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Entradas con la etiqueta ‘Relatos’

Gafas

26 de Junio de 2009

No suelo esconderme, pero a veces no me queda mas remedio. Cuando la tensión bloquea mis hombros y hace que el más mínimo movimiento de mis brazos se convierta en un espasmo de dolor, sé que es la hora de cambiar. Entro a una tienda y compro ropa muy distinta a la que suelo usar. Pantalones vaqueros desgastados, tan sucios que parecen recién salidos de una mina de cobre. Camisas chillonas y las gafas de sol más psicodélicas que encuentro. Grandes, que me tapen más allá de mis cejas hasta juntarse con la línea del pelo. Entonces todo resulta un poco más fácil, y eso es sólo el principio. Imagino que la persona que está detrás de esas gafas y mira a través de esos cristales no soy yo, sino como a mí me gustaría ser solo por un instante. Pero puedes alargar ese instante todo lo que quieras. Lo puedes llamar Tu Vida. Puedes incluir a tu futura mujer y a tus futuros hijos en ese instante; pero acuérdate de no quitarte nunca las gafas de sol y los vaqueros desgastados, porque entonces la habrás cagado.

Cuando estoy dentro de ese instante nada parece hacerme daño. Al fin y al cabo, no soy yo. No son mis encías las que sangran llenando mi boca de un sabor metálico. No es mi hígado el que sufre las resacas. No es mi polla la que echa polvos gloriosos a toda mujer que se acerca a mirar mis gafas de sol.

Y no sé por qué es así. La gente se siente más a gusto conmigo, respiran más tranquilos. Las chicas que se sientan a mi lado hablan de las irregularidades de su menstruación como si estuviéramos en la consulta de médico. Me pregunto que dirían si yo les hablara de mis problemas de erección, de mi eyaculación precoz. De mi obsesión compulsiva por los pechos y las nalgas. No es que a mi me pase. No a mí, al menos. Al fin y al cabo yo estoy al otro lado de esos cristales.

Procuro no ver a mis familiares y amigos mientras me encuentro convertido en mi otro yo. Ellos no entenderían, o no querrían entenderlo. Yo desde luego no quiero psicoanalizarme y descubrir porqué disfruto lo que disfruto. Eso sería analizar un orgasmo, y yo sólo quiero correrme. Tantas veces y tan fuerte como pueda. Pero no me entendáis mal. No es nada sexual, o no sólo sexual, al menos. Es un acto tan simple como ponerme unas gafas y decidir qué quiero ver al otro lado del cristal. El otro día caminaba por la calle y un chico delante de mí sacó su último cigarrillo y lanzó el paquete al suelo, y cuando vio que yo lo había visto, se agachó, lo metió en uno de sus bolsillos y siguió caminando. Una docena de metros después lo tiró a una papelera. Porque no sabía discernir si el acto me había gustado o no. Porque no sabía si detrás de mis gafas había alguien más peligroso que él. Y yo no tuve que hacer nada, sólo mirar el paquete. Me encanta ese poder. Ojala mi verdadero yo (o falso yo, llevo tanto tiempo con las gafas puestas que comienzo a no tenerlo claro) pudiera hacerlo. Pero ellos ven en él a un chico tímido y manso, sin rastro de ambigüedad. A veces me da pena ese chico. Nadie lo comprende. Ni el mismo. Ni yo.

Desde luego no su novia o familiares. Se dedican a estar cerca de él, aleteando a su alrededor para denotar su presencia sin apenas interactuar.

El tiempo pasa. Yo viajo cada vez más, cada vez que comienzo a sentir que mis nuevos amigos o mis siempre cambiantes mujeres pueden intuir las arrugas alrededor de mis ojos. Cuando eso pasa, cojo algo de dinero prestado del primer sitio que encuentro, me subo en un avión y me marcho a otro lugar. A veces no es necesario que sea lejos, sino que tan sólo sea otro lugar. Allí hago nuevos amigos y tomo cerveza mientras juego al billar. Me follo a sus amigas o novias y les enseño nuevas posturas que desconocían. Hasta que ellas comienzan a mirarme fijo, a acercarse poco a poco a mi para tratar de ver a través de mis cristales, para ver mi otro yo, a ese que disfruta ahí detrás manejando mis mandos como si yo fuese una videoconsola. Por eso me gustaba darles la vuelta y follarlas a cuatro patas. Porque el único contacto que quiero con ellas es el de sus nalgas rebotando en mis caderas, sus gemidos acompañando mis gemidos, su corazón latiendo con el mío, pero no al unísono.

Cada vez pasa más a menudo. A veces sólo tengo tiempo de echar un par de partidas de billar y a follar un par de veces antes de que esa sensación de sentirme observado me acucie y tenga que escapar.

No sé donde me encuentro ahora, pero tengo que volver. Dejar salir a ese manso que viste polos y pantalones de pinzas, darle la mano y dejar que me guíe a casa. Si es que existe algún sitio que pueda llamar hogar.

Intento quitarme las gafas, pero hacen resistencia. Parece que las arrugas de mis ojos se hubieran enroscado en la montura para no dejarlas marchar. Siento el vacío dentro de los cristales. Lo intento con las dos manos y consigo separarlas un poco, pero me duele. Descanso unos momentos y decido tirar con más fuerza, hasta que las ampollas que se formen en mis dedos sangren y exploten.

No puedo llevar más estas gafas. No quiero.

Tiro y hago fuerza con mis brazos, sintiendo la conocida presión en los omoplatos. Se separan un poco. Tiro más fuerte, ignorando el dolor, diciéndome que dentro de poco podré volver a esa casa que tanto odié donde nadie me quería realmente. Ni siquiera yo. Un poco más. Más dolor, más fuerte. Ya las siento casi separadas de mi piel, así como los pequeños regueros de sangre resbalando por mis mejillas.

El tirón final. Y lo consigo.

Caigo al suelo ahogado de dolor, mezclando la sangre con mi sudor y mis lágrimas. No veo nada. Todo está negro. No veo las gafas de sol tiradas en la acera a un par de metros de mí, pero sí distingo los gritos de los niños que se han dado cuenta que mis ojos han quedado pegados a los cristales. Y entonces lo comprendo. No son mis ojos, ya no. Son los ojos de las gafas. Y ni yo ni el chico de los pantalones de pinzas (o quizá seamos el mismo, no lo sé) podremos usarlos más.

Paso una temporada en un hospital de una ciudad desconocida. Me han informado de su nombre y su localización, pero no quiero saberlo. Ahora sólo oigo un idioma que no entiendo y toco mis sábanas y mi mesilla de noche.

Nunca he sido tan feliz.

Santiago Pajares.

24 de julio de 2007. Avión Madrid- Copenhague.

Relatos

La librería de los encantos

6 de Junio de 2009

La historia que voy a contaros ocurrió al poco tiempo de mi decimosexto cumpleaños. Aconteció en la librería de mi padre, famosa en toda Madrid por la cantidad de libros antiguos y modernos que puedes encontrar en ella; además esta historia le concedió una gran reputación como librería. Todo sucedió así:

Una calurosa mañana del 10 de agosto de 2004, mi padre estaba atendiendo a los clientes que entraban en la librería, siempre desde su mesa del ordenador donde tenía guardados casi todos los nombres de los libros que había en ella; de los que no sabía el nombre eran, en la mayoría de los casos, los libros o manuscritos antiguos. Yo lo que hacía era pasearme por la tienda y admirarla, además de vigilar los libros, porque no me fiaba de nadie; justo esta cualidad me sirvió de mucho ese día.

Eran ya las doce y media de la mañana cuando un hombre con chaqueta gris, amplio sombrero y aspecto poco fiable entró en la tienda. Saludó cortésmente a mi padre y se adentró en los pasillos de la librería. Le seguí. Desde el primer momento que le vi mi sexto sentido me dijo que aquel hombre no traía buenas intenciones, no sabía el porqué, pero me daba esa sensación.

El hombre se paseó durante mucho rato por la librería, se paraba delante de las estanterías y miraba los libros. Parecía buscar algo. Después de recorrerse la mitad de la librería, se paró súbitamente delante de una estantería vieja y carcomida. Recordé entonces que en esa estantería mi padre guardaba los libros más antiguos que poseía, pero que no tenían mucho valor por estar rotos, estar llenos de polvo y ser muchos de ellos casi ininteligibles. El hombre cogió uno de los libros y lo examinó. El libro era grueso y tenía la pasta rota. Se veía de lejos su pobre encuadernación y además que debía de llevar mucho tiempo olvidado porque tenía hasta telarañas. Entonces me fijé en el hombre y observé que se le desdibujaba una sonrisa en la cara, como de haber encontrado lo deseado. Yo, que estaba escondido detrás de una de las estanterías, me pregunté por qué habría esbozado esa sonrisa. Pero entonces, sin querer, me apoyé en la estantería donde me encontraba y ésta crujió. El hombre lo oyó y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Fue en ese momento cuando me vio. Rápidamente dejó el libro en su sitio y salió de allí, se dirigió hacia la salida y se marchó de la librería sin decir adiós. Esa conducta me pareció muy extraña y sospechosa.

Aquella tarde, cuando habíamos cerrado la librería, mi padre y yo fuimos a ver el correo. Entre las cartas que había encontramos una enviada por el director del banco. Decía lo siguiente:

Estimado señor Matías:

Se le hace saber que en el plazo de una semana deberá pagar las deudas atrasadas que ha ido acumulando. Le recordamos que esas deudas ascienden a 10.000 euros, y que si en ese plazo no ha saldado sus cuentas, le embargaremos la librería con todos sus libros.

Queda muy reconocido: Don Arturo García López, director-gerente.

Me quedé de piedra. Miré a mi padre y éste a mí. Nos quedamos así durante un buen rato, como recapacitando en lo que habíamos leído, pensando en las consecuencias que eso llevaría. Después de un rato de silencio decidí hablar:

- Bueno, habrá que conseguir ese dinero, ¿no papá?

- Así es hijo – respondió él.

- Pero – dije dubitativo -, ¿cómo has llegado a acumular tanto dinero a deber, papá?

- Créditos, hijo mío, créditos – contestó él.

- Entiendo, has pedido créditos al banco para mantener la librería, pero como administras tan bien tus ganancias te has quedado sin dinero suficiente para saldar la deuda. ¡Eres un buen hombre de negocios, papá!.

- Calla, hijo – respondió él con poco ánimo -, no te rías de mi desgraciada capacidad para administrar el dinero, imagínate si esto hubiera sido en una gran empresa.

- Lo sé, pero lo que está en juego es nuestra librería, y es lo único que tenemos para alimentarnos y subsistir. Si la perdemos, será la ruina para nosotros, tendremos que buscarnos otro trabajo y yo tendré que dejar mis estudios de música, porque las escuelas no son baratas. Además, sabes que no soy buen estudiante y aparte de la librería, que es lo que más me gusta, no me veo haciendo otra cosa.

- Lo entiendo – contestó él -, pero  no somos ricos y no tenemos ese dinero, ¿de dónde lo vamos a sacar?

- No sé, ¿ por qué no le pides ayuda a los abuelos? – pregunté yo.

- Podría ser buena idea – respondió él -, pero no nos la darían, ya sabes que no tenemos buenas relaciones con ellos.

- Pues no tengo más ideas papá, será mejor esperar y buscar alguna solución más precisa cuando estemos más calmados.

- Tienes razón, hijo – contestó él -, nos estamos precipitando, tenemos una semana, ya se nos ocurrirá algo.

Diciendo esto me abrazó. En ese abrazo noté la ansiedad y el miedo de mi padre a perder la librería. Noté sus temores, que no eran pocos, y sus nervios, ya que le temblaba todo el cuerpo. Nos encontrábamos en una situación muy seria.

Al día siguiente abrimos la librería como cualquier día corriente y empezamos a atender a las personas que iban entrando. Aquel día me sorprendió notablemente la cantidad de libros que vendimos,  mi padre me dijo que eso era un buen presagio, aunque notara la inquietud en su rostro.

Dos horas más tarde, cuando estaba colocando la nueva remesa de libros que nos habían enviado, entró en la tienda el mismo hombre que el otro día había seguido con cautela y me despertó tanto misterio y desconfianza. Desde una de las estanterías observé todos sus movimientos por si las moscas. Esta vez no saludó a mi padre y se dirigió con paso rápido a la estantería de libros antiguos. Iba a seguirle cuando en ese mismo instante me llamó mi padre para que atendiera a uno de los clientes. Yo protesté pero él ni se inmutó y me dijo que lo hiciera. Por no desobedecerle atendí al cliente, que por suerte sólo quería un ejemplar de Robinson Crusoe. Inmediatamente fui a la estantería de libros antiguos y busqué al hombre que tanto me inquietaba. Cuando me dirigía hacia allá le vi salir sigilosamente de la librería. Me temí lo peor y rápidamente le seguí. Desde lejos observaba sus movimientos sin que me viera. De repente se paró en una esquina y extrajo algo de su chaqueta. Era el libro. Mis temores se habían hecho realidad, ese hombre era un ladrón. Sin pensarlo un instante grité:

- Al ladrón.

El hombre lo oyó y empezó a correr. Iniciamos una persecución frenética por las calles de Madrid que duró más de diez minutos. Él corría muy veloz pero yo le mantenía la distancia. Cuando pasábamos junto a la gente nos miraban con extrañeza como si estuviéramos echando una carrera para ver quien era más rápido. En el momento en que empezaba a cansarme, la suerte quiso que el hombre tropezara y se le cayera el libro, de manera que cuando fue a recogerlo ya casi le estaba alcanzando. Entonces maldijo en voz alta y salió huyendo de allí mientras yo recuperaba el libro que nos habían intentando robar. Sin pensarlo miré el libro, que era de gran tamaño. Carecía de título y empezaba con las palabras HIC incipit. Algunas letras estaban borrosas pero aún así se podían leer palabras escritas en castellano muy antiguo. Entonces miré en las hojas interiores del libro para comprobar si estaba igual de deteriorado que la primera hoja. Entre las hojas encontré muchos escritos medio borrados y dibujos realizados a mano. Me fijé en los dibujos, eran viejos y representaban a la imprenta de Gutenberg tal como la fabricó él. Una terrible sospecha empezó a nacer en mi interior. Inmediatamente busqué alguna fecha para confirmar mi suposición. Tras buscar con ahinco encontré lo apetecido. Entre las líneas de un texto desfigurado pude traducir lo siguiente: … cuarenta años antes el maestro Gutenberg había inventado la máquina milagrosa, el mundo cambió por esto … . Me quedé sin habla, mi sospecha se había cumplido, aquel libro estaba impreso en 1480, cuarenta años después de invertarse la imprenta. Aquel libro que tenía en mis manos, aunque yo no me lo creyera, era ni más ni menos que un INCUNABLE.

Sin pensármelo dos veces corrí de nuevo a la librería para contárselo todo a mi padre. Tras decírselo se quedó sin habla y me respondió que lo mejor era avisar a la policía. Yo contesté que no hacia falta, pero insistió en que en un intento de robo siempre hay que dar parte a la policía. Me resigné y le acompañé a la comisaría.

Ya en ella pedimos hablar con el comisario, que además era un antiguo compañero de colegio de mi padre. Nos dijeron que esperásemos en la sala de estar. A los pocos minutos un hombre menudo, con barba y gafas nos recibió. Él y mi padre se estrecharon la mano y entonces supe que ese hombre era el comisario. Pasamos a un despacho amplio y bien decorado, de lo que supuse que sería el del comisario. Se sentó en un mullido sillón colocado junto a una mesa grande y llena de papeles. Entre los cuadros que decoraban la sala había también muchos diplomas y fotos del comisario. Mi padre decidió empezar a hablar:

- Bueno Manolo, parece que te van bien las cosas.

- Ya ves, Matías – respondió el comisario -, cuando uno es reconocido como el mejor policía de la ciudad las cosas pintan muy bien.

- Lo sé – contestó mi padre -. Ya he visto tu diploma en la pared al entrar. Detuviste a un terrorista y te ascendieron, me acuerdo por los periódicos.

- Tienes buena memoria Matías, pero me parece que no has venido a hablar de esto precisamente.

- Así es – respondió mi padre -. He venido por asuntos bien diferentes. Han intentado robar en nuestra librería esta mañana.

- ¡Qué me dices! – exclamó el comisario.

- Que han intentado robarnos un libro esta mañana.

- ¿ Un libro? ¿ Qué tipo de libro? – preguntó de nuevo el comisario.

- Este libro – dijo mi padre, y se lo entregó.

Entonces decidí hablar:

- ¿ Sabe usted lo que es un incunable?

- Claro – contestó él.

- Pues creemos que este libro es un incunable.

El comisario se me quedó mirando con cara de haber estado escuchando a un chino. Entonces cogí aliento y le conté mi historia.

Después de contársela empezó a reírse y exclamó.

- ¡ Pero Matías, este libro puede ser de gran valor, deberías mandar que lo examinen! Es muy probable que consigas un beneficio económico.

Mi cabeza empezó a calibrar tal idea, entonces sin saber por qué grité. Grité de contento y grité por la suerte que habíamos tenido al encontrar ese libro, mi alegría no tenía fin. En pocos días el comisario nos puso en contacto con la Biblioteca Nacional para que examinaran el libro. Tras comprobar que se trataba de un incunable comenzamos la negociación. Tuvimos la suerte de que nos ofrecieran los 10.000 euros que pedíamos por él, aunque al encontrarse el libro en mal estado querían pagarnos menos. Finalmente nos entregaron el dinero y conseguimos salvar la librería, por fin la librería volvía a respirar tranquilidad y entusiasmo, y es que además adquirió gran importancia ya que durante los siguientes años donamos muchos más libros  de nuestra gran colección.

1er Premio del II concurso de cuentos del IES “Las Canteras”. Sección de Collado Mediano.

Alfonso Herreros Cabello

14 años, 2º ESO.

Relatos

VII Concurso de cuentos José María Rubio

21 de Mayo de 2009

Relato ganador

BENDITA INAUGURACIÓN

Que no, que no habíamos votado a la nueva corporación municipal para que con nuestros impuestos repararan la techumbre de la Iglesia, que no, que ya era hora de incorporarse  a los nuevos tiempos. Que en el pueblo también queríamos participar de las últimas tendencias, ya saben: el Relativismo, el Existencialismo, el Materialismo, pero sobre todo el Nihilismo. Deseábamos tener una localidad nihilista, muy nihilista, nihilista del todo. Aunque, ¿cómo conseguirlo? Muy fácil. Para nosotros el Nihilismo consistía en abandonar el tejado de la Iglesia a su suerte, e invertir en una nueva discoteca, una macrodiscoteca, en la que cada noche nos pudiéramos reunir a bailar, tomar una copa o simplemente a charlar sobre la deriva filosófica de Occidente.

Dicho y hecho, pues siendo la voluntad del electorado, y a pesar del voto en contra de la oposición, se iniciaron las obras de la macrodiscoteca municipal, mientras el artesonado de la nave central de la Iglesia se carcomía en un crujido agonizante, y las cuatro beatas que aún acudían a misa se quejaban de que las goteras les empapaban los padrenuestros y el frío les helaba las avemarías. Entre ellas, se encontraba la madre del alcalde, que desde el día de las elecciones no se hablaba con su hijo.

En un año la discoteca estaba terminada. A la inauguración asistió el ayuntamiento en pleno, así como la mayor parte de los habitantes del pueblo. El edificio era soberbio, de verdad. Mostraba un aspecto, cómo diría yo, entre  minimalista y jaitek, no sé. Quizá algo frío, vale, pero con ese aire de vacío nihilista postmoderno que tanto habíamos anhelado.

Uno a uno salieron a la pista de baile las máximas autoridades ante un atril improvisado para la ocasión. Los discursos se prolongaron tediosamente y cuando ya se oía algún ronquido entre el público, acomodado en los sillones de escai, nos sobresaltó un estruendo en el exterior, como si la tierra se hubiera abierto en dos, como si un trueno apocalíptico hubiera descendido del mismísimo cielo. Nos miramos aterrados, y a punto estuvimos de correr despavoridos, si no llega a ser porque al poco vimos al párroco avanzando por el pasillo con el pelo cubierto de yeso, la sotana hecha jirones y una biblia empolvada bajo el brazo, seguido de la madre del alcalde y otras feligresas sacudiéndose los hombros y las faldas. A grandes zancadas se acercó a la pista de baile, desplazó a un lado al concejal con tan sólo una mirada y, colocando las Sagradas Escrituras sobre el atril, sin explicación alguna, continuó la lectura del Evangelio según San Marcos, ahí donde el derrumbe la había detenido. Las fieles, a falta de sitio para sentarse en los sofás, se acomodaron en unos incómodos pufs de neopreno. Un monaguillo, el hijo del churrero, con una astilla aún enredada en el flequillo, se colocó junto al sacerdote cuando éste ya llevaba un buen rato leyendo.

Tras la Lectura vino la Homilía y acto seguido el resto de la celebración. Y miren ustedes, yo no sabría explicar lo que ocurrió, pero de allí no salió un alma, palabra. Nos quedamos todos extasiados siguiendo la misa, y hasta hubo gente que se lanzó a cantar el qué alegría cuando me dijeron. Luego, apenas terminada la ceremonia, el hijo del churrero hizo sonar la campanilla que había podido rescatar del desastre y extendió al párroco un incensario. Éste lo agitó enérgicamente y bendijo por igual a beatos y a nihilistas.

Así concluyó la inauguración de la macrodiscoteca. A partir de ese día, se habilitó también como parroquia, y de la bola de espejitos que pende del techo de la pista, se ha colocado un gancho del que cuelga un crucifijo metálico de quita y pon, que se pliega por los brazos y se esconde en el armario que hay junto a la barra; el altar se improvisa con dos mesas juntas cubiertas por unas faldas de vainicas y el guardarropa hace las funciones de confesionario.

Parece que todos estamos contentos, y hasta la madre del alcalde se ha reconciliado con su hijo. Por mi parte, debo señalar que entrar en una discoteca nihilista que huele a incienso me parece una experiencia única, de verdad, casi mística.  Si Nietzsche viviera, le invitaría a mi pueblo a conocerla.

Palabra.

Silvia Corella Pla

Relatos

Desequilibrio

15 de Marzo de 2009
Triste Saayi está contento. Sus compañeros alegran su viaje.¿Quién
sabe? Quizás se arriesgue a conocer más gente.Un día hermoso, de tenue
sol acaramelado y dulce brisa a la alborada entran en un pueblo. Con
las primeras luces todo el mundo sale a sus quehaceres. Las calles
despiertan. El ruido de trajín diario conforma un apetecible
paisaje.Caminan por las calles serpenteantes, caóticas, extrañas y, sin
embargo, confortables. Aquí y allá se abre una puerta. Triste Saayi
vislumbra un patio florido. La brisa empuja los aromas al exterior. Te
arrullan. Te convencen. Te atraen al interior.Triste Saayi se sacude el
embrujo con un suspiro. De pronto se detiene. Percibe algo mucho tiempo
olvidado.Se siente en casa. El Hombre Desesperado marcha pegado a
Triste Saayi. No quiere mirar. No quiere sentir. Siente que está en
casa. El Caminante, ajeno a todo, disfruta del viaje. No sabe como
repartir su atención. Nada escapa a su mirada. Un poco de humanida,
para variar. Llegan a una plaza. En el centro, una fuente. El agua
repiquetea en el vaso que la soporta. El sonido es alentador, hermoso.
Junto a la fuente una niña llora. La plaza está abarrotada. Llena de
vida. Llena de gente. Demasiada gente. Sólo el Caminante parece
percibir el llanto desconsolado. Se acerca a la niña y toca levemente
su hombro. El oleaje de dos profundos mares le desconcierta. ¿Por qué
lloras? La niña se enjuaga las lágrimas con sus manos embadurnadas. Mis
padres ya no me quieren. Nació mi hermano y ahora le dedican toda su
atención. Ya nada importa. Manché mis manos con barro. Perdí mi muñeca
favorita. Ensucié el hermoso vestido que me regaló mi abuela, pero mi
madre no está aquí para regañarme. Ahora el Caminante está sorprendido.
No te entiendo, pequeña. ¿Añoras la regañina? Añora a su madre
-interviene Triste Saayi-. No importa para qué. Tan solo quiere la
atención que antes recibía. La niña no se atreve a mirar a Triste
Saayi. La verdad a veces deslumbra. No debes preocuparte, querida
-prosigue Triste Saayi-. Tuviste durante un tiempo ese amor que ahora
tiene tu hermano. Pronto volverá. Mientras te falte la atención de tu
madre no tendrás equilibrio. Cuando regrese, todo volverá a su lugar.
La niña alza la mirada tímidamente. Ahora fija su atención en el rostro
impenetrable de Triste Saayi. ¿Está seguro? La vida es una búsqueda del
equilibrio. Cuando nos falta estamos perdidos, huérfanos. Como esta
niña. Como tú que me estás leyendo. Como yo. Mas te aseguro que, tarde
o temprano, el desequilibro desaparecerá y la felicidad llenará tu
vida. ¿De verdad? -pregunta el Hombre Desesperado. De verdad, no. Todos
quedan quietos. nadie se mueve en la plaza. El mismo aire parece pesar
sobre las cabezas de los que allí se hallan. Ninguna mirada se despega
de los intemporales ojos de Triste Saayi. La niña abre la boca
inconscientemente. A veces -continúa Triste Saayi- ocurre que no se
puede tenerlo todo. La actividad es retomada al unísiono por todos.
Algo ha cambiado. La voz de Triste Saayi, como un suspiro, recorre la
plaza. Nadie se atreve a levantar la vista de su labor. La verdad
siempre duele.

Eduardo Juárez Valero

Relatos

Piedras

15 de Marzo de 2009

Sé que puede sonar absurdo, pero es una afición mía. No digo que nadie tenga que estar de acuerdo ni compartirla. Tampoco lo recomiendo como terapia para equilibrar el chi o redondear los chacras. Tan solo es algo que comencé a hacer. Creo que la primera vez tenía seis años. Me maravilló aquella playa hecha de piedras y guijarros. Todas las playas que había visto en mi vida, ya sabéis, en fotos, videos y películas, en calendarios o dibujos, eran de arena fina. Amarilla o marrón o blanca. Pero aquella estaba sembrada de millones de guijarros y piedras de todos los tamaños. Cogí una de ellas, busque la superficie plana y estampé una palabra con un rotulador. No me acuerdo de cuál era. Tan solo me fijé en el conjunto de letras que flotaban en mi cabeza y lo escribí en la superficie de la piedra. He pasado muchos años tratando de recordar esa primera palabra que lo cambió todo. Al menos para mí y mi forma de ver el mundo. Un par de años después mis padres y yo volvimos a la misma playa. Yo en ese momento tenía un hermano pequeño, apenas un bebé. Ya sabéis, balbucía cosas sin sentido y movía los brazos, pero no parecía estar diciendo nada. Me acordé de la piedra de unos años antes y traté de buscarla. Recordaba con claridad la forma, su superficie pulida rota por una muesca en un lateral. Pasé dos días levantando piedras y arrinconándolas en el otro lado de la playa, pensando que hay un número limitado de piedras y que en algún sitio debía estar. Al fin y al cabo, nadie se llevaba piedras de la playa de recuerdo. Tras sorber las lágrimas por no haberla encontrado cogí otra piedra, la más parecida que encontré, agarré un rotulador de los que mis padres me traían para que pintara y los dejara tranquilos y escribí otra palabra. Esta sí la recuerdo, pero no os la voy a decir. Pienso que en cierto sentido no debo hacerlo, al fin y al cabo no es mi palabra. La puse tan solo porque mi hermano no sabía escribir, solo movía los brazos sin hacer nada. Pensé que así mi nuevo hermano tendría también su piedra. Para que no me ocurriera lo de antes me fui a un extremo de la playa y la coloqué en un saliente de roca, lo más alto que pude subir a un peñón antes de que mis padres comenzaran a gritar que me bajase.

Pasé aquel año pensando en aquella piedra. Cuando llovía, imaginaba las gotas de lluvia golpeando y resbalando por su superficie. Cuando hacía sol, tocaba alguna chapa caliente de coche e imaginaba que esa debía ser la temperatura de la piedra. En cierto modo, cuando las cosas me iban mal, cuando mis padres se gritaban y se tiraban cosas y nos mandaban a mi hermano y a mí quedarnos en mi cuarto, yo me acurrucaba en un rincón y pensaba en la piedra. Me imaginaba que yo era esa piedra, y que ni todo el sol ni toda la lluvia del mundo podrían traspasarme.

Según me fui haciendo mayor, continué haciéndolo. Cada vez que íbamos a un sitio nuevo y a mí me gustaba un paisaje o algo me emocionaba, cogía una piedra, sacaba un rotulador y escribía una palabra, la primera que se me venía a la cabeza. A veces no eran palabras pre-existentes, sino que las creaba yo mismo en ese momento. Eran la transfiguración en letras de mis estados de ánimo. Nunca he creído en las palabras. Las palabras van y vienen, pero las piedras se quedan para siempre. Me imaginaba esas piedras en la era prehistórica cuando los dinosaurios dominaban la tierra y en épocas futuras, cuando hubiéramos contactado con extraterrestres y las guerras se hubieran acabado. Mis piedras seguirían allí. Serenas. Inmutables.

Llegué a atesorar cientos de piedras en más de dos docenas de países por todo el mundo. Había palabras de mi invención en arrozales de China, en templos budistas en Japón, en las explanadas de Nazca, en el fondo de minas de diamantes ya en desuso. Allí estaban mis piedras, todas perfectamente rotuladas con palabras ininteligibles incluso para mí. Pienso en ellas y me siento mejor. Me tranquiliza. Pienso en que estoy desperdigando mi alma por los lugares del mundo que han sido importantes para mí, que cuando yo me vaya mis piedras seguirán en el mismo sitio. Algún día alguien las verá, recordará a la persona que las rotuló y se preguntará el porqué. Me divierte pensar que ni siquiera yo mismo lo sé. Me río antes de tener el chiste.

Los años transcurrieron y me hice adulto. Hice lo que los adultos hacen. Encontré un trabajo y una mujer que decía que me quería y me abrazaba por las noches antes de quedarse dormida. Tuvimos un hijo y después otro y yo trabajé más para que a ellos no les faltara de nada. Traté de evitarles las peleas que yo presencié de mis padres. Les abracé a su vez y les dije que les quería, y ellos sonrieron y me dijeron que me querían, y todo parecía estar bien. Tenía mi mujer. Tenía mis niños. Tenía mis piedras y mis palabras sin sentido. La cosa no podía ir mejor.

Cuando los niños fueron algo mayores, mi mujer se empeñó en que nos fuésemos de vacaciones. Insistió e insistió en que los niños debían salir de la ciudad y respirar otros aires aunque fuera por unos días. Empujó y empujó hasta que a mí no me quedaron fuerzas para decir que no y accedí a llevarlos a la playa, la misma a la que mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí antes de que nuestra vida familiar se convirtiera en un infierno.

Mientras veía a mis hijos lanzándose guijarros pensé que mi tradición bien podría no acabar conmigo, y que podría enseñar a mis hijos a hacer lo mismo que yo, así que les llamé y cogí un rotulador y les expliqué lo que hacía y por qué lo hacía. Ellos me miraron sin comprender nada. Creían que era algún tipo de juego, pero no le encontraban el sentido ni la diversión. Yo no le di demasiada importancia, al fin y al cabo eran niños. Imaginé que siendo adultos quizá le encontraran una lógica que a mí siempre me fue esquiva. Miré a mi alrededor y comencé a buscar una piedra como la de aquella primera vez, con una muesca en un lateral. Tras un par de minutos encontré una adecuada y se la enseñé. Ellos solo veían una piedra. Saqué mi rotulador del bolsillo y le di la vuelta. En la superficie, borrada por el tiempo, encontré los trazos de aquella primera palabra que escribí cuando era niño. La erosión del aire y el agua habían casi borrado los trazos por completo. Aquella palabra había desaparecido para siempre. En un segundo se me vinieron a la cabeza las cientos de piedras que había atesorado y cómo en unos pocos años ya no quedarían siquiera los trazos que recordaran que alguien las había escrito. Las palabras van y vienen, pero las piedras se quedan. Mis hijos se asustaron cuando comencé a llorar desconsolado, viendo como las lágrimas corrían por mis mejillas. El más pequeño tocó una de ellas con el índice y la sostuvo un momento en su yema. Entonces me abrazó y trató de consolarme como yo le consolaba a él cuando lloraba. Y yo le miré y él me miró. Y entonces, no sé por qué, los trazos de la piedra no me parecieron pequeños fragmentos de mi alma desperdigados.

El mayor me quitó la piedra de la mano y la lanzó al mar. Miramos las ondas en el agua hasta que desaparecieron. Nos cogimos de la mano y volvimos a casa.

Santiago Pajares.

14 de enero de 2008

© 2008 – Santiago Pajares

Relatos