Tercer concurso Literario Instituto de Collado Mediano
RELATO PREMIADO PRIMER CICLO
No hace falta tener súper poderes para ser un súper héroe
Una tarde de verano, Karthus, un hombre de treinta y dos años, unos 70 Kg, metro ochenta de altura y licenciado en medicina forense, se dirigía a su casa por un camino estrecho.
Karthus era soltero, vivía con un lobo hembra llamado Deswolf como mascota. Ésta tenía el pelo gris y una dentadura extremadamente poderosa con dientes blancos como la nieve.
Vivía en un pueblo de Escocia, cuyo nombre desconocía, ya que se acababa de mudar. Esa misma tarde Karthus se acercó a la oficina de correos para entregar una carta a sus padres por su cómoda llegada.
-Hola, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo amablemente el dependiente.
-Hola. Quería enviar esta carta y como no he encontrado un buzón fuera, vengo a entregársela a usted- el dependiente extendió la mano, y Karthus le entregó la carta.
-¿Me puede decir su nombre por favor? Es que están haciendo una recopilación de cuántas cartas se entregan, que con esto de las nuevas tecnologías…
-Yo soy pésimo en las nuevas tecnologías, por eso utilizo los métodos antiguos –y seguidamente soltó una carcajada-. Mi nombre es Karthus de Castro.
-No sé porque, pero me suena ese nombre…¡Ah, pues claro! Me ha venido de perlas que viniese aquí. Hace media hora escasa ha llegado un paquete para usted.
Karthus se quedó asombrado. Casi nunca había recibido un paquete por correos, y se sorprendió por su tamaño y su sonido.
-Pues muchas gracias. ¡Hasta otra!
-Adiós -respondió ranciamente el cartero.
Tras ese hecho, Karthus salió de la oficina, con su paquete, y se dirigió hacia su casa, a dos manzanas de allí. Justo antes de llegar al portal, un vecino tuvo el buen gesto de darle la bienvenida.
-Hola. Me llamo Julián, ¿y tú?
-Hola. Me llamo Karthus. Soy nuevo por aquí –respondió.
-Ah. Ya decía yo que no me sonaba para nada tu cara. Veo que has recibido nuestro paquete.
-¿Vuestro paquete?
-Exacto. De una Asociación contra un nuevo virus descubierto. Hay una carta del Coronel Miller. Léela. También hay unas botellas, así que ten cuidado al abrirlo. El coronel te hace una propuesta para que vengas con nosotros a salvarles, ya que eres médico.
Karthus se quedó confuso. Miró desconcertadamente a Julián, y preguntó:
-Pero, ¿por qué a mí? ¿No había otro médico en todo el mundo más apto para esta tarea?
-Estuvimos estudiando tu historial. Y además de ser un medico licenciado en medicina y con un máster, tienes coraje y eres valiente. Eso es todo lo que queremos -explicó Julián.
-Pero… -iba a preguntar una duda a Julián, pero éste le interrumpió.
-Piénsate la propuesta cuando leas la carta del Coronel, y vendré a buscarte dentro de una semana para ver si aceptas. Recuerda que te necesitamos. ¡Adiós!
-Hasta el jueves -dijo Karthus.
Cuando se despidió de Julián, no sabía si dar saltos de alegría o romper a llorar. Él era una de esas personas que no sabe negarse a nada, por mucho que odie lo que le piden. Entró en su casa y no sabía qué hacer. ¿Abrir el paquete, abrirlo más tarde? Estaba totalmente desconcertado.
Después de unos quince minutos reflexionando, llegó a la conclusión de que no aguantaba más, que tenía que abrir esa maldita caja.
En la caja había muchos papeles de envoltorio y dos botellas de dos litros cada una, metidas en una especie de vitrina de cristal con un cartel que ponía: “frágil”. Dentro también había un sobre amarillo bien cerrado con varias solapas. Karthus abrió el sobre, y empezó a leer:
Washington, D.C. EE.UU. Miércoles 17 de Abril de 1974
Querido Karthus de Castro:
Hace exactamente 12 semanas, decidí irme en un Safari por la zona de sur América. Todo era precioso: árboles con más de cincuenta metros de altura, fauna y vegetación preciosa, ríos como el Amazonas con un cauce tremendo, etc. Todo, absolutamente todo, era precioso, menos sus tribus. Un habitante de la tribu de los masáis nos atacó. Tenía unos rasgos muy extraños, y decidimos cogerle una muestra de sangre. Mediante ese especie de análisis, los médicos llegaron a la conclusión de que un nuevo virus estaba atacando al bosque del Amazonas y a sus tribus. Una empresa de laboratorios ha elaborado un antídoto, pero ninguno de ellos tiene el suficiente coraje como para presentarse allí y inyectárselo a los infectados. Los últimos días hemos estado estudiando tu Curryculum y me pareces el hombre adecuado para realizar esta tarea. Creo que ya habrás conocido a Julián. Él te acompañará, junto con mi equipo de exploración, a sur América y te ayudará en todo lo que necesites, si decides aceptar esta propuesta. También recibirás una especie de “sueldo” por realizar esta misión. Estamos hablando de un millón y medio de euros. Te doy una semana para pensártelo. Si rechazas, devuelve estas botellas a Julián, por favor.
Posdata: para cualquier duda, te doy mi número de móvil: (212) 324-4152.
Un saludo,
Coronel Miller.
Karthus terminó de leer la carta, la metió en el sobre y la depositó sobre la mesa. No tenía muy seguro si iba a aceptar la propuesta. Su mente estaba totalmente descontrolada. No sabía lo que hacer. Si aceptaba la apuesta y lo conseguía, le tomarían como un héroe y el dinero era suficiente como para dejar el laboratorio. Pero si la aceptaba y no salía como estaba previsto y fallecía, no encontraría jamás a su esposa ideal. Tenía tal revoltijo en la cabeza que ni él mismo sabía lo que pasaba ahora mismo por su propia mente.
Pasaron ya tres días con la misma rutina: ir a comprar, ir a por una película al videoclub, desembalar la mudanza, sentarse a ver la película con Deswolf, cocinar y dormir. Karthus era un experto cocinero, pero ya había perdido la mayoría de sus dotes. Había visto dos o tres veces a Julián, pero tenía tanta vergüenza que no se atrevía a decirle nada. Karthus meditó a fondo el tema, y creía que iba a aceptar, porque su vida era un aburrimiento. Al menos un poco de marcha la animaría.
La tercera noche Karthus tuvo un sueño. Soñó que se encontraba con un águila que le proponía ir a Sudamérica a ver lo que pasaba allí. El águila le llevó volando hasta Sudamérica y el observó con sus propios ojos, o con su propia mente, mejor dicho, lo que pasaba. Las tribus se estaban extinguiendo por culpa de esa enfermedad. Ese sueño le ayudó a ver qué estaba pasando en ese sitio, y le dio el empujón que le faltaba para coger el teléfono y marcar el número del Coronel Miller que le había dejado en la carta y hablar con él.
Al día siguiente, Karthus llamó al número del Coronel Miller, dispuesto a aceptar la propuesta:
-¿Sí, dígame? -preguntó el Coronel.
-Hola, soy Karthus. -Dijo temblando-. Te llamaba para aceptar la propuesta.
-¿En serio? -gritó el Coronel sorprendido.
-Totalmente. ¿Qué vuelo cojo para ir allí?
-Ninguno. Estate en el aeropuerto el sábado veintisiete a las ocho horas de la
mañana, y te recogeré con un avión privado con la carcasa verde y de unos
cincuenta y cinco metros de largo, en la pista suroeste. Adiós.
-Vale, hasta entonces.
A Karthus se le estaba pasando muy lenta la semana, porque no sabía si había
tomado la decisión correcta. Estuvo a punto de marcar el teléfono del Coronel Miller
varias veces, pero no tuvo el valor suficiente. Estuvo toda la semana sin salir de
casa, acariciando a su mascota y comiendo comida congelada que ya había
comprado varios días antes. Los próximos días estuvo haciendo lo mismo que los
anteriores, excepto el viernes. La noche del viernes no pegó ojo. Sabía que tenía
que dormir bien para el duro día de mañana, pero también sabía que no lo iba a
conseguir. Estuvo reflexionando sobre lo que iba a pasar, y decidió no decir nada a
sus padres. Al final, se durmió.
Al día siguiente Karthus entró en el aeropuerto a las 7:30, tardando media hora, en un
taxi, desde que salió de su casa. Había tenido un par de problemas con lo del avión
privado y con llevar a Deswolf, pero la recepcionista, prima del coronel, se lo había
solucionado todo. Se encontraba en una sala él solo, ya que el avión era únicamente
para él.
Karthus intentó distraerse jugando al tetris en el móvil, pero no lo consiguió. Faltaban
unos quince minutos para su embarcación, cuando vio aparecer a lo lejos una persona
que conocía. Estuvo pensando un par de segundos y… ¡Claro! Era Julián, que le había
llamado un par de días antes para decirle que iba con él en el avión privado que le había
asignado el coronel Miller.
-Hola -saludó Karthus, con una cara de sorprendido que Julián notó.
-Hola. Que, ¿te habías olvidado de que venía?
-Mmm… Sí.
-Bueno, no pasa nada -respondió.
-El avión viene en diez minutos, ¿no?
-Bueno, siete exactamente, jajá -respondió Julián intentando ser gracioso.
Cogieron el avión, y Karthus se bajó el sombrero y se echó una siesta.
- Karthus. Despiértate, ya hemos llegado a Río de Janeiro.
Karthus bostezó y acto seguido se bajo del avión para coger su equipaje y dirigirse a su
hotel en un coche que le proporcionó Julián. Como tardarían unas 3 horas en llegar a su
apartamento y era tarde, decidieron pagar un hotel a Karthus a una hora de aquí y al día
siguiente, ya descansado, partirían hacia el apartamento y la visita al coronel.
Llegaron al motel y Karthus entró en su habitación. Se quedó asombrado, ya que, solo
siendo un motel, era una habitación de cinco estrellas: tres habitaciones, dos baños, una
cama de matrimonio y todo tipo de lujos en paredes, lavabos, váteres, cortinas, etc.
Ni siquiera se molestó en deshacer la maleta. Cogió una bolsa en la que metió la ropa de
hoy, se duchó, acomodó a Deswolf en una especie de cesta enorme y se puso el pijama.
Karthus tenía muy claro que, por segunda vez en dos días, le iba a costar dormirse.
Intentó leer pero todo le recordaba a el viaje que acababa de realizar. ¿Había hecho lo
correcto?¿Había tomado una decisión poco recomendable? Apagó la luz y media hora
después se durmió, porque estaba totalmente “muerto”.
Ring, Ring. Sonó el teléfono de la habitación. Karthus se incorporó y cogió el teléfono.
-¿Diga? – preguntó con voz ronca.
-Hola, soy Julián. Siento despertarte pero debemos partir ya. En media hora estate en el
hall. Recoge la habitación y deja la llave en recepción. ¡Adiós!- tiiiiiii, colgó el teléfono.
No le daba tiempo a ducharse. Despertó a Deswolf, se vistió, recogió todo, se metió la
llave en el bolsillo y salió por la puerta de la habitación
Sin palabra alguna, dejó la llave en recepción, cogió a Deswolf en brazos y se metió en
el coche. No se lo esperaba, pero reconoció, por la manera de vestir como en el ejército,
al coronel Miller. No saludó, porque estaba cansado, y se echó otra siesta.
Llegó al apartamento que le tenían preparado. Se quedó unos minutos mirando a la puerta, junto al coronel, cuando Julián vino con la llave. Se subió a la planta de arriba y el coronel le acompañó.
-Hola -le dijo el coronel, extendiéndole la mano.
-Hola -le devolvió el gesto.
-Bueno, te explico: esta va a ser tu casa durante estos siete días que vas a estar aquí. Vas a encargarte, a base de extraer muestras de sujetos que hemos atrapado, de saber qué les pasa a estos sudamericanos. Si no lo consigues, no pasa nada, pero no te daremos todo el sueldo. Si no logras conseguirlo y no tienes ningún daño grave ocasionado, te daremos solo un 50% de lo acordado, que te recuerdo que son 1.500.000 €, así que si no lo consigues solo obtendrás 750.000 €. Si no lo consigues y tienes algún daño grave ocasionado, te daremos un 70%, es decir, hablamos de 1.050.000 €, y si en el intento falleces o tienes daños realmente graves, que esperemos que no, hablaremos de dar a tus seres queridos un 130% del sueldo acordado, así que obtendrás 1.950.000 €. Mañana te llamaré a las diez de la mañana para ir a nuestro laboratorio, apenas a media hora de aquí. ¿Tienes alguna pregunta? -dijo, mientras acariciaba el cogote de Deswolf.
-No, gracias. ¡Hasta mañana!
Claro que tenía alguna pregunta. Tenía miles de preguntas, pero, como estaba cansado, decidió despejar sus dudas otro día que tuviera el 120% de su cerebro en acción. Subió a la habitación y deshizo a la maleta. Como no llevaba demasiado equipaje, tardó tan solo veinte minutos cortos en vaciar todo el material y meterlo en armarios, cajones, mini bares, etc.
A la mañana Miller llamó, pero esta vez no pillo a Karthus desprevenido. Ya estaba preparado y estaba dispuesto ya para bajar a desayunar. Miller le explicó todo lo previsto y el informe que habían hecho ya anteriores médicos mientras tomaban un delicioso café y un par de sobaos típicos de por allí.
-Bueno, pues eso es todo lo que tenemos hasta ahora, pero estoy seguro que tú nos conseguirás todo cuanto tengamos que saber, y también conseguirás salvar a toda esta población envenenada.
-¡Eso espero! -dijo Karthus, con un tono que demostraba que había descansado y estaba listo y con todo el cerebro dispuesto a investigar.
Tardaron, como había deducido el coronel, media hora en llegar a un edificio en forma de pirámide hexagonal con muchas ventanas sin alféizar y cristales tintados en ellas. Era un edificio que transmitía modernidad.
-Bueno, pues ya hemos llegado -dijo el coronel, cuando estaba metiendo su tarjeta y un escáner de su ojo en la puerta del laboratorio-. ¡Miguel! Éste es el médico que hemos contratado – dijo mientras me señalaba- y, por lo que me han dicho, tiene bastantes conocimientos forenses.
-Estupendo -dijo una persona, que por las deducciones tomadas, era Miguel-. A ver, éstos son los especímenes que hemos atrapado. Como eran extremadamente violentos, les hemos inyectado una dosis bastante potente de anestesia. Toma, ponte esta bata y te vienes conmigo a observar un espécimen recién atrapado.
Se dirigieron a una cámara en el que había un sujeto con el cuerpo rojo y no parecía para nada un humano. Tenía aspecto de andar curvado y se le había caído todo el pelo del cuerpo.
-A ver. ¿Tenéis todos los instrumentos que hay hoy en día en los laboratorios antropológicos forenses de Estados Unidos?
-Por supuesto. Este edificio es una copia exacta de un edificio forense del FBI.
-Vale, pues necesito saber la causa de la muerte.
-No la tenemos muy clara, pero no tiene lesiones en ninguna parte del cuerpo, por lo que no tiene pinta de ser un asesinato. No sabemos qué podría haberle matado.
-Vale. Este sujeto es de la tribu de los masáis por la forma de los tatuajes en la espalda, y lo más seguro es que haya muerto envenenado. Quiero que me proporcionéis una tabla con las últimas sustancias que ha ingerido el sujeto, aunque será difícil, ya que es una tribu y fabrica sus alimentos con materias primas sin saber si están envenenadas o no. Quiero que me llevéis al lugar donde le encontrasteis.
-Está a doscientos metros de aquí, así que iremos andando.
Fueron al lugar de la muerte. Era un paisaje donde había restos de casas en los árboles, montañas de poca altura, todo tipo de árboles de mucha altura y un lago con el agua azul realmente vivo.
-Voy a coger una muestra de corteza del árbol, ya que tiene un color demasiado verde y una muestra de agua del lago, y me la llevaré al laboratorio -.Sacó un tubo de diez milímetros de capacidad y cogió una muestra del agua del lago. Acto seguido sacó una navaja multiusos y cortó un trozo de corteza de árbol.
Volvieron al laboratorio y colocaron la corteza de árbol en un microscopio y la muestra de agua en otro. Primero Karthus miró la corteza de árbol. Estuvo casi media hora analizando todas las salidas posibles, pero no encontró nada. Después miró la muestra de agua, y notó algo raro pero no sabía que era.
-¡Miguel! Ven un momento por favor.
-Dime -dijo mientras se acercaba.
-¿Esto es normal?
-Mmm… ¡No! Tiene un 25% de oxígeno, un 50% de hidrógeno y esto es… Un 25% de veneno tóxico que acelera el ritmo cardiaco de las personas y afecta al sistema nervioso, provoca la pérdida de cabello y en esta cantidad…¡Es capaz de matar todo el mundo que la beba!
-¡Pues claro! Este veneno es provocado por demasiado dióxido de carbono, y han establecido una ruta de transporte justo al lado del lago hace dos meses. ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller! ¡Coronel Miller! ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller!
-¿Lo habéis resuelto? -dijo el coronel con voz de fatigado, ya que acababa de recorrerse unos cincuenta metros en unos segundos.- Mis más sinceras felicidades, señor de Castro. Esperen un minuto, tengo que hacer una llamada.
-¡Deswolf! ¡Lo he resuelto, Deswolf! – le dije a la mascota.
-Ya está. Acabo de hacer dos llamadas. Una para que cambien el agua del lago, y otra para que traigan el millón y medio de euros que te acabas de ganar.
Hoy era el día más feliz de su vida. Era millonario. Había salvado a miles de personas. Habló con sus padres, sus amigos, sus parientes, sus hermanos… No le importaba la factura. Hizo la maleta en cinco minutos y llegó al avión seis horas después de este acontecimiento.
El viaje se le hizo cortísimo. Pensaba en lo que se iba a comprar, en cuanto iba a donar, en lo que iba a hacer cuando volviese… En estos momentos era el hombre más feliz del mundo. Llegó al aeropuerto, recogió su maleta, y se fue a su casa.
Ya tendría tiempo de pensar en otra ocasión. Habían sido tres días muy duros y se merecía descansar. Se sentía valioso. Se durmió.
HECHO POR: CHARLES CHAPLIN
FIN
Jaime Sáez de Buruaga (1º ESO)




Últimos comentarios