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Antonio Muñoz Molina y HG

MI LIBRERO Y YO
Ocho escritores, desde Antonio Muñoz Molina hasta Manuel Vicent, homenajean a sus libreros en el periódico EL PAÍS.



HERMINIO GAS: UN ROBINSÓN EN EL UNIVERSO DE LOS LIBROS.

A veces he tenido la sospecha de que Herminio vive rodeado de libros no para venderlos, sino porque le gusta estar cerca de ellos, y por eso hay algunos de mucho éxito comercial que están proscritos en su librería y otros que pone en el escaparate y que son prácticamente imposibles de vender. Más que un reclamo, los exhibe como una declaración de principios, como un desafío.

Como dice Mario Muchnik, se acercan malos tiempos para el lector chico, para el editor chico, para el librero chico: las editoriales se han convertido en proveedores atolondrados de los grandes almacenes, y la información cultural, es un sucedáneo algo patético de las secciones de espectáculos y las columnas de chismes; pero por ahora, de un modo misterioso, la literatura se las arregla para sobrevivir, y surge de pronto en los lugares más insospechados.

En un vagón de metro lleno de gente alguien va leyendo un ejemplar gastado de La metamorfosis. En una editorial levantada casi heroicamente por aficionados pasionales se publica un libro extraordinario que ha sido invisible o desdeñable para los editores poderosos. En una cultura marginal, la de los hindúes del Caribe entre los que nació V. S. Naipaul o la de los judíos pobres de los guetos polacos de los que procedía Isaac Bashevis Singer, surge de pronto un escritor con talento, y el mundo desconocido y casi ínfimo en el que ha nacido se convierte en el de cada uno de nosotros, de modo que la isla de Trinidad o una aldea judía de Polonia son tan capitales de la literatura como Londres o Nueva York.
En un pueblo diminuto de la sierra de Madrid, uno puede encontrar las obras maestras más difíciles y también las rarezas más inesperadas, y a un librero apacible que también vende cuadernos y bolígrafos y pasa las horas acompañado por su gato, un gato que se acomoda sobre las pilas de libros con una majestad de felino bibliófilo.

Nunca salgo de allí con las manos vacías, y a veces me llevo en ellas un tesoro. Quién iba a decirme que en la librería papelería de Collado Mediano iba a encontrar la novela de más ímpetu que he leído en mucho tiempo, La piedad peligrosa, de Stefan Zweig. El día que me la compré entró alguien preguntando por las memorias de Maradona, y el librero le dijo que ya habían salido, pero que él no las tenía: "Es que a mi el fútbol no me gusta".

Y se quedó tan fresco.







Antonio Muñoz Molina / El País Semanal.