Crónica de un alumno en clase por Alfonso Herreros Cabello
CRÓNICA DE UN ALUMNO EN CLASE DE LENGUA
Es un momento aciago, estoy entrando a clase de Lengua. Sí, ya sé que es importantísima, pero es que soy totalmente nulo para la Lengua desde nacimiento. Eso mismo le dije al profesor el otro día cuando me dio la nota del trabajo sobre sintaxis, nota que ya podéis imaginar, y el cual se quedó medio aturdido con la respuesta que le di. A que no adivináis lo que me dijo después:
- ¿Tú eres tonto?
Me quedé de piedra, y para colmo preguntó en voz alta:
- ¿Quién cree que este tío es idiota?
La verdad, creo que no soy muy apreciado por mis compañeros, ya que toda la clase levantó la mano menos yo, evidentemente.
Pero bueno, hoy me he levantado con el pie derecho, y con ganas de aprender Lengua.
Según transcurre la clase veo que no soy capaz de cumplir una promesa, ya que rápidamente empiezo a distraerme y a mirar por la ventana que está a mi lado. De repente alguien pregunta:
- ¿Es bonito lo que ves por la ventana?
Y yo, con todo mi desparpajo, voy y respondo:
- Sí.
Entonces, toda la clase empieza a reírse. Yo, que no sabía el porqué, me doy la vuelta y dejo de mirar por la ventana.
Qué grata sorpresa que al girar la cabeza me encuentro con el profesor delante y descubro que es él el que me ha hecho la pregunta.
Trago saliva y le miro. Su semblante está serio y con un aire de enfado. Es entonces cuando me pregunta:
- ¿Tú piensas aprobar este curso?
Vale, captada la indirecta, o me pongo las pilas o me suspende. Después de eso asiento con la cabeza y el profesor sigue dando clase.
Pasados unos minutos de tomar apuntes, mi divertimento favorito, comienzo a aburrirme otra vez, y no se me ocurre cosa mejor que ponerme a hablar con mi compañero, el cual no me hace ni caso porque está escuchando al profesor. Y yo erre que erre intentando que hablemos, cuando de repente, veo una cosa diminuta que viene hacia mí. Observo que es cilíndrica y blanca y también que se estampa contra mi frente como un misil.
Tras el impacto miro a todos lados buscando al graciosillo que me ha tirado un trozo de tiza, pero que desilusión, cuando compruebo que el graciosillo de turno que me lo había tirado no era otro que el profesor. Con la cara roja de vergüenza comprendo su mensaje a la perfección:” Cállate”.
La clase sigue.
Yo, siguiendo mi naturaleza, me aburro y solo comprendo palabras sueltas de las que dice el profesor, y es en ese instante, cuando escucho una palabra que no había oído en mi vida y que desconozco su significado. Y, con toda mi ignorancia al descubierto, interrumpo la clase y pregunto:
- ¿Qué significa adyacente, profesor?
El profesor para de hablar, suspira y me mira. Su mirada era totalmente inexpresiva, pero no auguraba nada bueno. A continuación, comienza a dibujar un rectángulo vertical en 3D en la pizarra, que lleva la palabra diccionario en una de sus caras. Después me dice:
- Mira, hay unas cosas rectangulares en forma de libros que se llaman diccionarios y que cuando los abres…pum, sorpresa, tienen palabras en su interior y además su significado, ¡qué curioso! Así que si tienes uno en casa me buscas esa palabra para mañana y no vuelves a interrumpirme con tus sandeces.
¡Toma ocurrencia! Una de dos: o me está vacilando o no le ha gustado mi interrupción. Creo que me decanto por la segunda.
La clase sigue, ya sólo faltan diez minutos para que suene la sirena y estoy impaciente. Pero como siempre, acabo fastidiándolo todo, porque en ese momento no se me ocurre otra cosa que empezar a llamar por lo bajo a mi amigo de la otra punta de la clase. Lo intento pero no lo consigo, por lo que voy subiendo la voz. Es entonces, cuando se deja de oír el sonido de la tiza golpeando la pizarra y la clase se queda en un gran silencio. Me callo, miro a todas partes. Mis compañeros están totalmente tiesos sin moverse, algo ocurre. Miro al profesor, éste me mira a mí, nos miramos. Él tiene cara de mala leche y se nota un enfado increíble en sus ojos, no me atrevo ni a respirar. De un segundo a otro suceden los hechos: bronca del profesor, gritos, enfado brutal, castigado, al pasillo y además parte. Creo que definitivamente he acabado con su paciencia.
De repente oigo un triiiiiiiiiiiiiiiing, me despierto, apago el despertador y me doy cuenta de que es lunes y tengo que ir al instituto a dar clase de sintaxis a mis alumnos, ¡con lo que bien que me lo estaba pasando siendo un niño!
Alfonso Herreros Cabello
VIII Concurso de cuentos José María Rubio
SEGUNDO PREMIO
Matías el corto
Andrés Orellana García
«No es lo mismo marcharse que huir. El que se va se dirige a otra parte. El que huye no sabe dónde acabará».
Ahora recuerdo las palabras del capitán antes de entrar en combate. ¿Huir? No, se trata de que a uno no le cojan. De vivir o morir.
Bien que nos han dado para el pelo. ¡¡Cabrones!! Ni auxiliar a los heridos, ni recoger a los muertos, nos han dejado. En el momento que hemos salido de retaguardia, bien visible el brazalete blanco con la cruz roja, han vuelto a disparar, con más saña si cabe; hemos tenido que recular y huir. Ya no hay retaguardia. Ya no hay compañía, nos han pasado por encima. Ahora a buscarte la vida, que lo otro es la muerte.
Es raro pero me he quedado solo. Mi compañero, Juan –Juanito el Llorón– está tendido a mi lado con un certero tiro en la boca. De los demás, nada. De vez en vez se oyen voces, disparos sordos, ráfagas de ametralladora intermitentes; pero no se ve a nadie. Oigo unas voces más cercanas. Las aislo. Se dirigen a mí. Levanto la vista y, en una loma, a escasos quinientos metros, distingo el uniforme gris sucio de tres voluntarios italianos.
Una serie de disparos me pegan al suelo hasta echar raíces. Gritan:
–¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Por un momento dejo de oír los disparos, se toman una tregua. Me desprendo de las raíces y corro, corro como conejo asustado. Es lo único que puedo hacer. Estas malditas alpargatas no son lo mejor para correr (las botas se reservan para los soldados en combate; la tropa de retaguardia –intendencia, enfermería– nos tenemos que conformar o apañártelas, ¡ni armas llevamos!).
Me paro detrás de un terraplén. Me duelen las sienes, el estómago, boqueo como un ahogado. Escucho. Nada. Asomo un poco la cabeza. Allí están, los veo. Van de caza, y yo soy la pieza a cobrar:
–¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Les he sacado un buen trecho. Tengo un respiro. Me tumbo protegido por el talud. Echo mano de la cartera; dentro está el carnet del sindicato –jefe provincial agrícola–, la cartilla militar –sargento de la compañía de camilleros, mención especial al mejor acemilero–, la foto de la boda con Juana –los dos de negro, serios, yo con mi bigote a lo Stalin, ella guapa, muy guapa; me saca como una cabeza, yo no soy muy alto, bueno la verdad, soy bajo, Matías el Corto me llaman en el pueblo, y además ando como desparramado, por la polio, que de chico tuve que llevar unos hierros en las piernas. Y la Juana me quiso a mí. Con todos los pretendientes que tenía:
¿Juani, me quieres?
Cómo eres Matías, no te voy a querer, tonto.
Entierro la cartera al lado, debajo de una retama. Si me cogen, que maten al conejo, no al hombre. Levanto un poco la cabeza. Miro. No les veo. Corro ladera abajo. Tropiezo. Ruedo. ¡Malditas alpargatas! Acabo en el fondo del barranco mirando al cielo, dolorido. Ahora los oigo allá arriba, buscándome; intentan ver entre la vegetación que cubre todo el barranco, comienzan a bajar, despacio, al acecho de su presa:
¿Dónde estas, rosso? ¡¡Ya no te escapas!!
Me doy la vuelta para levantarme, y me tropiezo con unos enormes ojos que miran ciegos. Ahora lo noto, un hedor insano invade todo el barranco. Aquí, a mis pies, yace reventado por la metralla un robusto caballo –de los de tiro, usados para el transporte de obuses–. Parte de sus vísceras cubren el suelo; un gran boquete se abre en su panza hinchada. El animal está todavía caliente; las moscas zumban como locas ante el festín. Vomito varias veces. Tengo que actuar con rapidez, no pensar. Ellos bajan despacio, con precaución para no caer cuesta abajo. Meto las manos hasta la náusea, y vacío por completo el vientre del animal. Estoy a punto del desmayo. Introduzco un pie, el otro, un poco más, hasta las rodillas, un poco más… Me hago un ovillo y así, acurrucado dentro de este útero fétido, espero.
Silencio. Alas de muerte han cubierto el cielo. El viento mueve las aulagas y las retamas. Ahora una piedra, dos, tres, varias caen pendiente abajo. Ya vienen, con su cantinela:
- ¡¡Ya no te escapas, rosso!!
Una bota golpea la cabeza del caballo. Empujo más para adentro. Siento las costillas del percherón cómo se clavan en mis costillas, apenas respiro.
–¡Sigamos! Aquí no hay quién esté, ¡¡joder qué peste!!
Oigo sus pesadas botas alejarse. Ya esta oscureciendo. Una lechuza grita a las sombras. Otra vez vuelven a mi cabeza las palabras del capitán: «… el que huye no sabe dónde acabará».
Feliz 2010
Santiago Pajares y su última obra “El lienzo” en HG.
El 18 de diciembre a partir de las siete de la tarde, estará con nosotros en HG, Santiago
Pajares, firmando ejemplares de su última novela “El lienzo” Publicada por Tabla Rasa.
Para quienes no le conozcáis teneis la ocasión de acercaos a su obra y a charlar con el. Y que mejor lugar que en una librería rodeados de multitud de vidas, regadas con un poco de cava y algún polvorón.
VIII Concurso de cuentos José María Rubio
PRIMER PREMIO
El sabor de las palabras
Adriana Sánchez Garcés
Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Serafín, y a las chicas, como yo, Serafina.
La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.
Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nubes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóciles, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas monumentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.
–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.
Y como aquí tenemos mucha templanza y no discutimos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Sideral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comenzamos a cantar.
¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.
Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.
–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.
–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?
–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le contesto.
–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?
–Pues… porque es como una noche inmensa cuajada de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.
Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa manera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…
Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran voces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.
–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.
–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.
Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál elegir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Voluptuosidad».
–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?
–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…
¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también tenía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimienta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.
–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.
Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al paladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras desconocidas que casi no podíamos volar. Cada una era diferente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Comimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!
Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desconocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi cabeza y la de Serafín…
Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cristal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inmaculado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.
¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, incorrecto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!
Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una corona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotonaban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.
Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabéticamente:
«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecían… y yo no podía pararlo.
Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.
Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de nosostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nuevo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.
Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirarnos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?
Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…
Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las palabras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:
«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»
Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvidado…
Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…
De nuevo desaparecieron las palabras y yo me quedé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y anémonas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…
–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas voces! Pero, ¿qué dicen?:
–¡Vaya!, ¡es una niña!
–¿Niña?
–Sí, pero espera… también un chico.
–¿Gemelos?
–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!
Sábado 21 de noviembre
18.30 h. ENCUENTRO CON AUTORES. En la Biblioteca. En esta velada literaria tendremos el placer de asistir a una mesa redonda convarios autores que presentarán sus últimas publicaciones y también a lapresentación del libro de los relatos ganadores y seleccionados en el VIIIConcurso de Cuentos “José Mª Rubio”, publicado por la editorial HG. También deesta editorial, Eduardo Juárez nos presentará la segunda parte de su novela“Saayi, el bebedor de tiempo”, cuya segunda entrega se titula “Caminos de Joffá”.Y por último Silvia Corella, nos traerá su novela “El chico de la ventana,ganadora del Premio “La Brújula” de narrativa juvenil de valores.
Acceso libre. Organizado por la Asociación Cultural La Maliciosa.
NIEVE
Si nos acercamos a la casa podemos observar un extraño bulto en el porche junto a la puerta, al pasar por su lado comprobamos que está cubierto por una manta de cuadros rojos que se agita dejando al descubierto un pie de tamaño grande. Al pasar al interior la oleada de calor nos inunda de bienestar a la vez que una extraña sensación nos acoge, miramos en las habitaciones esperando encontrar lo evidente pero sólo nos topamos con una cama abierta y desierta, oímos voces al final de la casa, llegamos a ellas después de recorrer un sinuoso pasillo la más grave está diciendo “No tenias que haber venido, te llamé para decírtelo…” “Estaba en una reunión y supuse que te encontrarías peor” dijo la más fina. “No, me hubiese quedado más tranquila sabiendo que te quedabas a dormir en la ciudad” “¿Y tú aquí sola con este temporal? Tienes unas cosas mamá” “Al menos habrás comido algo” negó con la cabeza al tiempo que se levantaba del asiento “voy a darme un baño” y sale de nuestro campo visual, nos quedamos con la madre que en un momento prepara una ensalada de pollo y deja el plato dentro del microondas, la seguimos por el pasillo “Me voy a la cama” alza la voz a al pasar a la altura de la puerta pero no escuchamos contestación, sólo el ruido del agua al correr y sentimos la tentación de atravesar la puerta pero al imaginar el cuerpo desnudo, relajado en el agua caliente nos lleva en un sobresalto al pie que vimos a la entrada, ahora ya no está visible, nieva copiosamente y el aire que nos azota violentamente ha cubierto la manta de cuadros rojos, le chillamos pero no se mueve, nos atrevemos a tocarle duro y frío como un témpano, nos agachamos lentamente le descubrimos pero ¡Somos nosotros! Chillamos pero sólo se oye una voz cubierta por un albornoz blanco…miramos pero no hay nadie más que ella y yo.
Herminio Gas Marín








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