–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…

¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también te­nía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimi­enta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.

–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.

Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al pa­ladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras descono­cidas que casi no podíamos volar. Cada una era dife­rente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Co­mimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!

Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desco­nocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi ca­beza y la de Serafín…

Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cris­tal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inma­culado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.

¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, in­correcto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!

Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una co­rona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotona­ban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.

Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabética­mente:

«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecí­an… y yo no podía pararlo.

Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.

Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de no­sostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nue­vo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.

Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirar­nos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?

Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…

Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las pala­bras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:

«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»

Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvi­dado…

Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…

De nuevo desaparecieron las palabras y yo me que­dé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y ané­monas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…

–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas vo­ces! Pero, ¿qué dicen?:

–¡Vaya!, ¡es una niña!

–¿Niña?

–Sí, pero espera… también un chico.

–¿Gemelos?

–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!

Relatos

NIEVE

8 de Noviembre de 2009

Si nos acercamos a la casa podemos observar un extraño bulto en el porche junto a la puerta, al pasar por su lado comprobamos que está cubierto por una manta de cuadros rojos que se agita dejando al descubierto un pie de tamaño grande. Al pasar al interior la oleada de calor nos inunda de bienestar a la vez que una extraña sensación nos acoge, miramos en las habitaciones esperando encontrar lo evidente pero sólo nos topamos con una cama abierta y desierta, oímos voces al final de la casa, llegamos a ellas después de recorrer un sinuoso pasillo la más grave está diciendo “No tenias que haber venido, te llamé para decírtelo…” “Estaba en una reunión y supuse que te encontrarías peor” dijo la más fina. “No, me hubiese quedado más tranquila sabiendo que te quedabas a dormir en la ciudad” “¿Y tú aquí sola con este temporal? Tienes unas cosas mamá” “Al menos habrás comido algo” negó con la cabeza al tiempo que se levantaba del asiento “voy a darme un baño” y sale de nuestro campo visual, nos quedamos con la madre que en un momento prepara una ensalada de pollo y deja el plato dentro del microondas, la seguimos por el pasillo “Me voy a la cama” alza la voz a al pasar a la altura de la puerta pero no escuchamos contestación, sólo el ruido del agua al correr y sentimos la tentación de atravesar la puerta pero al imaginar el cuerpo desnudo, relajado en el agua caliente nos lleva en un sobresalto al pie que vimos a la entrada, ahora ya no está visible, nieva copiosamente y el aire que nos azota violentamente ha cubierto la manta de cuadros rojos, le chillamos pero no se mueve, nos atrevemos a tocarle duro y frío como un témpano, nos agachamos lentamente le descubrimos pero ¡Somos nosotros! Chillamos pero sólo se oye una voz cubierta por un albornoz blanco…miramos pero no hay nadie más que ella y yo.

Herminio Gas Marín

Relatos

Gafas

26 de Junio de 2009

No suelo esconderme, pero a veces no me queda mas remedio. Cuando la tensión bloquea mis hombros y hace que el más mínimo movimiento de mis brazos se convierta en un espasmo de dolor, sé que es la hora de cambiar. Entro a una tienda y compro ropa muy distinta a la que suelo usar. Pantalones vaqueros desgastados, tan sucios que parecen recién salidos de una mina de cobre. Camisas chillonas y las gafas de sol más psicodélicas que encuentro. Grandes, que me tapen más allá de mis cejas hasta juntarse con la línea del pelo. Entonces todo resulta un poco más fácil, y eso es sólo el principio. Imagino que la persona que está detrás de esas gafas y mira a través de esos cristales no soy yo, sino como a mí me gustaría ser solo por un instante. Pero puedes alargar ese instante todo lo que quieras. Lo puedes llamar Tu Vida. Puedes incluir a tu futura mujer y a tus futuros hijos en ese instante; pero acuérdate de no quitarte nunca las gafas de sol y los vaqueros desgastados, porque entonces la habrás cagado.

Cuando estoy dentro de ese instante nada parece hacerme daño. Al fin y al cabo, no soy yo. No son mis encías las que sangran llenando mi boca de un sabor metálico. No es mi hígado el que sufre las resacas. No es mi polla la que echa polvos gloriosos a toda mujer que se acerca a mirar mis gafas de sol.

Y no sé por qué es así. La gente se siente más a gusto conmigo, respiran más tranquilos. Las chicas que se sientan a mi lado hablan de las irregularidades de su menstruación como si estuviéramos en la consulta de médico. Me pregunto que dirían si yo les hablara de mis problemas de erección, de mi eyaculación precoz. De mi obsesión compulsiva por los pechos y las nalgas. No es que a mi me pase. No a mí, al menos. Al fin y al cabo yo estoy al otro lado de esos cristales.

Procuro no ver a mis familiares y amigos mientras me encuentro convertido en mi otro yo. Ellos no entenderían, o no querrían entenderlo. Yo desde luego no quiero psicoanalizarme y descubrir porqué disfruto lo que disfruto. Eso sería analizar un orgasmo, y yo sólo quiero correrme. Tantas veces y tan fuerte como pueda. Pero no me entendáis mal. No es nada sexual, o no sólo sexual, al menos. Es un acto tan simple como ponerme unas gafas y decidir qué quiero ver al otro lado del cristal. El otro día caminaba por la calle y un chico delante de mí sacó su último cigarrillo y lanzó el paquete al suelo, y cuando vio que yo lo había visto, se agachó, lo metió en uno de sus bolsillos y siguió caminando. Una docena de metros después lo tiró a una papelera. Porque no sabía discernir si el acto me había gustado o no. Porque no sabía si detrás de mis gafas había alguien más peligroso que él. Y yo no tuve que hacer nada, sólo mirar el paquete. Me encanta ese poder. Ojala mi verdadero yo (o falso yo, llevo tanto tiempo con las gafas puestas que comienzo a no tenerlo claro) pudiera hacerlo. Pero ellos ven en él a un chico tímido y manso, sin rastro de ambigüedad. A veces me da pena ese chico. Nadie lo comprende. Ni el mismo. Ni yo.

Desde luego no su novia o familiares. Se dedican a estar cerca de él, aleteando a su alrededor para denotar su presencia sin apenas interactuar.

El tiempo pasa. Yo viajo cada vez más, cada vez que comienzo a sentir que mis nuevos amigos o mis siempre cambiantes mujeres pueden intuir las arrugas alrededor de mis ojos. Cuando eso pasa, cojo algo de dinero prestado del primer sitio que encuentro, me subo en un avión y me marcho a otro lugar. A veces no es necesario que sea lejos, sino que tan sólo sea otro lugar. Allí hago nuevos amigos y tomo cerveza mientras juego al billar. Me follo a sus amigas o novias y les enseño nuevas posturas que desconocían. Hasta que ellas comienzan a mirarme fijo, a acercarse poco a poco a mi para tratar de ver a través de mis cristales, para ver mi otro yo, a ese que disfruta ahí detrás manejando mis mandos como si yo fuese una videoconsola. Por eso me gustaba darles la vuelta y follarlas a cuatro patas. Porque el único contacto que quiero con ellas es el de sus nalgas rebotando en mis caderas, sus gemidos acompañando mis gemidos, su corazón latiendo con el mío, pero no al unísono.

Cada vez pasa más a menudo. A veces sólo tengo tiempo de echar un par de partidas de billar y a follar un par de veces antes de que esa sensación de sentirme observado me acucie y tenga que escapar.

No sé donde me encuentro ahora, pero tengo que volver. Dejar salir a ese manso que viste polos y pantalones de pinzas, darle la mano y dejar que me guíe a casa. Si es que existe algún sitio que pueda llamar hogar.

Intento quitarme las gafas, pero hacen resistencia. Parece que las arrugas de mis ojos se hubieran enroscado en la montura para no dejarlas marchar. Siento el vacío dentro de los cristales. Lo intento con las dos manos y consigo separarlas un poco, pero me duele. Descanso unos momentos y decido tirar con más fuerza, hasta que las ampollas que se formen en mis dedos sangren y exploten.

No puedo llevar más estas gafas. No quiero.

Tiro y hago fuerza con mis brazos, sintiendo la conocida presión en los omoplatos. Se separan un poco. Tiro más fuerte, ignorando el dolor, diciéndome que dentro de poco podré volver a esa casa que tanto odié donde nadie me quería realmente. Ni siquiera yo. Un poco más. Más dolor, más fuerte. Ya las siento casi separadas de mi piel, así como los pequeños regueros de sangre resbalando por mis mejillas.

El tirón final. Y lo consigo.

Caigo al suelo ahogado de dolor, mezclando la sangre con mi sudor y mis lágrimas. No veo nada. Todo está negro. No veo las gafas de sol tiradas en la acera a un par de metros de mí, pero sí distingo los gritos de los niños que se han dado cuenta que mis ojos han quedado pegados a los cristales. Y entonces lo comprendo. No son mis ojos, ya no. Son los ojos de las gafas. Y ni yo ni el chico de los pantalones de pinzas (o quizá seamos el mismo, no lo sé) podremos usarlos más.

Paso una temporada en un hospital de una ciudad desconocida. Me han informado de su nombre y su localización, pero no quiero saberlo. Ahora sólo oigo un idioma que no entiendo y toco mis sábanas y mi mesilla de noche.

Nunca he sido tan feliz.

Santiago Pajares.

24 de julio de 2007. Avión Madrid- Copenhague.

Relatos

La librería de los encantos

6 de Junio de 2009

La historia que voy a contaros ocurrió al poco tiempo de mi decimosexto cumpleaños. Aconteció en la librería de mi padre, famosa en toda Madrid por la cantidad de libros antiguos y modernos que puedes encontrar en ella; además esta historia le concedió una gran reputación como librería. Todo sucedió así:

Una calurosa mañana del 10 de agosto de 2004, mi padre estaba atendiendo a los clientes que entraban en la librería, siempre desde su mesa del ordenador donde tenía guardados casi todos los nombres de los libros que había en ella; de los que no sabía el nombre eran, en la mayoría de los casos, los libros o manuscritos antiguos. Yo lo que hacía era pasearme por la tienda y admirarla, además de vigilar los libros, porque no me fiaba de nadie; justo esta cualidad me sirvió de mucho ese día.

Eran ya las doce y media de la mañana cuando un hombre con chaqueta gris, amplio sombrero y aspecto poco fiable entró en la tienda. Saludó cortésmente a mi padre y se adentró en los pasillos de la librería. Le seguí. Desde el primer momento que le vi mi sexto sentido me dijo que aquel hombre no traía buenas intenciones, no sabía el porqué, pero me daba esa sensación.

El hombre se paseó durante mucho rato por la librería, se paraba delante de las estanterías y miraba los libros. Parecía buscar algo. Después de recorrerse la mitad de la librería, se paró súbitamente delante de una estantería vieja y carcomida. Recordé entonces que en esa estantería mi padre guardaba los libros más antiguos que poseía, pero que no tenían mucho valor por estar rotos, estar llenos de polvo y ser muchos de ellos casi ininteligibles. El hombre cogió uno de los libros y lo examinó. El libro era grueso y tenía la pasta rota. Se veía de lejos su pobre encuadernación y además que debía de llevar mucho tiempo olvidado porque tenía hasta telarañas. Entonces me fijé en el hombre y observé que se le desdibujaba una sonrisa en la cara, como de haber encontrado lo deseado. Yo, que estaba escondido detrás de una de las estanterías, me pregunté por qué habría esbozado esa sonrisa. Pero entonces, sin querer, me apoyé en la estantería donde me encontraba y ésta crujió. El hombre lo oyó y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Fue en ese momento cuando me vio. Rápidamente dejó el libro en su sitio y salió de allí, se dirigió hacia la salida y se marchó de la librería sin decir adiós. Esa conducta me pareció muy extraña y sospechosa.

Aquella tarde, cuando habíamos cerrado la librería, mi padre y yo fuimos a ver el correo. Entre las cartas que había encontramos una enviada por el director del banco. Decía lo siguiente:

Estimado señor Matías:

Se le hace saber que en el plazo de una semana deberá pagar las deudas atrasadas que ha ido acumulando. Le recordamos que esas deudas ascienden a 10.000 euros, y que si en ese plazo no ha saldado sus cuentas, le embargaremos la librería con todos sus libros.

Queda muy reconocido: Don Arturo García López, director-gerente.

Me quedé de piedra. Miré a mi padre y éste a mí. Nos quedamos así durante un buen rato, como recapacitando en lo que habíamos leído, pensando en las consecuencias que eso llevaría. Después de un rato de silencio decidí hablar:

- Bueno, habrá que conseguir ese dinero, ¿no papá?

- Así es hijo – respondió él.

- Pero – dije dubitativo -, ¿cómo has llegado a acumular tanto dinero a deber, papá?

- Créditos, hijo mío, créditos – contestó él.

- Entiendo, has pedido créditos al banco para mantener la librería, pero como administras tan bien tus ganancias te has quedado sin dinero suficiente para saldar la deuda. ¡Eres un buen hombre de negocios, papá!.

- Calla, hijo – respondió él con poco ánimo -, no te rías de mi desgraciada capacidad para administrar el dinero, imagínate si esto hubiera sido en una gran empresa.

- Lo sé, pero lo que está en juego es nuestra librería, y es lo único que tenemos para alimentarnos y subsistir. Si la perdemos, será la ruina para nosotros, tendremos que buscarnos otro trabajo y yo tendré que dejar mis estudios de música, porque las escuelas no son baratas. Además, sabes que no soy buen estudiante y aparte de la librería, que es lo que más me gusta, no me veo haciendo otra cosa.

- Lo entiendo – contestó él -, pero  no somos ricos y no tenemos ese dinero, ¿de dónde lo vamos a sacar?

- No sé, ¿ por qué no le pides ayuda a los abuelos? – pregunté yo.

- Podría ser buena idea – respondió él -, pero no nos la darían, ya sabes que no tenemos buenas relaciones con ellos.

- Pues no tengo más ideas papá, será mejor esperar y buscar alguna solución más precisa cuando estemos más calmados.

- Tienes razón, hijo – contestó él -, nos estamos precipitando, tenemos una semana, ya se nos ocurrirá algo.

Diciendo esto me abrazó. En ese abrazo noté la ansiedad y el miedo de mi padre a perder la librería. Noté sus temores, que no eran pocos, y sus nervios, ya que le temblaba todo el cuerpo. Nos encontrábamos en una situación muy seria.

Al día siguiente abrimos la librería como cualquier día corriente y empezamos a atender a las personas que iban entrando. Aquel día me sorprendió notablemente la cantidad de libros que vendimos,  mi padre me dijo que eso era un buen presagio, aunque notara la inquietud en su rostro.

Dos horas más tarde, cuando estaba colocando la nueva remesa de libros que nos habían enviado, entró en la tienda el mismo hombre que el otro día había seguido con cautela y me despertó tanto misterio y desconfianza. Desde una de las estanterías observé todos sus movimientos por si las moscas. Esta vez no saludó a mi padre y se dirigió con paso rápido a la estantería de libros antiguos. Iba a seguirle cuando en ese mismo instante me llamó mi padre para que atendiera a uno de los clientes. Yo protesté pero él ni se inmutó y me dijo que lo hiciera. Por no desobedecerle atendí al cliente, que por suerte sólo quería un ejemplar de Robinson Crusoe. Inmediatamente fui a la estantería de libros antiguos y busqué al hombre que tanto me inquietaba. Cuando me dirigía hacia allá le vi salir sigilosamente de la librería. Me temí lo peor y rápidamente le seguí. Desde lejos observaba sus movimientos sin que me viera. De repente se paró en una esquina y extrajo algo de su chaqueta. Era el libro. Mis temores se habían hecho realidad, ese hombre era un ladrón. Sin pensarlo un instante grité:

- Al ladrón.

El hombre lo oyó y empezó a correr. Iniciamos una persecución frenética por las calles de Madrid que duró más de diez minutos. Él corría muy veloz pero yo le mantenía la distancia. Cuando pasábamos junto a la gente nos miraban con extrañeza como si estuviéramos echando una carrera para ver quien era más rápido. En el momento en que empezaba a cansarme, la suerte quiso que el hombre tropezara y se le cayera el libro, de manera que cuando fue a recogerlo ya casi le estaba alcanzando. Entonces maldijo en voz alta y salió huyendo de allí mientras yo recuperaba el libro que nos habían intentando robar. Sin pensarlo miré el libro, que era de gran tamaño. Carecía de título y empezaba con las palabras HIC incipit. Algunas letras estaban borrosas pero aún así se podían leer palabras escritas en castellano muy antiguo. Entonces miré en las hojas interiores del libro para comprobar si estaba igual de deteriorado que la primera hoja. Entre las hojas encontré muchos escritos medio borrados y dibujos realizados a mano. Me fijé en los dibujos, eran viejos y representaban a la imprenta de Gutenberg tal como la fabricó él. Una terrible sospecha empezó a nacer en mi interior. Inmediatamente busqué alguna fecha para confirmar mi suposición. Tras buscar con ahinco encontré lo apetecido. Entre las líneas de un texto desfigurado pude traducir lo siguiente: … cuarenta años antes el maestro Gutenberg había inventado la máquina milagrosa, el mundo cambió por esto … . Me quedé sin habla, mi sospecha se había cumplido, aquel libro estaba impreso en 1480, cuarenta años después de invertarse la imprenta. Aquel libro que tenía en mis manos, aunque yo no me lo creyera, era ni más ni menos que un INCUNABLE.

Sin pensármelo dos veces corrí de nuevo a la librería para contárselo todo a mi padre. Tras decírselo se quedó sin habla y me respondió que lo mejor era avisar a la policía. Yo contesté que no hacia falta, pero insistió en que en un intento de robo siempre hay que dar parte a la policía. Me resigné y le acompañé a la comisaría.

Ya en ella pedimos hablar con el comisario, que además era un antiguo compañero de colegio de mi padre. Nos dijeron que esperásemos en la sala de estar. A los pocos minutos un hombre menudo, con barba y gafas nos recibió. Él y mi padre se estrecharon la mano y entonces supe que ese hombre era el comisario. Pasamos a un despacho amplio y bien decorado, de lo que supuse que sería el del comisario. Se sentó en un mullido sillón colocado junto a una mesa grande y llena de papeles. Entre los cuadros que decoraban la sala había también muchos diplomas y fotos del comisario. Mi padre decidió empezar a hablar:

- Bueno Manolo, parece que te van bien las cosas.

- Ya ves, Matías – respondió el comisario -, cuando uno es reconocido como el mejor policía de la ciudad las cosas pintan muy bien.

- Lo sé – contestó mi padre -. Ya he visto tu diploma en la pared al entrar. Detuviste a un terrorista y te ascendieron, me acuerdo por los periódicos.

- Tienes buena memoria Matías, pero me parece que no has venido a hablar de esto precisamente.

- Así es – respondió mi padre -. He venido por asuntos bien diferentes. Han intentado robar en nuestra librería esta mañana.

- ¡Qué me dices! – exclamó el comisario.

- Que han intentado robarnos un libro esta mañana.

- ¿ Un libro? ¿ Qué tipo de libro? – preguntó de nuevo el comisario.

- Este libro – dijo mi padre, y se lo entregó.

Entonces decidí hablar:

- ¿ Sabe usted lo que es un incunable?

- Claro – contestó él.

- Pues creemos que este libro es un incunable.

El comisario se me quedó mirando con cara de haber estado escuchando a un chino. Entonces cogí aliento y le conté mi historia.

Después de contársela empezó a reírse y exclamó.

- ¡ Pero Matías, este libro puede ser de gran valor, deberías mandar que lo examinen! Es muy probable que consigas un beneficio económico.

Mi cabeza empezó a calibrar tal idea, entonces sin saber por qué grité. Grité de contento y grité por la suerte que habíamos tenido al encontrar ese libro, mi alegría no tenía fin. En pocos días el comisario nos puso en contacto con la Biblioteca Nacional para que examinaran el libro. Tras comprobar que se trataba de un incunable comenzamos la negociación. Tuvimos la suerte de que nos ofrecieran los 10.000 euros que pedíamos por él, aunque al encontrarse el libro en mal estado querían pagarnos menos. Finalmente nos entregaron el dinero y conseguimos salvar la librería, por fin la librería volvía a respirar tranquilidad y entusiasmo, y es que además adquirió gran importancia ya que durante los siguientes años donamos muchos más libros  de nuestra gran colección.

1er Premio del II concurso de cuentos del IES “Las Canteras”. Sección de Collado Mediano.

Alfonso Herreros Cabello

14 años, 2º ESO.

Relatos

VII Concurso de cuentos José María Rubio

21 de Mayo de 2009

Relato ganador

BENDITA INAUGURACIÓN

Que no, que no habíamos votado a la nueva corporación municipal para que con nuestros impuestos repararan la techumbre de la Iglesia, que no, que ya era hora de incorporarse  a los nuevos tiempos. Que en el pueblo también queríamos participar de las últimas tendencias, ya saben: el Relativismo, el Existencialismo, el Materialismo, pero sobre todo el Nihilismo. Deseábamos tener una localidad nihilista, muy nihilista, nihilista del todo. Aunque, ¿cómo conseguirlo? Muy fácil. Para nosotros el Nihilismo consistía en abandonar el tejado de la Iglesia a su suerte, e invertir en una nueva discoteca, una macrodiscoteca, en la que cada noche nos pudiéramos reunir a bailar, tomar una copa o simplemente a charlar sobre la deriva filosófica de Occidente.

Dicho y hecho, pues siendo la voluntad del electorado, y a pesar del voto en contra de la oposición, se iniciaron las obras de la macrodiscoteca municipal, mientras el artesonado de la nave central de la Iglesia se carcomía en un crujido agonizante, y las cuatro beatas que aún acudían a misa se quejaban de que las goteras les empapaban los padrenuestros y el frío les helaba las avemarías. Entre ellas, se encontraba la madre del alcalde, que desde el día de las elecciones no se hablaba con su hijo.

En un año la discoteca estaba terminada. A la inauguración asistió el ayuntamiento en pleno, así como la mayor parte de los habitantes del pueblo. El edificio era soberbio, de verdad. Mostraba un aspecto, cómo diría yo, entre  minimalista y jaitek, no sé. Quizá algo frío, vale, pero con ese aire de vacío nihilista postmoderno que tanto habíamos anhelado.

Uno a uno salieron a la pista de baile las máximas autoridades ante un atril improvisado para la ocasión. Los discursos se prolongaron tediosamente y cuando ya se oía algún ronquido entre el público, acomodado en los sillones de escai, nos sobresaltó un estruendo en el exterior, como si la tierra se hubiera abierto en dos, como si un trueno apocalíptico hubiera descendido del mismísimo cielo. Nos miramos aterrados, y a punto estuvimos de correr despavoridos, si no llega a ser porque al poco vimos al párroco avanzando por el pasillo con el pelo cubierto de yeso, la sotana hecha jirones y una biblia empolvada bajo el brazo, seguido de la madre del alcalde y otras feligresas sacudiéndose los hombros y las faldas. A grandes zancadas se acercó a la pista de baile, desplazó a un lado al concejal con tan sólo una mirada y, colocando las Sagradas Escrituras sobre el atril, sin explicación alguna, continuó la lectura del Evangelio según San Marcos, ahí donde el derrumbe la había detenido. Las fieles, a falta de sitio para sentarse en los sofás, se acomodaron en unos incómodos pufs de neopreno. Un monaguillo, el hijo del churrero, con una astilla aún enredada en el flequillo, se colocó junto al sacerdote cuando éste ya llevaba un buen rato leyendo.

Tras la Lectura vino la Homilía y acto seguido el resto de la celebración. Y miren ustedes, yo no sabría explicar lo que ocurrió, pero de allí no salió un alma, palabra. Nos quedamos todos extasiados siguiendo la misa, y hasta hubo gente que se lanzó a cantar el qué alegría cuando me dijeron. Luego, apenas terminada la ceremonia, el hijo del churrero hizo sonar la campanilla que había podido rescatar del desastre y extendió al párroco un incensario. Éste lo agitó enérgicamente y bendijo por igual a beatos y a nihilistas.

Así concluyó la inauguración de la macrodiscoteca. A partir de ese día, se habilitó también como parroquia, y de la bola de espejitos que pende del techo de la pista, se ha colocado un gancho del que cuelga un crucifijo metálico de quita y pon, que se pliega por los brazos y se esconde en el armario que hay junto a la barra; el altar se improvisa con dos mesas juntas cubiertas por unas faldas de vainicas y el guardarropa hace las funciones de confesionario.

Parece que todos estamos contentos, y hasta la madre del alcalde se ha reconciliado con su hijo. Por mi parte, debo señalar que entrar en una discoteca nihilista que huele a incienso me parece una experiencia única, de verdad, casi mística.  Si Nietzsche viviera, le invitaría a mi pueblo a conocerla.

Palabra.

Silvia Corella Pla

Relatos

Desequilibrio

15 de Marzo de 2009
Triste Saayi está contento. Sus compañeros alegran su viaje.¿Quién
sabe? Quizás se arriesgue a conocer más gente.Un día hermoso, de tenue
sol acaramelado y dulce brisa a la alborada entran en un pueblo. Con
las primeras luces todo el mundo sale a sus quehaceres. Las calles
despiertan. El ruido de trajín diario conforma un apetecible
paisaje.Caminan por las calles serpenteantes, caóticas, extrañas y, sin
embargo, confortables. Aquí y allá se abre una puerta. Triste Saayi
vislumbra un patio florido. La brisa empuja los aromas al exterior. Te
arrullan. Te convencen. Te atraen al interior.Triste Saayi se sacude el
embrujo con un suspiro. De pronto se detiene. Percibe algo mucho tiempo
olvidado.Se siente en casa. El Hombre Desesperado marcha pegado a
Triste Saayi. No quiere mirar. No quiere sentir. Siente que está en
casa. El Caminante, ajeno a todo, disfruta del viaje. No sabe como
repartir su atención. Nada escapa a su mirada. Un poco de humanida,
para variar. Llegan a una plaza. En el centro, una fuente. El agua
repiquetea en el vaso que la soporta. El sonido es alentador, hermoso.
Junto a la fuente una niña llora. La plaza está abarrotada. Llena de
vida. Llena de gente. Demasiada gente. Sólo el Caminante parece
percibir el llanto desconsolado. Se acerca a la niña y toca levemente
su hombro. El oleaje de dos profundos mares le desconcierta. ¿Por qué
lloras? La niña se enjuaga las lágrimas con sus manos embadurnadas. Mis
padres ya no me quieren. Nació mi hermano y ahora le dedican toda su
atención. Ya nada importa. Manché mis manos con barro. Perdí mi muñeca
favorita. Ensucié el hermoso vestido que me regaló mi abuela, pero mi
madre no está aquí para regañarme. Ahora el Caminante está sorprendido.
No te entiendo, pequeña. ¿Añoras la regañina? Añora a su madre
-interviene Triste Saayi-. No importa para qué. Tan solo quiere la
atención que antes recibía. La niña no se atreve a mirar a Triste
Saayi. La verdad a veces deslumbra. No debes preocuparte, querida
-prosigue Triste Saayi-. Tuviste durante un tiempo ese amor que ahora
tiene tu hermano. Pronto volverá. Mientras te falte la atención de tu
madre no tendrás equilibrio. Cuando regrese, todo volverá a su lugar.
La niña alza la mirada tímidamente. Ahora fija su atención en el rostro
impenetrable de Triste Saayi. ¿Está seguro? La vida es una búsqueda del
equilibrio. Cuando nos falta estamos perdidos, huérfanos. Como esta
niña. Como tú que me estás leyendo. Como yo. Mas te aseguro que, tarde
o temprano, el desequilibro desaparecerá y la felicidad llenará tu
vida. ¿De verdad? -pregunta el Hombre Desesperado. De verdad, no. Todos
quedan quietos. nadie se mueve en la plaza. El mismo aire parece pesar
sobre las cabezas de los que allí se hallan. Ninguna mirada se despega
de los intemporales ojos de Triste Saayi. La niña abre la boca
inconscientemente. A veces -continúa Triste Saayi- ocurre que no se
puede tenerlo todo. La actividad es retomada al unísiono por todos.
Algo ha cambiado. La voz de Triste Saayi, como un suspiro, recorre la
plaza. Nadie se atreve a levantar la vista de su labor. La verdad
siempre duele.

Eduardo Juárez Valero

Relatos