Vuestros relatos

LA MESILLA HABITADA

Cada noche el mismo dilema. Cansado, me acerco a mi lado de la cama. Allí, sobre mi mesilla, descansa el universo imbuido en letras. Una montaña de páginas encorsetadas por diferentes encuadernaciones me grita desesperada. Cada libro quiere ser leído y yo, para qué negarlo, soy bastante indeciso. Me falta algo de temple para gobernarlas. El amarillo chillón del Caín de Saramago me sonríe divertido. Confía en que su atractivo color me seduzca. Por debajo de éste asoma vestido en una fea encuadernación el maravilloso Embrujo de Shanghai de Juan Marsé. Me mira compungido. Seguro que piensa que el hábito hace al monje. No me conoce bien. No se acuerda de aquella horrible edición de El Libro de la selva de Gustavo Gili que me regaló mi padre y me tuvo en vilo los días que me duró. Acerco la mano hacia él, intentado creer que la posguerra española sí fue una aventura cuando, recostado sobre la almohada, siento un picor en la oreja. Es otra vez el maldito ojo de Sauron fijo en mí desde lo alto de la estantería. Le dedico una furiosa mirada y me rasco ese picor. Desde que sufrí con Los Hijos de Hurin decidí dejar a Tolkien unos días en el congelador. Poso la mano sobre la historia de Juan Marsé, cuando un azul intenso captura mi atención. En el suelo, junto a un globo y tres libros de Juvenal está el último de Tom Holland, Milenio. Es un glorioso libro de divulgación histórica. Me lo ha conseguido Herminio, mi cazador de aventuras. Niego vehementemente. Sabe muy bien que no leo Historia por la noche. En el último momento, un cosquilleo en mi codo. Alguien me llama. Allí, al fondo, sobre la vieja estantería, descansa John Silver, preso en otro tipo de isla. Y pienso, ¿por qué no? Cambio el rumbo de mi mano y capturo La isla del Tesoro. Hoy dormiré entre piratas. Todos se ríen. Sobre todo Tintín. Se lo está comentando al Capitán Haddock: Eduardo siempre apuesta por la aventura.

Artículo publicado en la revista 2227 nº2, julio 2010. Asociación Cultural la Maliciosa
Eduardo Juárez Valero

ELLA

Ahí estaba ella. La luna, mirando curiosa a través de mi ventana abierta, de mi persiana levantada, de mis ojos cansados imposibles de cerrarse hipnotizados por su belleza. Ahí estaba, saliendo cada noche apenada por no ver el brillo del sol, pero contenta de saber los secretos, esos que se quedan encerrados en una noche, debajo de las estrellas, acunados por la belleza de la madre luna.
Una luz blanca casi mágica que me invita a soñar con lo desconocido, a descansar y pensar que mañana será mil veces mejor que hoy. Que me descubre que al fin y al cabo la noche no es tan oscura, que depende de tu alma y de los ojos con la que tú la mires.
De un soplo, recuerdo las noches más importantes en las que contemplé esa mirada invisible de la luna, en la que con ilusión o lágrimas en los ojos, miraba fijamente ese resplandor que me envolvía en esa noche de Octubre.
Noche mágica, en la que las estrellas brillan a lo lejos, presentes de mil vidas, de mil noches. Noches de vela, ocupadas de estudio, amor, noches de poesía, de suspiros perdidos en la bóveda azul que es el cielo a estas horas.
Ella, la única que contempla todas nuestras noches, la misma que, a pesar de verla durante todos años de mi vida, siempre tendrá algo diferente que decirme.

Isabel García Delgado

LAS ESTRELLAS

Observaba a las estrellas titilando en aquel oscuro firmamento. El vendaval se llevaba consigo aquellas nubes pasajeras que ocultaban a esas estrellas y dejaban entrever a esa hermosa dama de brillo propio desde la lejanía, siempre en aquel punto del universo.
Las estrellas eran sus mensajeras, aquellas que nos recordaban nuestros sueños cuando la realidad los desviaba a algún rincón alejado de nuestra mente. Por eso ellas se posan en ese cielo durante las noches, para guiarnos con esa luz que emanan, brindándonos un poco de esa magia invisible a nuestros ojos, pero visible para el corazón.

Isabel García Delgado

 

Escritos por Isabel García Delgado

” Prometí no hablar de ti en pasado, jamás. Para mi sigues estando aquí, aunque de otro modo. No te puedo tocar, ni ver, pero si sentir, sé que te ocultas en el viento y que es el mismo, el que me trae todos tus mensajes. Juraría que estás aquí a mi lado, aún siento tu voz susurrando en mis oídos, o la textura tan especial de tus manos, que tantas veces he sentido en mis sueños durante todos estos meses…
No pretendo que me tomen por loca, por lunática, o sí, quizás sea el momento de reconocer que lo soy, pero no me importa, pensar que algún día te voy a volver a ver o pensar simplemente en que puedo sentirte a mi lado, eso es lo que me mantiene viva día a día. Cada noche vienen a mi mente multitud de recuerdos, que creía insignificantes pero que ahora son mi fuente de energía.
¿Qué más decirte que no sepas ya?
Esta noche como siempre nos volveremos a ver en el mundo de los sueños, donde no se le da cabida a lo imposible, donde nada roza lo incoherente…
Es muy difícil de expresar, prácticamente imposible lo que siento, solamente sé que sigues iluminando mi camino día a día, que me sigues apoyando y que gracias a ti sigo aquí.”

” Ella era una chica como tú o como yo, no hacía nada bien, pero sí demasiadas cosas mal. Era esa clase de persona que vivía perdida en algún punto entre la dura realidad y sus sueños. La gente que la conocía siempre decía que vivía en un mundo aparte, siempre escribiendo esas historias de mentira en su cuaderno e inmersa en algún lugar de su imaginación. Una chica que se creía todo si se lo decían con una sonrisa, hasta la más despiadada de las mentiras.
Siempre pensaron que sencillamente, seguía siendo una niña. ¡Pero cuánto se equivocaban…!
Ella era una persona que sabía mucho de la vida, quizás demasiado. Si te asomabas a sus ojos azabache te dabas cuenta de que en su interior, únicamente se escondía un corazón cansado de sufrir a causa de las agresiones constantes, unos sentimientos que se mantenían en pie únicamente porque ella se había encargado de reconstruirlos una y otra vez a lo largo de su vida. A veces, la veía abrazarse a sí misma, como si así evitase romperse en pedazos.
Pero muy pocas personas se animaban a llegar hasta ahí. Simplemente la observaban a lo lejos, observaban su mirada perdida y a su fiel cuaderno entre sus manos, para después darse la vuelta y marcharse por donde habían venido. Al fin y al cabo… ¿Quién iba a molestarse en conocerla? Sólo era una chica más entre un millón, pero también te diré… Que en ese millón jamás encontré a alguien como ella.”

ENTRE PINARES
El día arranco espesito: llovía, lo cual para un fin de semana  de campo ya quitaba las ganas….
Arranco el coche, conecto el tontom y chispazo. Vaya por Dios!
Una seńal del destino? Un fusible? …

En mi vida había abierto una caja de fusibles, pero a leer sí que aprendí, con lo que tiré de manual y tras varias dudas en plan “corto el cable rojo? O será el azul?” cambio el fusible y… Sigue sin funcionar

En fin, se trataba de viajar a lo desconocido “a la antigua usanza”,  o lo que es lo mismo,  tirando de guía Repsol, o quedarse en casa

Tras ciertas dudas, arranco y ale! “p’alante”

La lluvia me acompañó con mayor o menor energía unos 150 km de los 200 y pico, siendo especialmente torrencial en cuanto abandoné la  seguridad de la A1.

Al llegar a las sinuosas comarcales sorianas y burgalesas escampó… para convertirse en niebla, de la que surgía una curva tras otra, entre baches y pinares.

El plato fuerte llegó tras la agradable  comida, por raro que suene: nos colocamos un arnés con dos mosquetones que nos mantuviesen conectados a las líneas de vida y una polea, y nos dispusimos a trepar hasta la primera de las plataformas situada en un hermoso pino,  a unos 10 m del suelo

Ya estaba arriba, ahora solo había que desenganchar la polea del arnés y engancharla al cable de acero, poner una mano encima de la polea y con la otra asir el cabo que unía la polea a mi arnés.

Fácil.

Hasta que mirabas hacia abajo… Tres respiraciones hondas y hop!! A deslizarse hasta la siguiente plataforma jurando que ahí se acababa la experiencia y que se colgase otro!

Que subidon! Pulso acelerado, palpitaciones, hormigueo en las manos…. Apenas podía desenganchar los mosquetones para pasarlos a la siguiente línea de vida. Primero uno, luego el otro.

Y los de abajo jaleando la hazaña.

Lo siguiente fue aun peor: un puente colgante con las tablas dispuestas entre dos cables de acero separadas bastante mas de lo que me resultaba cómodo ….

Y así, de puente a plataforma, de red a tirolina, de columpios a toneles dispuestos en forma de túnel, todo ello a unos 10 ó 15 metros del suelo, fuimos saltando de un pino a otro, sintiendo los pies cada vez mas seguros sobre los finos cables que hacían las veces de “tierra firme”.

Los frágiles mosquetones de los primeros momentos se fueron transformando en sólidos agarres, la tensión agotadora que nos hacia aferrarnos a los cables de apoyo se fue relajando hasta convertirse en una caricia. Los pasos vacilantes y asustados de los primeros momentos ganaron en firmeza y seguridad.

Aquello era muy divertido!!!

Los de abajo miraban, alentaban, se reían … Todos disfrutábamos, haciendo oídos sordos a los agoreros cenizos del “cuidado! No te caigas! No mires abajo!”,  que alguno había escondido entre los animadores
Y una vez abajo la pregunta: cuando volvemos?

©Belén Alvarez


 

 

MURMULLOS DEL

BOSQUE

Autor: ODEI VIVAS PÉREZ. 11 años

Nº Registro: M-2780/2011

 

 

 

Hace mucho tiempo, hacia el año 1380, la magia existía. Pues un rey, Olegario III, había descubierto su poder enterrado durante siglos en las profundidades del mar.

Cuando Olegario III aprendió a dominar la magia y supo hacer conjuros, hechizó todo su reino, para que en él, todo tuviera efectos sobrenaturales. Uno de los bosques del reino quedó encantado y los efectos surgieron en él.

Los árboles empezaron a hablar y aprendieron a andar. Esos árboles se volvieron muy malos, se rebelaron contra los humanos y lo destruyeron todo.

Pero quince años después, otro rey, Ildefonso I, quiso conquistar el reino de los árboles y emprendió una larga batalla para dominarlos.  Tras vencerlos en una gloriosa batalla obligó a los árboles a que no causasen más daños. Parte de la magia que antes tenían se desvaneció  y ya no pudieron andar, pero si mover sus ramas y expresar sus sentimientos.

Desde entonces, cuando alguien pasa por ese mismo bosque suele oír un leve, suave y dulce murmullo que parece salido del propio pensamiento y obliga a parar para reflexionar y observar si hay algo extraño.

Los árboles se divierten mucho.

­­ -¡Mira a ese de ahí que no sabe que tiene una abeja en la nariz! –Y entonces se ríen con una pequeña carcajada.

Hacen travesuras y gastan alguna bromilla a los paseantes, como por ejemplo aprovechar una fuerte brisa de aire para inclinar sus ramas que se enganchan al bolso de alguien. Cuando el viento cesa las ramas vuelven a su sitio y el bolso queda enganchado en ellas. Ahí se queda hasta que alguien decide subir a buscarlo. Pero el roce de los pies del intrépido escalador les produce cosquillas en el tronco y los árboles sueltan una pequeña  risita que asusta al trepador y le hace caer de culo contra el césped.

Así unas cuantas veces hasta que los árboles consiguen contener la risa y el pobre hombre tiene ya un moratón más grande, que una  tortita de las que nos solemos tomar en el desayuno o a la hora de almorzar.

Cierto día, los árboles notaron que había un ruido extraño entre los arbustos. Uno, asustado, gritó, -¡cuidado, es el perro Johnny que hace pipí en todos los árboles que se encuentra!-

Otro árbol dijo, -¡no, es el oso Yogui que se rasca la espalda con cualquier árbol y luego, cuando acaba, lo único que queda del pobre desafortunado es una gris ceniza que el aire disuelve!-

Pero, cuando el supuesto monstruo salió del escondite, resultó ser una niña inofensiva.

Dicha niña vestía un largo vestido lleno de florecillas que le llegaba a las rodillas y estaba un tanto arrugado. Su rostro reflejaba unos largos lagrimones y calzaba unas sandalias viejas y medio desgastadas.

-Es preciso ayudarla- dijo un árbol

-¿Cómo sabes que necesita ayuda?-protestó otro

-Somos árboles, los seres más sabios del mundo, además, detecto una manada de lobos hambrientos viniendo velozmente hacia aquí.- dijo burlonamente el primer árbol.

-¡Lobos!-Gritaron los dos árboles a coro.

Entonces el segundo árbol cogió a la niña con sus ramas y la depositó sobre su rama más gorda, después le tapó la boca con una hoja.

Los lobos llegaron y rastrearon la explanada, uno de los lobos empezó a hacer pis en el primer árbol, lo que hizo que este soltase un quejido y, al oír ese extraño ruido los lobos se asustaron y se fueron.

-Pe… pero… ¿vosotros habláis y… y podéis mover las extremidades?- Dijo la niña.

-Bueno, en realidad las piernas no las podemos mover. Comentaron los árboles.

-Es… esto es un sueño.

-No, es la realidad, y nos tienes que jurar que no le contarás esto a nadie.

-Va… vale.- dijo la niña que ahora estaba extrañada.

-Muy bien, ahora nos presentaremos, yo soy Frank.-Dijo el primer árbol.

-Y yo Gerardo del Manchego, aunque puedes llamarme Gera.-Añadió el segundo.

-Yo me llamo Irati.-Dijo la niña que ya no tenía nada de miedo.

-Dinos Irati, ¿qué hace una niña tan pequeña como tú en un bosque tan grande como este?-

A la chica le salió una lágrima de sus delicados y azules ojos.

-Bueno, es que esta misma mañana oí a mis padres discutir, y al final se han ido de casa sin mí. Yo me he asustado porque creía que no volverían y he salido a buscarles, entonces me he perdido y he acabado en este bosque con vosotros  dos, que habéis pasado a ser unos buenos amigos míos.

-Nosotros te llevaremos a tu casa.-Dijo Frank.

-¿De verdad?

-De verdad.

-¿De verdad?

-¡De verdad!

-¡Biééén! Pero, ¿de verdad?

-Esto…si, da igual.-Dijo Gera.

-¡Pero todos los alrededores están llenos de lobos! Además, nosotros no nos podemos mover ni aunque no nos aguantáramos para ir al baño.-Replicó Frank.

-¡Aaaaaaaaaaaah!-Gritó Gera.

-¿Qué pasa, te has hecho daño?-Se preocupó la chica.-¡Aaaaah!-Eso fue lo único que salió de la boca de Gera

-No, es que hace 20años que no va al baño y cada vez que oye la palabra “baño” se horroriza.-Le explicó Frank a Irati.

-¿Y tú, por qué no gritas?

-Porque yo fui al baño antes de que se nos pasaran parte de los efectos y nos quedáramos inmovilizados.-Dijo Frank con orgullo.

-Bueno, vamos a hacer ya el plan de una vez.- dijo Irati.

-Vale , yo tengo uno. Dijo Gera.- Con la savia de nuestro tronco atraemos a los lobos, luego, se quedarán pegados cuando chupen la savia y tú te escaparas volando.

-¿Volando?-Exclamaron Irati y Frank a la vez.

-Claro, te construiremos un avión de madera con alas de hojas.

-Es genial, solo que…¿y el motor?

-Tranquila, nosotros lanzaremos al avión contigo dentro por los cielos y luego el avión planeará con la ayuda del viento. ¡Ah! Y para aterrizar te tiras en un paracaídas a base de hojas y listo, nada hay más sencillo.-Dijo Gera.

-Eres un genio.-Dijo Irati.

-No, soy un árbol- Replicó enfadado Gera.

-¡Ah! Te refieres a… lo siento.-Dijo Gera avergonzado.

-Por cierto, lo has planeado tu solo, ¿verdad…?

– No, la verdad es que me tocó el plan en una galleta china de la suerte.

-Irati.-Dijo Frank a la  chica. Quítame un poco de corteza para que me salga savia.

-Pero… te dolerá.- Dijo la chica.

-Lo aguantaré.

-Bueno… allá voy.

Y nada más que le tocó el tronco este dijo.

-¡Nooooo, para, por favor, ten piedad de este árbol que aún no ha dado ni un solo fruto, te lo ruego, que tortura, que masacre, que dolor!-

Así pasaron 2 días hasta que por fin le consiguieron sacar los tres gramos de savia necesarios para atraer a los lobos. Después ordenaron a Irati que recogiera mucha leña para hacer el avión, mientras que ellos aspiraban por la boca y de esa forma recogían hojas para hacer las alas. La savia obtenida de Frank la guardaron en el interior de una bellota hueca.

Al día siguiente todos estaban nerviosos. Nadie decía nada. El silencio era absoluto.

Irati se despidió de sus apreciados amigos y se subió al avión al que habían puesto el nombre de <Águila salvadora>.

A Frank le saltaron un par de lágrimas.

-¿Por qué lloras?-Le preguntó Irati al árbol.

-No te hemos informado, pero…

-¿Pero qué?- Dijo curiosa la chica.-

Gera prosiguió lo que Frank había empezado.-Pero cuando el rey Olegario III nos hechizó no sabía que los efectos eran temporales hasta que los árboles hiciésemos un acto de buena fe.

-Entonces… cuando yo regrese junto a mi padre, vosotros. Tartamudeó la chica.

-No tendremos sentimientos y tu no recordarás nada de lo sucedido.-Dijo Frank que estaba a punto de llorar.

Pero entonces a Frank se le cayó la bellota hueca que contenía la savia y se empezaron a oír pisadas de lobos corriendo.

Sin decir nada, Gera cogió a Irati y la lanzó por los aires. Y cuando parecía que todo iba bien, al avión se le cayó un ala y se estrelló.

Los lobos, sorprendentemente, habían conseguido despegarse de la savia.

-Todo está perdido- dijo Irati.-

Entonces, cuando un lobo saltó sobre ella se oyó un fuerte ruido que abatió al lobo y éste quedó tendido lleno de sangre mientras los demás lobos huían despavoridos.

-¿Irati…?- Dijo el hombre que había salvado a la niña y que sostenía una escopeta que aun echaba humo.

-¡Padre!-Exclamó la niña.-

Pero justo en ese momento todo quedó en silencio, aunque los labios del padre y de la niña se movían, no se oía nada en absoluto. ¿Por qué? Por la simple razón de que esta historia la cuento desde el corazón de los árboles, los cuales desde que hicieron un acto de buena fe no pueden sentir, ni oír, ni pensar, ni hablar, ni moverse. Pero pueden amar. Lo único que sabemos de la niña es que al irse en compañía de su padre derramó una lágrima, que, al ser absorbida por la tierra bautizó a este bosque con el nombre de…<IRATI>.FIN                    

CRÓNICA DE UN ALUMNO EN CLASE DE LENGUA

Es un momento aciago, estoy entrando a clase de Lengua. Sí, ya sé que es importantísima, pero es que soy totalmente nulo para la Lengua desde nacimiento. Eso mismo le dije al profesor el otro día cuando me dio la nota del trabajo sobre sintaxis, nota que ya podéis imaginar, y el cual se quedó medio aturdido con la respuesta que le di. A que no adivináis lo que me dijo después:

– ¿Tú eres tonto?

Me quedé de piedra, y para colmo preguntó en voz alta:

– ¿Quién cree que este tío es idiota?

La verdad, creo que no soy muy apreciado por mis compañeros, ya que toda la clase levantó la mano menos yo, evidentemente.

Pero bueno, hoy me he levantado con el pie derecho, y con ganas de aprender Lengua.

Según transcurre la clase veo que no soy capaz de cumplir una promesa, ya que rápidamente empiezo a distraerme y a mirar por la ventana que está a mi lado. De repente alguien pregunta:

– ¿Es bonito lo que ves por la ventana?

Y yo, con todo mi desparpajo, voy y respondo:

– Sí.

Entonces, toda la clase empieza a reírse. Yo, que no sabía el porqué, me doy la vuelta y dejo de mirar por la ventana.

Qué grata sorpresa que al girar la cabeza me encuentro con el profesor delante y descubro que es él el que me ha hecho la pregunta.

Trago saliva y le miro. Su semblante está serio y con un aire de enfado. Es entonces cuando me pregunta:

– ¿Tú piensas aprobar este curso?

Vale, captada la indirecta, o me pongo las pilas o me suspende. Después de eso asiento con la cabeza y el profesor sigue dando clase.

Pasados unos minutos de tomar apuntes, mi divertimento favorito, comienzo a aburrirme otra vez, y no se me ocurre cosa mejor que ponerme a hablar con mi compañero, el cual no me hace ni caso porque está escuchando al profesor. Y yo erre que erre intentando que hablemos, cuando de repente, veo una cosa diminuta que viene hacia mí. Observo que es cilíndrica y blanca y también que se estampa contra mi frente como un misil.

Tras el impacto miro a todos lados buscando al graciosillo que me ha tirado un trozo de tiza, pero que desilusión, cuando compruebo que el graciosillo de turno que me lo había tirado no era otro que el profesor. Con la cara roja de vergüenza comprendo su mensaje a la perfección:” Cállate”.

La clase sigue.

Yo, siguiendo mi naturaleza, me aburro y solo comprendo palabras sueltas de las que dice el profesor, y es en ese instante, cuando escucho una palabra que no había oído en mi vida y que desconozco su significado. Y, con toda mi ignorancia al descubierto, interrumpo la clase y pregunto:

– ¿Qué significa adyacente, profesor?

El profesor para de hablar, suspira y me mira. Su mirada era totalmente inexpresiva, pero no auguraba nada bueno. A continuación, comienza a dibujar un rectángulo vertical en 3D en la pizarra, que lleva la palabra diccionario en una de sus caras. Después me dice:

– Mira, hay unas cosas rectangulares en forma de libros que se llaman diccionarios y que cuando los abres…pum, sorpresa, tienen palabras en su interior y además su significado, ¡qué curioso! Así que si tienes uno en casa me buscas esa palabra para mañana y no vuelves a interrumpirme con tus sandeces.

¡Toma ocurrencia! Una de dos: o me está vacilando o no le ha gustado mi interrupción. Creo que me decanto por la segunda.

La clase sigue, ya sólo faltan diez minutos para que suene la sirena y estoy impaciente. Pero como siempre, acabo fastidiándolo todo, porque en ese momento no se me ocurre otra cosa que empezar a llamar por lo bajo a mi amigo de la otra punta de la clase. Lo intento pero no lo consigo, por lo que voy subiendo la voz. Es entonces, cuando se deja de oír el sonido de la tiza golpeando la pizarra y la clase se queda en un gran silencio. Me callo, miro a todas partes. Mis compañeros están totalmente tiesos sin moverse, algo ocurre. Miro al profesor, éste me mira a mí, nos miramos. Él tiene cara de mala leche y se nota un enfado increíble en sus ojos, no me atrevo ni a respirar. De un segundo a otro suceden los hechos: bronca del profesor, gritos, enfado brutal, castigado, al pasillo y además parte. Creo que definitivamente he acabado con su paciencia.

De repente oigo un triiiiiiiiiiiiiiiing, me despierto, apago el despertador y me doy cuenta de que es lunes y tengo que ir al instituto a dar clase de sintaxis a mis alumnos, ¡con lo que bien que me lo estaba pasando siendo un niño!

Alfonso Herreros Cabello

PIEDRAS

Sé que puede sonar absurdo, pero es una afición mía. No digo que nadie tenga que estar de acuerdo ni compartirla. Tampoco lo recomiendo como terapia para equilibrar el chi o redondear los chacras. Tan solo es algo que comencé a hacer. Creo que la primera vez tenía seis años. Me maravilló aquella playa hecha de piedras y guijarros. Todas las playas que había visto en mi vida, ya sabéis, en fotos, videos y películas, en calendarios o dibujos, eran de arena fina. Amarilla o marrón o blanca. Pero aquella estaba sembrada de millones de guijarros y piedras de todos los tamaños. Cogí una de ellas, busque la superficie plana y estampé una palabra con un rotulador. No me acuerdo de cuál era. Tan solo me fijé en el conjunto de letras que flotaban en mi cabeza y lo escribí en la superficie de la piedra. He pasado muchos años tratando de recordar esa primera palabra que lo cambió todo. Al menos para mí y mi forma de ver el mundo. Un par de años después mis padres y yo volvimos a la misma playa. Yo en ese momento tenía un hermano pequeño, apenas un bebé. Ya sabéis, balbucía cosas sin sentido y movía los brazos, pero no parecía estar diciendo nada. Me acordé de la piedra de unos años antes y traté de buscarla. Recordaba con claridad la forma, su superficie pulida rota por una muesca en un lateral. Pasé dos días levantando piedras y arrinconándolas en el otro lado de la playa, pensando que hay un número limitado de piedras y que en algún sitio debía estar. Al fin y al cabo, nadie se llevaba piedras de la playa de recuerdo. Tras sorber las lágrimas por no haberla encontrado cogí otra piedra, la más parecida que encontré, agarré un rotulador de los que mis padres me traían para que pintara y los dejara tranquilos y escribí otra palabra. Esta sí la recuerdo, pero no os la voy a decir. Pienso que en cierto sentido no debo hacerlo, al fin y al cabo no es mi palabra. La puse tan solo porque mi hermano no sabía escribir, solo movía los brazos sin hacer nada. Pensé que así mi nuevo hermano tendría también su piedra. Para que no me ocurriera lo de antes me fui a un extremo de la playa y la coloqué en un saliente de roca, lo más alto que pude subir a un peñón antes de que mis padres comenzaran a gritar que me bajase.

Pasé aquel año pensando en aquella piedra. Cuando llovía, imaginaba las gotas de lluvia golpeando y resbalando por su superficie. Cuando hacía sol, tocaba alguna chapa caliente de coche e imaginaba que esa debía ser la temperatura de la piedra. En cierto modo, cuando las cosas me iban mal, cuando mis padres se gritaban y se tiraban cosas y nos mandaban a mi hermano y a mí quedarnos en mi cuarto, yo me acurrucaba en un rincón y pensaba en la piedra. Me imaginaba que yo era esa piedra, y que ni todo el sol ni toda la lluvia del mundo podrían traspasarme.

Según me fui haciendo mayor, continué haciéndolo. Cada vez que íbamos a un sitio nuevo y a mí me gustaba un paisaje o algo me emocionaba, cogía una piedra, sacaba un rotulador y escribía una palabra, la primera que se me venía a la cabeza. A veces no eran palabras pre-existentes, sino que las creaba yo mismo en ese momento. Eran la transfiguración en letras de mis estados de ánimo. Nunca he creído en las palabras. Las palabras van y vienen, pero las piedras se quedan para siempre. Me imaginaba esas piedras en la era prehistórica cuando los dinosaurios dominaban la tierra y en épocas futuras, cuando hubiéramos contactado con extraterrestres y las guerras se hubieran acabado. Mis piedras seguirían allí. Serenas. Inmutables.

Llegué a atesorar cientos de piedras en más de dos docenas de países por todo el mundo. Había palabras de mi invención en arrozales de China, en templos budistas en Japón, en las explanadas de Nazca, en el fondo de minas de diamantes ya en desuso. Allí estaban mis piedras, todas perfectamente rotuladas con palabras ininteligibles incluso para mí. Pienso en ellas y me siento mejor. Me tranquiliza. Pienso en que estoy desperdigando mi alma por los lugares del mundo que han sido importantes para mí, que cuando yo me vaya mis piedras seguirán en el mismo sitio. Algún día alguien las verá, recordará a la persona que las rotuló y se preguntará el porqué. Me divierte pensar que ni siquiera yo mismo lo sé. Me río antes de tener el chiste.

Los años transcurrieron y me hice adulto. Hice lo que los adultos hacen. Encontré un trabajo y una mujer que decía que me quería y me abrazaba por las noches antes de quedarse dormida. Tuvimos un hijo y después otro y yo trabajé más para que a ellos no les faltara de nada. Traté de evitarles las peleas que yo presencié de mis padres. Les abracé a su vez y les dije que les quería, y ellos sonrieron y me dijeron que me querían, y todo parecía estar bien. Tenía mi mujer. Tenía mis niños. Tenía mis piedras y mis palabras sin sentido. La cosa no podía ir mejor.

Cuando los niños fueron algo mayores, mi mujer se empeñó en que nos fuésemos de vacaciones. Insistió e insistió en que los niños debían salir de la ciudad y respirar otros aires aunque fuera por unos días. Empujó y empujó hasta que a mí no me quedaron fuerzas para decir que no y accedí a llevarlos a la playa, la misma a la que mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí antes de que nuestra vida familiar se convirtiera en un infierno.

Mientras veía a mis hijos lanzándose guijarros pensé que mi tradición bien podría no acabar conmigo, y que podría enseñar a mis hijos a hacer lo mismo que yo, así que les llamé y cogí un rotulador y les expliqué lo que hacía y por qué lo hacía. Ellos me miraron sin comprender nada. Creían que era algún tipo de juego, pero no le encontraban el sentido ni la diversión. Yo no le di demasiada importancia, al fin y al cabo eran niños. Imaginé que siendo adultos quizá le encontraran una lógica que a mí siempre me fue esquiva. Miré a mi alrededor y comencé a buscar una piedra como la de aquella primera vez, con una muesca en un lateral. Tras un par de minutos encontré una adecuada y se la enseñé. Ellos solo veían una piedra. Saqué mi rotulador del bolsillo y le di la vuelta. En la superficie, borrada por el tiempo, encontré los trazos de aquella primera palabra que escribí cuando era niño. La erosión del aire y el agua habían casi borrado los trazos por completo. Aquella palabra había desaparecido para siempre. En un segundo se me vinieron a la cabeza las cientos de piedras que había atesorado y cómo en unos pocos años ya no quedarían siquiera los trazos que recordaran que alguien las había escrito. Las palabras van y vienen, pero las piedras se quedan. Mis hijos se asustaron cuando comencé a llorar desconsolado, viendo como las lágrimas corrían por mis mejillas. El más pequeño tocó una de ellas con el índice y la sostuvo un momento en su yema. Entonces me abrazó y trató de consolarme como yo le consolaba a él cuando lloraba. Y yo le miré y él me miró. Y entonces, no sé por qué, los trazos de la piedra no me parecieron pequeños fragmentos de mi alma desperdigados.

El mayor me quitó la piedra de la mano y la lanzó al mar. Miramos las ondas en el agua hasta que desaparecieron. Nos cogimos de la mano y volvimos a casa.

Santiago Pajares.

14 de enero de 2008

© 2008 – Santiago Pajares

NIEVE

 

Si nos acercamos a la casa podemos observar un extraño bulto en el porche junto a la puerta, al pasar por su lado comprobamos que está cubierto por una manta de cuadros rojos que se agita dejando al descubierto un pie de tamaño grande. Al pasar al interior la oleada de calor nos inunda de bienestar a la vez que una extraña sensación nos acoge, miramos en las habitaciones esperando encontrar lo evidente pero sólo nos topamos con una cama abierta y desierta, oímos voces al final de la casa, llegamos a ellas después de recorrer un sinuoso pasillo la más grave está diciendo “No tenias que haber venido, te llamé para decírtelo…” “Estaba en una reunión y supuse que te encontrarías peor” dijo la más fina. “No, me hubiese quedado más tranquila sabiendo que te quedabas a dormir en la ciudad” “¿Y tú aquí sola con este temporal? Tienes unas cosas mamá” “Al menos habrás comido algo” negó con la cabeza al tiempo que se levantaba del asiento “voy a darme un baño” y sale de nuestro campo visual, nos quedamos con la madre que en un momento prepara una ensalada de pollo y deja el plato dentro del microondas, la seguimos por el pasillo “Me voy a la cama” alza la voz a al pasar a la altura de la puerta pero no escuchamos contestación, sólo el ruido del agua al correr y sentimos la tentación de atravesar la puerta pero al imaginar el cuerpo desnudo, relajado en el agua caliente nos lleva en un sobresalto al pie que vimos a la entrada, ahora ya no está visible, nieva copiosamente y el aire que nos azota violentamente ha cubierto la manta de cuadros rojos, le chillamos pero no se mueve, nos atrevemos a tocarle duro y frío como un témpano, nos agachamos lentamente le descubrimos pero ¡Somos nosotros! Chillamos pero sólo se oye una voz cubierta por un albornoz blanco…miramos pero no hay nadie más que ella y yo.

Conon de Béthune

 

Gafas

No suelo esconderme, pero a veces no me queda mas remedio. Cuando la tensión bloquea mis hombros y hace que el más mínimo movimiento de mis brazos se convierta en un espasmo de dolor, sé que es la hora de cambiar. Entro a una tienda y compro ropa muy distinta a la que suelo usar. Pantalones vaqueros desgastados, tan sucios que parecen recién salidos de una mina de cobre. Camisas Gafaschillonas y las gafas de sol más psicodélicas que encuentro. Grandes, que me tapen más allá de mis cejas hasta juntarse con la línea del pelo. Entonces todo resulta un poco más fácil, y eso es sólo el principio. Imagino que la persona que está detrás de esas gafas y mira a través de esos cristales no soy yo, sino como a mí me gustaría ser solo por un instante. Pero puedes alargar ese instante todo lo que quieras. Lo puedes llamar Tu Vida. Puedes incluir a tu futura mujer y a tus futuros hijos en ese instante; pero acuérdate de no quitarte nunca las gafas de sol y los vaqueros desgastados, porque entonces la habrás cagado.

Cuando estoy dentro de ese instante nada parece hacerme daño. Al fin y al cabo, no soy yo. No son mis encías las que sangran llenando mi boca de un sabor metálico. No es mi hígado el que sufre las resacas. No es mi polla la que echa polvos gloriosos a toda mujer que se acerca a mirar mis gafas de sol.

Y no sé por qué es así. La gente se siente más a gusto conmigo, respiran más tranquilos. Las chicas que se sientan a mi lado hablan de las irregularidades de su menstruación como si estuviéramos en la consulta de médico. Me pregunto que dirían si yo les hablara de mis problemas de erección, de mi eyaculación precoz. De mi obsesión compulsiva por los pechos y las nalgas. No es que a mi me pase. No a mí, al menos. Al fin y al cabo yo estoy al otro lado de esos cristales.

Procuro no ver a mis familiares y amigos mientras me encuentro convertido en mi otro yo. Ellos no entenderían, o no querrían entenderlo. Yo desde luego no quiero psicoanalizarme y descubrir porqué disfruto lo que disfruto. Eso sería analizar un orgasmo, y yo sólo quiero correrme. Tantas veces y tan fuerte como pueda. Pero no me entendáis mal. No es nada sexual, o no sólo sexual, al menos. Es un acto tan simple como ponerme unas gafas y decidir qué quiero ver al otro lado del cristal. El otro día caminaba por la calle y un chico delante de mí sacó su último cigarrillo y lanzó el paquete al suelo, y cuando vio que yo lo había visto, se agachó, lo metió en uno de sus bolsillos y siguió caminando. Una docena de metros después lo tiró a una papelera. Porque no sabía discernir si el acto me había gustado o no. Porque no sabía si detrás de mis gafas había alguien más peligroso que él. Y yo no tuve que hacer nada, sólo mirar el paquete. Me encanta ese poder. Ojala mi verdadero yo (o falso yo, llevo tanto tiempo con las gafas puestas que comienzo a no tenerlo claro) pudiera hacerlo. Pero ellos ven en él a un chico tímido y manso, sin rastro de ambigüedad. A veces me da pena ese chico. Nadie lo comprende. Ni el mismo. Ni yo.

Desde luego no su novia o familiares. Se dedican a estar cerca de él, aleteando a su alrededor para denotar su presencia sin apenas interactuar.

El tiempo pasa. Yo viajo cada vez más, cada vez que comienzo a sentir que mis nuevos amigos o mis siempre cambiantes mujeres pueden intuir las arrugas alrededor de mis ojos. Cuando eso pasa, cojo algo de dinero prestado del primer sitio que encuentro, me subo en un avión y me marcho a otro lugar. A veces no es necesario que sea lejos, sino que tan sólo sea otro lugar. Allí hago nuevos amigos y tomo cerveza mientras juego al billar. Me follo a sus amigas o novias y les enseño nuevas posturas que desconocían. Hasta que ellas comienzan a mirarme fijo, a acercarse poco a poco a mi para tratar de ver a través de mis cristales, para ver mi otro yo, a ese que disfruta ahí detrás manejando mis mandos como si yo fuese una videoconsola. Por eso me gustaba darles la vuelta y follarlas a cuatro patas. Porque el único contacto que quiero con ellas es el de sus nalgas rebotando en mis caderas, sus gemidos acompañando mis gemidos, su corazón latiendo con el mío, pero no al unísono.

Cada vez pasa más a menudo. A veces sólo tengo tiempo de echar un par de partidas de billar y a follar un par de veces antes de que esa sensación de sentirme observado me acucie y tenga que escapar.

No sé donde me encuentro ahora, pero tengo que volver. Dejar salir a ese manso que viste polos y pantalones de pinzas, darle la mano y dejar que me guíe a casa. Si es que existe algún sitio que pueda llamar hogar.

Intento quitarme las gafas, pero hacen resistencia. Parece que las arrugas de mis ojos se hubieran enroscado en la montura para no dejarlas marchar. Siento el vacío dentro de los cristales. Lo intento con las dos manos y consigo separarlas un poco, pero me duele. Descanso unos momentos y decido tirar con más fuerza, hasta que las ampollas que se formen en mis dedos sangren y exploten.

No puedo llevar más estas gafas. No quiero.

Tiro y hago fuerza con mis brazos, sintiendo la conocida presión en los omoplatos. Se separan un poco. Tiro más fuerte, ignorando el dolor, diciéndome que dentro de poco podré volver a esa casa que tanto odié donde nadie me quería realmente. Ni siquiera yo. Un poco más. Más dolor, más fuerte. Ya las siento casi separadas de mi piel, así como los pequeños regueros de sangre resbalando por mis mejillas.

El tirón final. Y lo consigo.

Caigo al suelo ahogado de dolor, mezclando la sangre con mi sudor y mis lágrimas. No veo nada. Todo está negro. No veo las gafas de sol tiradas en la acera a un par de metros de mí, pero sí distingo los gritos de los niños que se han dado cuenta que mis ojos han quedado pegados a los cristales. Y entonces lo comprendo. No son mis ojos, ya no. Son los ojos de las gafas. Y ni yo ni el chico de los pantalones de pinzas (o quizá seamos el mismo, no lo sé) podremos usarlos más.

Paso una temporada en un hospital de una ciudad desconocida. Me han informado de su nombre y su localización, pero no quiero saberlo. Ahora sólo oigo un idioma que no entiendo y toco mis sábanas y mi mesilla de noche.

Nunca he sido tan feliz.

Santiago Pajares.

24 de julio de 2007. Avión Madrid- Copenhague.

Desequilibrio

Triste Saayi está contento. Sus compañeros alegran su viaje.¿Quién
sabe? Quizás se arriesgue a conocer más gente.Un día hermoso, de tenue
sol acaramelado y dulce brisa a la alborada entran en un pueblo. Con
las primeras luces todo el mundo sale a sus quehaceres. Las calles
despiertan. El ruido de trajín diario conforma un apetecible
paisaje.Caminan por las calles serpenteantes, caóticas, extrañas y, sin
embargo, confortables. Aquí y allá se abre una puerta. Triste Saayi
vislumbra un patio florido. La brisa empuja los aromas al exterior. Te
arrullan. Te convencen. Te atraen al interior.Triste Saayi se sacude el
embrujo con un suspiro. De pronto se detiene. Percibe algo mucho tiempo
olvidado.Se siente en casa. El Hombre Desesperado marcha pegado a
Triste Saayi. No quiere mirar. No quiere sentir. Siente que está en
casa. El Caminante, ajeno a todo, disfruta del viaje. No sabe como
repartir su atención. Nada escapa a su mirada. Un poco de humanida,
para variar. Llegan a una plaza. En el centro, una fuente. El agua
repiquetea en el vaso que la soporta. El sonido es alentador, hermoso.
Junto a la fuente una niña llora. La plaza está abarrotada. Llena de
vida. Llena de gente. Demasiada gente. Sólo el Caminante parece
percibir el llanto desconsolado. Se acerca a la niña y toca levemente
su hombro. El oleaje de dos profundos mares le desconcierta. ¿Por qué
lloras? La niña se enjuaga las lágrimas con sus manos embadurnadas. Mis
padres ya no me quieren. Nació mi hermano y ahora le dedican toda su
atención. Ya nada importa. Manché mis manos con barro. Perdí mi muñeca
favorita. Ensucié el hermoso vestido que me regaló mi abuela, pero mi
madre no está aquí para regañarme. Ahora el Caminante está sorprendido.
No te entiendo, pequeña. ¿Añoras la regañina? Añora a su madre
-interviene Triste Saayi-. No importa para qué. Tan solo quiere la
atención que antes recibía. La niña no se atreve a mirar a Triste
Saayi. La verdad a veces deslumbra. No debes preocuparte, querida
-prosigue Triste Saayi-. Tuviste durante un tiempo ese amor que ahora
tiene tu hermano. Pronto volverá. Mientras te falte la atención de tu
madre no tendrás equilibrio. Cuando regrese, todo volverá a su lugar.
La niña alza la mirada tímidamente. Ahora fija su atención en el rostro
impenetrable de Triste Saayi. ¿Está seguro? La vida es una búsqueda del
equilibrio. Cuando nos falta estamos perdidos, huérfanos. Como esta
niña. Como tú que me estás leyendo. Como yo. Mas te aseguro que, tarde
o temprano, el desequilibro desaparecerá y la felicidad llenará tu
vida. ¿De verdad? -pregunta el Hombre Desesperado. De verdad, no. Todos
quedan quietos. nadie se mueve en la plaza. El mismo aire parece pesar
sobre las cabezas de los que allí se hallan. Ninguna mirada se despega
de los intemporales ojos de Triste Saayi. La niña abre la boca
inconscientemente. A veces -continúa Triste Saayi- ocurre que no se
puede tenerlo todo. La actividad es retomada al unísiono por todos.
Algo ha cambiado. La voz de Triste Saayi, como un suspiro, recorre la
plaza. Nadie se atreve a levantar la vista de su labor. La verdad
siempre duele.

Eduardo Juárez Valero

DOLOR

Agradezco que sea domingo y que el vacío que hoy soy no se agrande con la simple visión de la puerta de su despacho. Ayer hice un gran esfuerzo para que no se notara nada especial. Me inventé un contratiempo laboral, un cliente al que hay que mimar y un viaje inevitable. Mientras contemplaba a la pareja radiante que tenía frente a mí, me sentí el tipo más desdichado y más cuando la novia se me abrazó diciéndome: “Ahora os toca a vosotros”. Y acabé por hundirme. Le di dos besos y me alejé de allí . Me senté en una mesa apartada, y me vino a la cabeza una frase de Sara  que dijo muy al principio de vivir juntos:”Para que uno sea dichoso otro ha de sufrir”. Lo decía por Alberto, finalmente he heredado su dolor, el silencio, el ligero encogimiento de hombros a los porques. No sirve de consuelo, no me sentí culpable cuando le dejó, ni siquiera pensaba en él, menos en como debía sentirse. Y llevo dos días siendo el.

 

Conon de Béthune

 

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