Premiados

Ganador 6º Concurso Literario de relato categoría 1º/2º IES Collado Mediano 2013

Una aventura bajo el suelo.

Si alguna vez pasáis por el barrio de Cornsville, visitar a Mike Thompson, un hombre humilde, trabajador, aventurero… pero, me estoy yendo por las ramas, os hablaré más detalladamente de él.

Hace 50 años, en 1963, un chaval de 8 años de edad vivía en Cornsville, un barrio que se acababa de construir. Estaba situado en las afueras del estado de Nebraska, al lado de Omaha, en Estados Unidos. Ese chaval se llamaba Mike Thompson y era hijo de Steve Thompson, un panadero que tenía una panadería propia, la única de Cornsville. En esa panadería trabajaban su padre, su tío y un señor llamado Henry. Su padre hacía los panes y bollos que vendían, su tío atendía a los clientes y Henry repartía el pan por las casas. Mike iba todos los días al salir de la escuela hiciera el tiempo que hiciera.

¡Ah!, y hablando de escuelas, Mike iba a la escuela pública de St. James. Iba a 3º de primaria y era un alumno muy normalito, no solía suspender pero tampoco solía sacar un 10, Mike rondaba el 7 o el 8 en muchos exámenes. La asignatura que más le gustaba era Educación Física porque le gustaba el baloncesto y su profesor los dividía siempre para jugar al fútbol americano, al baloncesto o al voleibol. La asignatura que más odiaba era matemáticas, se equivocaba en operaciones que a sus compañeros les resultaban facilísimas, sacar un 5 o un 5,5 era un logro para él. Pero la historia de Mike no va de notas ni de su padre ni de la panadería, va de algo que cambió su vida por completo.

Mike era un chico muy curioso y siempre quería escuchar los cotilleos y cosas por el estilo. También buscaba cosas interesantes para presentarlas en el periódico del colegio, al que quería entrar pero no le dejaban hasta que no llevara una buena historia. Llevó muchas, desde un perro que había salvado a un gato de caer de un tejado hasta de un termitero de 20 cm en su jardín, pero seguían sin dejarle entrar.

Un día Mike iba por la calle cuando oyó un ruido extraño. Sonó como un taladro muy potente, siguió el sonido para ver de donde procedía y llego a un pequeño agujero no más grande que su cabeza. Miró pero estaba muy oscuro, entonces fue a su casa y volvió son una linterna, pero el agujero era más grande que antes, Mike no entendía nada, entonces con su linterna miró el interior y se le quedaron los ojos como platos al ver un extraño artefacto con un taladro en la punta. Mike se metió dentro y escucho un ruido parecido al de un susurro:

-¡Un intruso!, ¿qué hacemos?

-¡Cállate!, nos va a descubrir.

-¿Hola?-dijo Mike-¿Hay alguien ahí?

Todo seguía estando oscuro y era imposible ver. Y al alumbrar con la linterna divisó a dos seres con forma de topo pero… ¡Tan altos como él!

-Hola-dijo Mike.

-Hola-le contestó uno de los seres.

-¿Quiénes sois? o, mejor dicho, ¿Qué sois?

-Yo me llamo Top y él se llama Tap y somos topídeos.

-¿Qué es un topídeo?-pregunta Mike estupefacto.

-Es lo que somos nosotros. ¡Au!-dice Tap, y recibe un fuerte pisotón.

-Se refiere a si somos un animal, un insecto…-dice Top.

_Ahhhhh… con que era eso, pues un topídeo es un ser que habita en las profundidades más profundas de la corteza terrestre. Subimos de vez en cuando para suministrarnos de alimento y, después, volvemos a casa.

-Pero ahora nos vamos a quedar aquí un tiempo, cada 9 meses, la corteza se calienta y nosotros subimos para pasárnoslo bien.

-Pero, ¿no sois ciegos?

-¿Por qué tendríamos que estar ciegos?

-Porque en mi mundo hay unas criaturas que se parecen a vosotros y se llaman topos y, bueno, la mayoría son ciegos.

-No, nosotros vemos perfectamente.

-Bueno, y una cosa, ¿y esa luz?

-Es nuestro reino y nosotros guardamos la entrada a él, no debe pasar nada ni nadie.

-¿Y por qué habéis hecho un agujero en la superficie?

-Estábamos excavando para coger alimento y nos pasamos un poco con nuestra excavadora.

-¿Entonces yo soy un intruso?

-En teoría sí.

-Pero nos has caído bien chaval, dinos tu nombre.

-Mike Thompson, pero me podéis llamar Mike.

-Vale, pues te llevaremos ante nuestro rey

Y los dos topídeos le condujeron hacia su reino. Allí Mike vio a un ser muy parecido a los dos topídeos que le acompañaban, debía ser su rey. Tomó la palabra Top:

-Sir Tóplar le presentamos a Mike Thompson-dijo el topídeo.

-Es un terrestre mi señor-dijo Tap.

Murmullos de asombro inundaron la sala ¡Nunca habían visto a un humano!

-¡¿Le habéis dejado entrar aun sabiendo que está prohibido hacerlo?!

-Señor, viene en son de paz.

-¡Me da igual! ¡Como si viene con mil kg de gusanos!

-Señor, permítame, yo no sabía que vuestro reino estaba aquí, solamente entré por un agujero que había y me hicieron un interrogatorio.

-Si es cierto eso que me lo confirmen ellos.

-Sí señor, es verdad, nos pasamos un poco con la excavado…-intenta decir Tap, pero Top le tapa la boca.

-Lo que mi compañero quiere decir es que al excavar el niño nos escuchó y se coló en nuestros túneles.

-Bueno, pero que no vuelva a pasar, el terrestre no podrá contar nada de lo que ha visto y…

Un grito interrumpe al rey Tópal, es la princesa Toperia, la están capturando.

-¡Hija! ¡Atrápenlos!

Muchos guardas corren a socorrer a la princesa pero no corren lo suficiente. Mike empieza a correr persiguiendo a los raptores. Entonces ve un objeto de forma esférica y lo recoge, enseguida lo lanza y consigue dar a uno de los raptores en la cabeza y tirarlo al suelo. Pero todavía queda un topídeo más que se está llevando a la princesa. Mike coge otro objeto esférico y lo lanza, consigue derribar al otro captor. Recoge a la princesa y la lleva ante su padre:

-Gracias, has salvado a mi hija, ¿cómo te puedo recompensar?, ya se, te nombraré topídeo honorario, nos podrás visitar cuando quieras.

Y, desde ese día, cada 9 meses, los va a visitar para pasárselo bien con Top y con Tap.

FIN

El pájaro escritor.

Daniel Navarro Garrido

Concurso Literario de relato categoría 1º/2º IES Collado Mediano 2012

 

LA PREGUNTA

La historia que os voy a contar ha pasado de generación en generación por muchas bocas y nunca se ha distorsionado, ahora veréis porqué.

Había una vez una madre que tuvo un hijo y estaba muy alegre porque descubrió que su hijo era perfectamente normal y que no tenía ninguna anomalía.

Al crecer el chico, vio que tenía un tornillo de oro en el ombligo y se fijó también en que los demás no lo tenían. Preguntó en su aldea y nadie sabía porque tenía eso en el ombligo, así que en cuanto tuvo edad, el chaval fue a visitar a los comerciantes. Creía que ellos sabrían de oro más que nadie, pero ellos no le pudieron contestar. Fue a visitar al rey de Vintas, el rey más rico del mundo, pero él tampoco sabía el porqué del tornillo. Visitó a los ingenieros de la Universidad porque pensó que nadie sabría de tornillos más que ellos, pero ellos, con todos sus libros, no le supieron dar una respuesta a su pregunta. Como último recurso, el niño fue a visitar al rey de Ademre, el rey más sabio del mundo. El rey puso una cara extraña y le dijo al chico, que si se sacrificaba al quitarse el tornillo, unas grandes arenas que estaban a punto de liberarse quedarían atrapadas en su interior, pero él se convertiría en un enorme reloj de arena. El chico aceptó porque comprendió que era su destino.

El rey trajo con gran ceremonia un destornillador de oro y dio una, dos, tres vueltas al tornillo y el tornillo con el niño desaparecieron. Al mismo tiempo apareció un reloj enorme con forma helicoidal del que caía una fina arena.

Cada vez que una persona muere y deja su pregunta sin contestar, un grano de arena es liberado. Así aparecieron los grandes desiertos de arena, pero eso, es otra historia.

Jorge López 1º B ESO

 

 

4ª Concurso Literario de relato categoría 3º/4º IES Collado Mediano

VACÍO

¿Estoy despierto? Sí, creo que sí. Me encuentro tumbado en mi cama con los ojos abiertos mirando el techo. Mi despertador ha sonado hace rato y yo, como siempre, remoloneo todo lo que puedo. Decido levantarme.

Inmediatamente voy al baño y tras eso me visto y bajo a desayunar. Entro en la cocina. “Que raro…no hay nadie” pienso para mí. Supuestamente, todas las mañanas mi madre está en la cocina preparando el desayuno. Lo único que veo es el tazón lleno de leche fría, los cereales en la mesa y el pan sin tostar sobre la bandeja. “Que extraño” vuelvo a pensar para mí. “Habrá salido a comprar o a algo parecido” me digo para tranquilizarme. Me preparo yo solo el desayuno y comienzo a tomármelo.

Nada más acabar subo a mi cuarto. Cojo el cepillo y me lavo los dientes. No se oye ni un sonido en casa. Sigo preocupado. Recojo mis cosas, las meto en la mochila y bajo las escaleras. Antes de salir a la calle, busco mis llaves y dudo si cerrar la puerta. “¿Tendrá llaves para entrar mi madre?” reflexiono. En la casa parece no haber nadie y sus llaves se encuentran como de costumbre junto al florero del recibidor, lo que indica que fuera no estaba. “Pero, entonces… ¿dónde está?” me pregunto desconcertado. No sé que hacer. Finalmente decido cerrar sin llave.

Ando por la calle. Al rato, algo empieza a inquietarme. No hay nadie en la calle. Ni coches circulando ni personas caminando. Estoy asustado. Las aceras vacías, los parques en silencio, las carreteras sin tráfico. No se ve vida por ningún sitio. Ni perros callejeros deambulando ni pajarillos en las copas de los árboles. Solo cosas inertes. Mis temores crecen y no sé el porqué de todo esto. Camino despacio.

Llego a la calle principal. Al final de ella está mi instituto. Me parece todo un mundo atravesarla. Pienso que es la mayor hazaña de mi vida. Me lleno de valor y comienzo a andar.

Sigue sin haber nadie a mi alrededor. Restaurantes y bares vacíos, tiendas abiertas pero desiertas, coches parados sin conductores. Sigo muy asustado, y a pesar de todo, continúo.

Ya he atravesado la mitad de la calle. Todavía queda mucho. Estoy sudando y tengo mucho miedo, aunque no me guste reconocerlo. Todo sigue sin moverse. El viento sopla levemente, y el frío de la mañana me congela aún más la sangre.

Llego al instituto. La puerta está abierta pero no hay nadie. El patio y el porche están desiertos. Ninguno de mis profesores ni compañeros dan señales de vida. Dejo la mochila en el suelo y miro en todas direcciones, buscando algo que me explique lo que está ocurriendo. Y entonces lo veo. Creo estar viendo visiones pero no es así. En la otra acera aparece Luis, llevando su pesada mochila a cuestas. Parece tranquilo y se dispone a cruzar la carretera. La cruza y en ese momento se fija en mí. Me mira como si fuera algo extraño. Le miro de la misma manera. Nos quedamos un rato mirándonos. Ninguno habla, ninguno se mueve. De repente habla él:

 

–         ¿Eres real?

 

Me quedo perplejo. No me atrevo a responder. Casualmente tengo la misma duda que él. Al final decido romper ese silencio.

 

–         Eso creo.

 

Mi respuesta le deja desconcertado. Me mira con más extrañeza que antes y me vuelve a hablar:

 

–         ¿Es que no lo sabes Diego?

 

Me parece estar soñando. “Ese ser que parece Luis sabe mi nombre” me digo. Creo que me estoy volviendo loco. La situación me supera, y creo que voy a desmayarme. El supuesto Luis sigue hablando:

 

–         Soy Luis, ¿no me reconoces?

 

Tengo ganas de salir corriendo. El tal Luis me da mala espina y quiero huir, pero mis piernas están quietas como si las tuviera clavadas al suelo. La aparición comienza a andar hacia mí, y esta vez sí consigo retroceder, aunque lentamente. Él se va acercando cada vez más. Parpadeo varias veces. Cierro los ojos y los abro rápidamente. De repente ya no está ahí, vuelvo a estar solo otra vez. Me giro asustado y comienzo a correr.

No paro hasta llegar a la marquesina de la parada del autobús. Me siento y escondo la cabeza entre las rodillas. Se me escapan algunas lágrimas. Decido tranquilizarme, y me digo a mí mismo que no estoy loco, que solo era un sueño y que pronto despertaré. Pero creo que no.

Estoy sentado, como cualquier otra persona que espera el autobús. Tengo los ojos rojos de tanto llorar, no sé que está pasando. La visión de aquello me había atemorizado aún más y mi cerebro no conseguía entender nada. Entonces noto una presencia cerca de mí. Levanto la cabeza y miro, pero no hay nadie. De repente se oye un estruendo de vasos, y dirijo mi mirada al restaurante de enfrente. Me levanto y ando hacia él con cautela. Llego a la puerta y entro. Nada de nada. Imaginaciones mías seguramente. Creo estar cada vez más loco.

Decido volver a casa, quiero comprobar que todo está como lo dejé. Algo me dice que tengo que volver. Corro para liberar la tensión. Mientras atravieso las calles sigue sin haber nadie en ellas. Entonces veo mi casa. Me paro a descansar, estoy sudando bastante y tengo toda la camisa manchada. Lentamente entro en casa.

Todo está igual. Nada ha cambiado desde que me fui. En ese momento empiezo a preocuparme por mi familia. “¿Dónde estará mi madre?” me pregunto alterado. Rápidamente tengo una idea, decido llamar a mi padre al trabajo. Siempre sale muy temprano de casa y nunca me despido de él por las mañanas, quiero saber si está bien, o mejor dicho, si está. Cojo mi móvil y marco el número. Nadie lo coge. Dejo que pite el teléfono pero nada. Me parece que estoy verdaderamente solo.

De repente surge una idea en mi cabeza: el televisor. Voy al salón y lo enciendo. Sale la 1. Se ven unos asientos y una gran mesa con papeles, pero no hay nadie. El telediario matinal de la 1 está vacío. Pongo la 2. Se ve una gran sabana, seguramente la africana. La cámara permanece quieta y no se ve ningún animal. Estoy más asustado que nunca. Cambio a Antena 3. No hay emisión. Cuatro y Telecinco más de lo mismo. Apago el televisor y me siento en el sofá. Estoy aturdido, confuso y muy asustado. Reflexiono sobre la situación. Al parecer estoy solo. Sin nada vivo, aparte de las plantas, a mi alrededor. “¿Dónde están todos?” me pregunto angustiado. Tengo muchas dudas y no consigo encontrarlas solución. A mi memoria vienen imágenes de películas donde algún hombre se ha quedado solo en el mundo, como en “Soy leyenda”, que por cierto, y maldita casualidad, es mi película favorita.

Salgo de casa. He cogido la bici y pretendo inspeccionar la ciudad. No veo nada raro en el ambiente. Es como si de repente todos hubieran volado por arte de magia. Parece cosa de ciencia ficción. Llego a la plaza. Todas las tiendas están abiertas, e incluso en los bares se pueden ver comidas preparadas. Todo es tan extraño.

Recorro más calles en busca de alguna señal, pero nada. Todo está vacío y solo. Sigo desconcertado, pero, al menos, he calmado mis nervios. Paro la bici, he llegado al centro comercial donde solemos ir todos los jóvenes, y no se por qué, pero algo me dice que tengo que entrar. Sorprendentemente, las puertas automáticas están abiertas, como si se hubiera quedado una persona parada delante de ellas. Sin pensármelo entro en el centro comercial.

Tras haber cruzado las puertas oigo un ruido detrás de mí. Me giro. Las puertas se han cerrado a mis espaldas. Voy hacia ellas y me pongo delante, pero no se abren. Perplejo empiezo a hacer gestos y movimientos bruscos. Nada. Entonces me doy cuenta, estoy encerrado. Comienzo a asustarme rápidamente, no contaba con esto. Miro en todas direcciones buscando una salida. De repente, escucho unos golpes en el piso de arriba, parecidos a los que se producen cuando rompes cristales. Siento un escalofrío y comienzo a temblar, no creo en pesadillas, pero me parece estar viviendo una. Con mucho temor y cautela comienzo a subir por las escaleras automáticas, que están paradas.

Nada más poner un pie en ellas empiezan a funcionar. Me agarro a la barandilla. Estoy confuso y mareado, no entiendo nada. Llego arriba e inspecciono todo con la mirada. No veo a nadie. Intento buscar la procedencia de aquellos golpes e inmediatamente la encuentro: todos los escaparates de las tiendas están destrozados y veo un amenazador martillo tirado en el suelo junto a los cristales. Me recorre el cuerpo un miedo tremendo, y no me atrevo a moverme, estoy paralizado por el pánico.

Entonces escucho el sonar de unos pasos sobre el suelo. Levanto la vista pero no hay nadie. Al rato vuelvo a oírlos, y esta vez acompañados de una risa sarcástica y malévola. Estoy horrorizado. Todo me da vueltas y esa risa me da dolor de cabeza, me parece estar escuchándola hasta en lo más profundo de mis sienes. Me tapo los oídos pero esta sigue sonando cada vez más fuerte en mi interior. Es espantoso. Fuera de mí empiezo a correr y a gritar como si estuviera poseído, soy incapaz de soportarlo. Cierro los ojos y aprieto los dientes, pero la risa me está volviendo loco. No sé que hacer. Instintivamente comienzo a correr en dirección a una ventana, solo me resta una solución para acabar con aquello. Rompo el cristal de un golpe y me lanzo. Mientras caigo la risa desaparece, sin embargo me entra un miedo tremendo. De repente noto algo raro, no choco con el suelo, caigo y caigo sin fin. Miro hacia abajo y no veo nada, todo oscuro, una inmensa oscuridad. Grito desesperadamente para que alguien me ayude. Y grito… y grito… y grito….

AAAAAHH!!! Estoy en mi cama, sudando como un pollo y jadeando intensamente. Miro a mi alrededor. Me encuentro en mi habitación y mi despertador marca las ocho de la mañana. “Menos mal” pienso, “Solo era una pesadilla”. Me quedo tumbado en la cama, como hago siempre. Inmediatamente suena el despertador. Lo apago y sigo metido dentro de las sábanas. “Ahora vendrá mi madre y me dirá que deje de hacer el vago” me digo. Miro hacia la puerta de mi habitación, no veo pasar a nadie. Por si acaso decido levantarme.

Me asomo al pasillo. No se oye nada. Mientras voy al baño empiezo a inquietarme. Después de vestirme bajo a la cocina. Nadie. Busco por toda la casa pero ni rastro de mi madre. “No puede ser, ¿ya estamos otra vez?” me pregunto angustiado. Vuelvo a subir por si está arriba, pero no. Tremendamente asustado cojo el móvil y llamo a mi padre. No contesta. Intento tranquilizarme. “Sólo estoy soñando otra vez, sólo estoy soñando otra vez” me repito. Me siento en el sofá y pongo la tele. En esta ocasión no hay señal en ningún canal. Estoy a punto de desmayarme.

“Esto no puede ser real” pienso. Sentado en el sofá me restriego los ojos. Los cierro y los abro para ver si despierto, pero todo sigue igual. Me pellizco y siento dolor. Me agobio más por momentos. De repente, me parece oír ruidos por toda la casa. Ruidos ensordecedores y malévolos. Me dan ganas de salir corriendo. “Es solo mi imaginación” me digo. Pero mi inestabilidad mental va en aumento. Creo estar loco.

Entonces, los ruidos desaparecen. Levanto la cabeza y suspiro tranquilo. Decido salir a la calle, quiero saber si fuera ocurre lo mismo que la vez anterior. Abro la puerta y salgo. Me quedo atónito. Fuera no hay ni personas, ni perros, ni árboles, ni coches, ni bares… no hay nada, nada. Me encuentro en la más remota oscuridad. Me doy la vuelta y veo la luz de la puerta de mi casa, abierta entre tanta oscuridad. Intento llegar hasta ella pero no puedo. Estoy como anclado a un suelo imaginario. Cada vez que la intento alcanzar me alejo más de ella. Miro para arriba y la veo alejarse. De repente, lo comprendo. Vuelvo a caer como antes, hacia un fondo sin fin. Me entra miedo, mucho miedo, pero no grito, el pánico me lo impide. Cierro los ojos. En mi caída comienzo a escuchar un extraño sonido. Se parece al del timbre de mi colegio y resuena en mi cabeza con gran fuerza. Empiezo a contorsionarme y a moverme exaltado. El sonido sigue y esta vez noto además un tremendo golpe seco en la cabeza. “¿He llegado al final?” me pregunto. Vuelvo a notar otro golpe en la cabeza. Abro los ojos.

 

–         Pero hijo, ¿quieres despertar ya? ¡Qué son las ocho!

 

Todavía veo borroso, pero distingo encima de mí una cabeza rubia y de pelo desordenado, la de mi madre. Sin saber por qué la pregunto si es real.

 

–         Cariño, ¿sigues dormido aún?

 

Empieza a zarandearme con fuerza. La cabeza me da vueltas y el sonido no ha cesado. Miro a mi mesilla. Veo una especie de relojillo circular que no para de emitir un sonido horrible y penetrante: mi despertador. Ya con calma le digo a mi madre:

 

–         Vale, vale, ya basta. Apaga el despertador por favor, que ya me levanto.

–         Sí claro, para que hagas el vago como todas las mañanas. Anda, arriba.

 

Me tira del brazo y me deja sentado en la cama. Me mira con paciencia y antes de marcharse me estampa un beso en la frente.

 

–         Lávate bien, que te voy a preparar el desayuno.

 

Miro mi habitación. Rápidamente apago el despertador. Todo se queda en silencio. Suspiro con tranquilidad. “Vaya pesadilla” pienso. “Y me parecía verdad y todo…”. Ya con calma y como todas las mañanas voy al baño y me visto. Bajo corriendo las escaleras y entro en la cocina.

Veo a mi madre haciendo el desayuno mientras tararea una vieja canción suya. Sonrío con alivio. Sin darle tiempo a reaccionar, le doy un fuerte abrazo, como si llevara años sin verla. Ella se sorprende.

 

–         Vaya, Diego. ¿Y esto a qué viene?

–         Nada mamá, déjalo. Cosas mías.

 

Desayuno con la mayor felicidad posible. Todo me parece ahora tan valioso…. Subo, hago mi mochila y salgo a la calle. Me paro en la acera. Veo a un montón de gente caminando por ella. Veo muchos coches y el tráfico que hay todas las mañanas en la calle. Según ando observo los bares llenos de gente, las tiendas abiertas que empiezan a vender, los perros callejeros deambulando entre los transeúntes…. Sonrío nuevamente.

Llego al instituto y, como siempre, veo a profesores y alumnos entrando con su peculiar forma en él. Respiro hondo y cruzo la calle. Entonces reparo en alguien. Por ese mismo lado de la acera se aproxima Luis. Le miro desde lejos. Él todavía no se ha fijado en mí. Le espero junto a la puerta de entrada mientras pienso en el Luis de mi sueño. “Qué tontería” me digo.

Entonces me ve. Se para al instante. Tuerce el gesto y me mira como desconcertado. Se gira mirando en todas direcciones y vuelve a poner sus ojos sobre los míos. De repente me dice:

 

–         ¿Eres real?

 

La pregunta me sorprende nuevamente, y en esta ocasión, no se qué responder.

Alfonso Herreros Cabello. Primer premio 2011

Tercer concurso Literario Instituto de Collado Mediano

RELATO PREMIADO PRIMER CICLO

Instituto de Collado Mediano

No hace falta tener súper poderes para ser un súper héroe

 

Una tarde de verano, Karthus, un hombre de treinta y dos años, unos 70 Kg, metro ochenta de altura y licenciado en medicina    forense, se dirigía a su casa por un camino estrecho.

Karthus era soltero, vivía con un lobo hembra llamado Deswolf como mascota. Ésta tenía el pelo gris y una dentadura extremadamente poderosa con dientes blancos como la nieve.

Vivía en un pueblo de Escocia, cuyo nombre desconocía, ya que se acababa de mudar. Esa misma tarde Karthus se acercó a la oficina de correos para entregar una carta a sus padres por su cómoda llegada.

-Hola, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo amablemente el dependiente.

-Hola. Quería enviar esta carta y como no he encontrado un buzón fuera, vengo a entregársela a usted- el dependiente extendió la mano, y Karthus le entregó la carta.

-¿Me puede decir su nombre por favor? Es que están haciendo una recopilación de cuántas cartas se entregan, que con esto de las nuevas tecnologías…

-Yo soy pésimo en las nuevas tecnologías, por eso utilizo los métodos antiguos –y seguidamente soltó una carcajada-. Mi nombre es Karthus de Castro.

-No sé porque, pero me suena ese nombre…¡Ah, pues claro! Me ha venido de perlas que viniese aquí. Hace media hora escasa ha llegado un paquete para usted.

Karthus se quedó asombrado. Casi nunca había recibido un paquete por correos, y se sorprendió por su tamaño y su sonido.

-Pues muchas gracias. ¡Hasta otra!

-Adiós -respondió ranciamente el cartero.

Tras ese hecho, Karthus salió de la oficina, con su paquete, y se dirigió hacia su casa, a dos manzanas de allí. Justo antes de llegar al portal, un vecino tuvo el buen gesto de darle la bienvenida.

-Hola. Me llamo Julián, ¿y tú?

-Hola. Me llamo Karthus. Soy nuevo por aquí –respondió.

-Ah. Ya decía yo que no me sonaba para nada tu cara. Veo que has recibido nuestro paquete.

-¿Vuestro paquete?

-Exacto. De una Asociación contra un nuevo virus descubierto. Hay una carta del Coronel Miller. Léela. También hay unas botellas, así que ten cuidado al abrirlo. El coronel te hace una propuesta para que vengas con nosotros a salvarles, ya que eres médico.

Karthus se quedó confuso. Miró desconcertadamente a Julián, y preguntó:

-Pero, ¿por qué a mí? ¿No había otro médico en todo el mundo más apto para esta tarea?

-Estuvimos estudiando tu historial. Y además de ser un medico licenciado en medicina y con un máster, tienes coraje y eres valiente. Eso es todo lo que queremos -explicó Julián.

-Pero… -iba a preguntar una duda a Julián, pero éste le interrumpió.

-Piénsate la propuesta cuando leas la carta del Coronel, y vendré a buscarte dentro de una semana para ver si aceptas. Recuerda que te necesitamos. ¡Adiós!

-Hasta el jueves -dijo Karthus.

Cuando se despidió de Julián, no sabía si dar saltos de alegría o romper a llorar. Él era una de esas personas que no sabe negarse a nada, por mucho que odie lo que le piden. Entró en su casa y no sabía qué hacer. ¿Abrir el paquete, abrirlo más tarde? Estaba totalmente desconcertado.

Después de unos quince minutos reflexionando, llegó a la conclusión de que no aguantaba más, que tenía que abrir esa maldita caja.

En la caja había muchos papeles de envoltorio y dos botellas de dos litros cada una, metidas en una especie de vitrina de cristal con un cartel que ponía: «frágil». Dentro también había un sobre amarillo bien cerrado con varias solapas. Karthus abrió el sobre, y empezó a leer:

Washington, D.C. EE.UU. Miércoles 17 de Abril de 1974

Querido Karthus de Castro:

Hace exactamente 12 semanas, decidí irme en un Safari por la zona de sur América. Todo era precioso: árboles con más de cincuenta metros de altura, fauna y vegetación preciosa, ríos como el Amazonas con un cauce tremendo, etc. Todo, absolutamente todo, era precioso, menos sus tribus. Un habitante de la tribu de los masáis nos atacó. Tenía unos rasgos muy extraños, y decidimos cogerle una muestra de sangre. Mediante ese especie de análisis, los médicos llegaron a la conclusión de que un nuevo virus estaba atacando al bosque del Amazonas y a sus tribus. Una empresa de laboratorios ha elaborado un antídoto, pero ninguno de ellos tiene el suficiente coraje como para presentarse allí y inyectárselo a los infectados. Los últimos días hemos estado estudiando tu Curryculum y me pareces el hombre adecuado para realizar esta tarea. Creo que ya habrás conocido a Julián. Él te acompañará, junto con mi equipo de exploración, a sur América y te ayudará en todo lo que necesites, si decides aceptar esta propuesta. También recibirás una especie de «sueldo» por realizar esta misión. Estamos hablando de un millón y medio de euros. Te doy una semana para pensártelo. Si rechazas, devuelve estas botellas a Julián, por favor.

Posdata: para cualquier duda, te doy mi número de móvil: (212) 324-4152.

Un saludo,

Coronel Miller.

Karthus terminó de leer la carta, la metió en el sobre y la depositó sobre la mesa. No tenía muy seguro si iba a aceptar la propuesta. Su mente estaba totalmente descontrolada. No sabía lo que hacer. Si aceptaba la apuesta y lo conseguía, le tomarían como un héroe y el dinero era suficiente como para dejar el laboratorio. Pero si la aceptaba y no salía como estaba previsto y fallecía, no encontraría jamás a su esposa ideal. Tenía tal revoltijo en la cabeza que ni él mismo sabía lo que pasaba ahora mismo por su propia mente.

Pasaron ya tres días con la misma rutina: ir a comprar, ir a por una película al videoclub, desembalar la mudanza, sentarse a ver la película con Deswolf, cocinar y dormir. Karthus era un experto cocinero, pero ya había perdido la mayoría de sus dotes. Había visto dos o tres veces a Julián, pero tenía tanta vergüenza que no se atrevía a decirle nada. Karthus meditó a fondo el tema, y creía que iba a aceptar, porque su vida era un aburrimiento. Al menos un poco de marcha la animaría.

La tercera noche Karthus tuvo un sueño. Soñó que se encontraba con un águila que le proponía ir a Sudamérica a ver lo que pasaba allí. El águila le llevó volando hasta Sudamérica y el observó con sus propios ojos, o con su propia mente, mejor dicho, lo que pasaba. Las tribus se estaban extinguiendo por culpa de esa enfermedad. Ese sueño le ayudó a ver qué estaba pasando en ese sitio, y le dio el empujón que le faltaba para coger el teléfono y marcar el número del Coronel Miller que le había dejado en la carta y hablar con él.

Al día siguiente, Karthus llamó al número del Coronel Miller, dispuesto a aceptar la propuesta:

-¿Sí, dígame? -preguntó el Coronel.

-Hola, soy Karthus. -Dijo temblando-. Te llamaba para aceptar la propuesta.

-¿En serio? -gritó el Coronel sorprendido.

-Totalmente. ¿Qué vuelo cojo para ir allí?

-Ninguno. Estate en el aeropuerto el sábado veintisiete a las ocho horas de la

mañana, y te recogeré con un avión privado con la carcasa verde y de unos

cincuenta y cinco metros de largo, en la pista suroeste. Adiós.

-Vale, hasta entonces.

A Karthus se le estaba pasando muy lenta la semana, porque no sabía si había

tomado la decisión correcta. Estuvo a punto de marcar el teléfono del Coronel Miller

varias veces, pero no tuvo el valor suficiente. Estuvo toda la semana sin salir de

casa, acariciando a su mascota y comiendo comida congelada que ya había

comprado varios días antes. Los próximos días estuvo haciendo lo mismo que los

anteriores, excepto el viernes. La noche del viernes no pegó ojo. Sabía que tenía

que dormir bien para el duro día de mañana, pero también sabía que no lo iba a

conseguir. Estuvo reflexionando sobre lo que iba a pasar, y decidió no decir nada a

sus padres. Al final, se durmió.

Al día siguiente Karthus entró en el aeropuerto a las 7:30, tardando media hora, en un

taxi, desde que salió de su casa. Había tenido un par de problemas con lo del avión

privado y con llevar a Deswolf, pero la recepcionista, prima del coronel, se lo había

solucionado todo. Se encontraba en una sala él solo, ya que el avión era únicamente

para él.

Karthus intentó distraerse jugando al tetris en el móvil, pero no lo consiguió. Faltaban

unos quince minutos para su embarcación, cuando vio aparecer a lo lejos una persona

que conocía. Estuvo pensando un par de segundos y… ¡Claro! Era Julián, que le había

llamado un par de días antes para decirle que iba con él en el avión privado que le había

asignado el coronel Miller.

-Hola -saludó Karthus, con una cara de sorprendido que Julián notó.

-Hola. Que, ¿te habías olvidado de que venía?

-Mmm… Sí.

-Bueno, no pasa nada -respondió.

-El avión viene en diez minutos, ¿no?

-Bueno, siete exactamente, jajá -respondió Julián intentando ser gracioso.

Cogieron el avión, y Karthus se bajó el sombrero y se echó una siesta.

– Karthus. Despiértate, ya hemos llegado a Río de Janeiro.

Karthus bostezó y acto seguido se bajo del avión para coger su equipaje y dirigirse a su

hotel en un coche que le proporcionó Julián. Como tardarían unas 3 horas en llegar a su

apartamento y era tarde, decidieron pagar un hotel a Karthus a una hora de aquí y al día

siguiente, ya descansado, partirían hacia el apartamento y la visita al coronel.

Llegaron al motel y Karthus entró en su habitación. Se quedó asombrado, ya que, solo

siendo un motel, era una habitación de cinco estrellas: tres habitaciones, dos baños, una

cama de matrimonio y todo tipo de lujos en paredes, lavabos, váteres, cortinas, etc.

Ni siquiera se molestó en deshacer la maleta. Cogió una bolsa en la que metió la ropa de

hoy, se duchó, acomodó a Deswolf en una especie de cesta enorme y se puso el pijama.

Karthus tenía muy claro que, por segunda vez en dos días, le iba a costar dormirse.

Intentó leer pero todo le recordaba a el viaje que acababa de realizar. ¿Había hecho lo

correcto?¿Había tomado una decisión poco recomendable? Apagó la luz y media hora

después se durmió, porque estaba totalmente «muerto».

Ring, Ring. Sonó el teléfono de la habitación. Karthus se incorporó y cogió el teléfono.

-¿Diga? – preguntó con voz ronca.

-Hola, soy Julián. Siento despertarte pero debemos partir ya. En media hora estate en el

hall. Recoge la habitación y deja la llave en recepción. ¡Adiós!- tiiiiiii, colgó el teléfono.

No le daba tiempo a ducharse. Despertó a Deswolf, se vistió, recogió todo, se metió la

llave en el bolsillo y salió por la puerta de la habitación

Sin palabra alguna, dejó la llave en recepción, cogió a Deswolf en brazos y se metió en

el coche. No se lo esperaba, pero reconoció, por la manera de vestir como en el ejército,

al coronel Miller. No saludó, porque estaba cansado, y se echó otra siesta.

Llegó al apartamento que le tenían preparado. Se quedó unos minutos mirando a la puerta, junto al coronel, cuando Julián vino con la llave. Se subió a la planta de arriba y el coronel le acompañó.

-Hola -le dijo el coronel, extendiéndole la mano.

-Hola -le devolvió el gesto.

-Bueno, te explico: esta va a ser tu casa durante estos siete días que vas a estar aquí. Vas a encargarte, a base de extraer muestras de sujetos que hemos atrapado, de saber qué les pasa a estos sudamericanos. Si no lo consigues, no pasa nada, pero no te daremos todo el sueldo. Si no logras conseguirlo y no tienes ningún daño grave ocasionado, te daremos solo un 50% de lo acordado, que te recuerdo que son 1.500.000 €, así que si no lo consigues solo obtendrás 750.000 €. Si no lo consigues y tienes algún daño grave ocasionado, te daremos un 70%, es decir, hablamos de 1.050.000 €, y si en el intento falleces o tienes daños realmente graves, que esperemos que no, hablaremos de dar a tus seres queridos un 130% del sueldo acordado, así que obtendrás 1.950.000 €. Mañana te llamaré a las diez de la mañana para ir a nuestro laboratorio, apenas a media hora de aquí. ¿Tienes alguna pregunta? -dijo, mientras acariciaba el cogote de Deswolf.

-No, gracias. ¡Hasta mañana!

Claro que tenía alguna pregunta. Tenía miles de preguntas, pero, como estaba cansado, decidió despejar sus dudas otro día que tuviera el 120% de su cerebro en acción. Subió a la habitación y deshizo a la maleta. Como no llevaba demasiado equipaje, tardó tan solo veinte minutos cortos en vaciar todo el material y meterlo en armarios, cajones, mini bares, etc.

A la mañana Miller llamó, pero esta vez no pillo a Karthus desprevenido. Ya estaba preparado y estaba dispuesto ya para bajar a desayunar. Miller le explicó todo lo previsto y el informe que habían hecho ya anteriores médicos mientras tomaban un delicioso café y un par de sobaos típicos de por allí.

-Bueno, pues eso es todo lo que tenemos hasta ahora, pero estoy seguro que tú nos conseguirás todo cuanto tengamos que saber, y también conseguirás salvar a toda esta población envenenada.

-¡Eso espero! -dijo Karthus, con un tono que demostraba que había descansado y estaba listo y con todo el cerebro dispuesto a investigar.

Tardaron, como había deducido el coronel, media hora en llegar a un edificio en forma de pirámide hexagonal con muchas ventanas sin alféizar y cristales tintados en ellas. Era un edificio que transmitía modernidad.

-Bueno, pues ya hemos llegado -dijo el coronel, cuando estaba metiendo su tarjeta y un escáner de su ojo en la puerta del laboratorio-. ¡Miguel! Éste es el médico que hemos contratado – dijo mientras me señalaba- y, por lo que me han dicho, tiene bastantes conocimientos forenses.

-Estupendo -dijo una persona, que por las deducciones tomadas, era Miguel-. A ver, éstos son los especímenes que hemos atrapado. Como eran extremadamente violentos, les hemos inyectado una dosis bastante potente de anestesia. Toma, ponte esta bata y te vienes conmigo a observar un espécimen recién atrapado.

Se dirigieron a una cámara en el que había un sujeto con el cuerpo rojo y no parecía para nada un humano. Tenía aspecto de andar curvado y se le había caído todo el pelo del cuerpo.

-A ver. ¿Tenéis todos los instrumentos que hay hoy en día en los laboratorios antropológicos forenses de Estados Unidos?

-Por supuesto. Este edificio es una copia exacta de un edificio forense del FBI.

-Vale, pues necesito saber la causa de la muerte.

-No la tenemos muy clara, pero no tiene lesiones en ninguna parte del cuerpo, por lo que no tiene pinta de ser un asesinato. No sabemos qué podría haberle matado.

-Vale. Este sujeto es de la tribu de los masáis por la forma de los tatuajes en la espalda, y lo más seguro es que haya muerto envenenado. Quiero que me proporcionéis una tabla con las últimas sustancias que ha ingerido el sujeto, aunque será difícil, ya que es una tribu y fabrica sus alimentos con materias primas sin saber si están envenenadas o no. Quiero que me llevéis al lugar donde le encontrasteis.

-Está a doscientos metros de aquí, así que iremos andando.

Fueron al lugar de la muerte. Era un paisaje donde había restos de casas en los árboles, montañas de poca altura, todo tipo de árboles de mucha altura y un lago con el agua azul realmente vivo.

-Voy a coger una muestra de corteza del árbol, ya que tiene un color demasiado verde y una muestra de agua del lago, y me la llevaré al laboratorio -.Sacó un tubo de diez milímetros de capacidad y cogió una muestra del agua del lago. Acto seguido sacó una navaja multiusos y cortó un trozo de corteza de árbol.

Volvieron al laboratorio y colocaron la corteza de árbol en un microscopio y la muestra de agua en otro. Primero Karthus miró la corteza de árbol. Estuvo casi media hora analizando todas las salidas posibles, pero no encontró nada. Después miró la muestra de agua, y notó algo raro pero no sabía que era.

-¡Miguel! Ven un momento por favor.

-Dime -dijo mientras se acercaba.

-¿Esto es normal?

-Mmm… ¡No! Tiene un 25% de oxígeno, un 50% de hidrógeno y esto es… Un 25% de veneno tóxico que acelera el ritmo cardiaco de las personas y afecta al sistema nervioso, provoca la pérdida de cabello y en esta cantidad…¡Es capaz de matar todo el mundo que la beba!

-¡Pues claro! Este veneno es provocado por demasiado dióxido de carbono, y han establecido una ruta de transporte justo al lado del lago hace dos meses. ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller! ¡Coronel Miller! ¡Hemos resuelto el problema! ¡Coronel Miller!

-¿Lo habéis resuelto? -dijo el coronel con voz de fatigado, ya que acababa de recorrerse unos cincuenta metros en unos segundos.- Mis más sinceras felicidades, señor de Castro. Esperen un minuto, tengo que hacer una llamada.

-¡Deswolf! ¡Lo he resuelto, Deswolf! – le dije a la mascota.

-Ya está. Acabo de hacer dos llamadas. Una para que cambien el agua del lago, y otra para que traigan el millón y medio de euros que te acabas de ganar.

Hoy era el día más feliz de su vida. Era millonario. Había salvado a miles de personas. Habló con sus padres, sus amigos, sus parientes, sus hermanos… No le importaba la factura. Hizo la maleta en cinco minutos y llegó al avión seis horas después de este acontecimiento.

El viaje se le hizo cortísimo. Pensaba en lo que se iba a comprar, en cuanto iba a donar, en lo que iba a hacer cuando volviese… En estos momentos era el hombre más feliz del mundo. Llegó al aeropuerto, recogió su maleta, y se fue a su casa.

Ya tendría tiempo de pensar en otra ocasión. Habían sido tres días muy duros y se merecía descansar. Se sentía valioso. Se durmió.

HECHO POR: CHARLES CHAPLIN

FIN

Jaime Sáez de Buruaga (1º ESO)

1er Premio del II concurso de cuentos del IES «Las Canteras». Sección de Collado Mediano.

La historia que voy a contaros ocurrió al poco tiempo de mi decimosexto cumpleaños. Aconteció en la librería de mi padre, famosa en toda Madrid por la cantidad de libros antiguos y modernos que puedes encontrar en ella; además esta historia le concedió una gran reputación como librería. Todo sucedió así:

Una calurosa mañana del 10 de agosto de 2004, mi padre estaba atendiendo a los clientes que entraban en la librería, siempre desde su mesa del ordenador donde tenía guardados casi todos los nombres de los libros que había en ella; de los que no sabía el nombre eran, en la mayoría de los casos, los libros o manuscritos antiguos. Yo lo que hacía era pasearme por la tienda y admirarla, además de vigilar los libros, porque no me fiaba de nadie; justo esta cualidad me sirvió de mucho ese día.

Eran ya las doce y media de la mañana cuando un hombre con chaqueta gris, amplio sombrero y aspecto poco fiable entró en la tienda. Saludó cortésmente a mi padre y se adentró en los pasillos de la librería. Le seguí. Desde el primer momento que le vi mi sexto sentido me dijo que aquel hombre no traía buenas intenciones, no sabía el porqué, pero me daba esa sensación.

El hombre se paseó durante mucho rato por la librería, se paraba delante de las estanterías y miraba los libros. Parecía buscar algo. Después de recorrerse la mitad de la librería, se paró súbitamente delante de una estantería vieja y carcomida. Recordé entonces que en esa estantería mi padre guardaba los libros más antiguos que poseía, pero que no tenían mucho valor por estar rotos, estar llenos de polvo y ser muchos de ellos casi ininteligibles. El hombre cogió uno de los libros y lo examinó. El libro era grueso y tenía la pasta rota. Se veía de lejos su pobre encuadernación y además que debía de llevar mucho tiempo olvidado porque tenía hasta telarañas. Entonces me fijé en el hombre y observé que se le desdibujaba una sonrisa en la cara, como de haber encontrado lo deseado. Yo, que estaba escondido detrás de una de las estanterías, me pregunté por qué habría esbozado esa sonrisa. Pero entonces, sin querer, me apoyé en la estantería donde me encontraba y ésta crujió. El hombre lo oyó y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Fue en ese momento cuando me vio. Rápidamente dejó el libro en su sitio y salió de allí, se dirigió hacia la salida y se marchó de la librería sin decir adiós. Esa conducta me pareció muy extraña y sospechosa.

Aquella tarde, cuando habíamos cerrado la librería, mi padre y yo fuimos a ver el correo. Entre las cartas que había encontramos una enviada por el director del banco. Decía lo siguiente:

Estimado señor Matías:

Se le hace saber que en el plazo de una semana deberá pagar las deudas atrasadas que ha ido acumulando. Le recordamos que esas deudas ascienden a 10.000 euros, y que si en ese plazo no ha saldado sus cuentas, le embargaremos la librería con todos sus libros.

Queda muy reconocido: Don Arturo García López, director-gerente.

Me quedé de piedra. Miré a mi padre y éste a mí. Nos quedamos así durante un buen rato, como recapacitando en lo que habíamos leído, pensando en las consecuencias que eso llevaría. Después de un rato de silencio decidí hablar:

– Bueno, habrá que conseguir ese dinero, ¿no papá?

– Así es hijo – respondió él.

– Pero – dije dubitativo -, ¿cómo has llegado a acumular tanto dinero a deber, papá?

– Créditos, hijo mío, créditos – contestó él.

– Entiendo, has pedido créditos al banco para mantener la librería, pero como administras tan bien tus ganancias te has quedado sin dinero suficiente para saldar la deuda. ¡Eres un buen hombre de negocios, papá!.

– Calla, hijo – respondió él con poco ánimo -, no te rías de mi desgraciada capacidad para administrar el dinero, imagínate si esto hubiera sido en una gran empresa.

– Lo sé, pero lo que está en juego es nuestra librería, y es lo único que tenemos para alimentarnos y subsistir. Si la perdemos, será la ruina para nosotros, tendremos que buscarnos otro trabajo y yo tendré que dejar mis estudios de música, porque las escuelas no son baratas. Además, sabes que no soy buen estudiante y aparte de la librería, que es lo que más me gusta, no me veo haciendo otra cosa.

– Lo entiendo – contestó él -, pero  no somos ricos y no tenemos ese dinero, ¿de dónde lo vamos a sacar?

– No sé, ¿ por qué no le pides ayuda a los abuelos? – pregunté yo.

– Podría ser buena idea – respondió él -, pero no nos la darían, ya sabes que no tenemos buenas relaciones con ellos.

– Pues no tengo más ideas papá, será mejor esperar y buscar alguna solución más precisa cuando estemos más calmados.

– Tienes razón, hijo – contestó él -, nos estamos precipitando, tenemos una semana, ya se nos ocurrirá algo.

Diciendo esto me abrazó. En ese abrazo noté la ansiedad y el miedo de mi padre a perder la librería. Noté sus temores, que no eran pocos, y sus nervios, ya que le temblaba todo el cuerpo. Nos encontrábamos en una situación muy seria.

Al día siguiente abrimos la librería como cualquier día corriente y empezamos a atender a las personas que iban entrando. Aquel día me sorprendió notablemente la cantidad de libros que vendimos,  mi padre me dijo que eso era un buen presagio, aunque notara la inquietud en su rostro.

Dos horas más tarde, cuando estaba colocando la nueva remesa de libros que nos habían enviado, entró en la tienda el mismo hombre que el otro día había seguido con cautela y me despertó tanto misterio y desconfianza. Desde una de las estanterías observé todos sus movimientos por si las moscas. Esta vez no saludó a mi padre y se dirigió con paso rápido a la estantería de libros antiguos. Iba a seguirle cuando en ese mismo instante me llamó mi padre para que atendiera a uno de los clientes. Yo protesté pero él ni se inmutó y me dijo que lo hiciera. Por no desobedecerle atendí al cliente, que por suerte sólo quería un ejemplar de Robinson Crusoe. Inmediatamente fui a la estantería de libros antiguos y busqué al hombre que tanto me inquietaba. Cuando me dirigía hacia allá le vi salir sigilosamente de la librería. Me temí lo peor y rápidamente le seguí. Desde lejos observaba sus movimientos sin que me viera. De repente se paró en una esquina y extrajo algo de su chaqueta. Era el libro. Mis temores se habían hecho realidad, ese hombre era un ladrón. Sin pensarlo un instante grité:

– Al ladrón.

El hombre lo oyó y empezó a correr. Iniciamos una persecución frenética por las calles de Madrid que duró más de diez minutos. Él corría muy veloz pero yo le mantenía la distancia. Cuando pasábamos junto a la gente nos miraban con extrañeza como si estuviéramos echando una carrera para ver quien era más rápido. En el momento en que empezaba a cansarme, la suerte quiso que el hombre tropezara y se le cayera el libro, de manera que cuando fue a recogerlo ya casi le estaba alcanzando. Entonces maldijo en voz alta y salió huyendo de allí mientras yo recuperaba el libro que nos habían intentando robar. Sin pensarlo miré el libro, que era de gran tamaño. Carecía de título y empezaba con las palabras HIC incipit. Algunas letras estaban borrosas pero aún así se podían leer palabras escritas en castellano muy antiguo. Entonces miré en las hojas interiores del libro para comprobar si estaba igual de deteriorado que la primera hoja. Entre las hojas encontré muchos escritos medio borrados y dibujos realizados a mano. Me fijé en los dibujos, eran viejos y representaban a la imprenta de Gutenberg tal como la fabricó él. Una terrible sospecha empezó a nacer en mi interior. Inmediatamente busqué alguna fecha para confirmar mi suposición. Tras buscar con ahinco encontré lo apetecido. Entre las líneas de un texto desfigurado pude traducir lo siguiente: … cuarenta años antes el maestro Gutenberg había inventado la máquina milagrosa, el mundo cambió por esto … . Me quedé sin habla, mi sospecha se había cumplido, aquel libro estaba impreso en 1480, cuarenta años después de invertarse la imprenta. Aquel libro que tenía en mis manos, aunque yo no me lo creyera, era ni más ni menos que un INCUNABLE.

Sin pensármelo dos veces corrí de nuevo a la librería para contárselo todo a mi padre. Tras decírselo se quedó sin habla y me respondió que lo mejor era avisar a la policía. Yo contesté que no hacia falta, pero insistió en que en un intento de robo siempre hay que dar parte a la policía. Me resigné y le acompañé a la comisaría.

Ya en ella pedimos hablar con el comisario, que además era un antiguo compañero de colegio de mi padre. Nos dijeron que esperásemos en la sala de estar. A los pocos minutos un hombre menudo, con barba y gafas nos recibió. Él y mi padre se estrecharon la mano y entonces supe que ese hombre era el comisario. Pasamos a un despacho amplio y bien decorado, de lo que supuse que sería el del comisario. Se sentó en un mullido sillón colocado junto a una mesa grande y llena de papeles. Entre los cuadros que decoraban la sala había también muchos diplomas y fotos del comisario. Mi padre decidió empezar a hablar:

– Bueno Manolo, parece que te van bien las cosas.

– Ya ves, Matías – respondió el comisario -, cuando uno es reconocido como el mejor policía de la ciudad las cosas pintan muy bien.

– Lo sé – contestó mi padre -. Ya he visto tu diploma en la pared al entrar. Detuviste a un terrorista y te ascendieron, me acuerdo por los periódicos.

– Tienes buena memoria Matías, pero me parece que no has venido a hablar de esto precisamente.

– Así es – respondió mi padre -. He venido por asuntos bien diferentes. Han intentado robar en nuestra librería esta mañana.

– ¡Qué me dices! – exclamó el comisario.

– Que han intentado robarnos un libro esta mañana.

– ¿ Un libro? ¿ Qué tipo de libro? – preguntó de nuevo el comisario.

– Este libro – dijo mi padre, y se lo entregó.

Entonces decidí hablar:

– ¿ Sabe usted lo que es un incunable?

– Claro – contestó él.

– Pues creemos que este libro es un incunable.

El comisario se me quedó mirando con cara de haber estado escuchando a un chino. Entonces cogí aliento y le conté mi historia.

Después de contársela empezó a reírse y exclamó.

– ¡ Pero Matías, este libro puede ser de gran valor, deberías mandar que lo examinen! Es muy probable que consigas un beneficio económico.

Mi cabeza empezó a calibrar tal idea, entonces sin saber por qué grité. Grité de contento y grité por la suerte que habíamos tenido al encontrar ese libro, mi alegría no tenía fin. En pocos días el comisario nos puso en contacto con la Biblioteca Nacional para que examinaran el libro. Tras comprobar que se trataba de un incunable comenzamos la negociación. Tuvimos la suerte de que nos ofrecieran los 10.000 euros que pedíamos por él, aunque al encontrarse el libro en mal estado querían pagarnos menos. Finalmente nos entregaron el dinero y conseguimos salvar la librería, por fin la librería volvía a respirar tranquilidad y entusiasmo, y es que además adquirió gran importancia ya que durante los siguientes años donamos muchos más libros  de nuestra gran colección.

 

Alfonso Herreros Cabello

14 años, 2º ESO.

VIII Concurso de cuentos José María Rubio

PRIMER PREMIO                                                                                                                                                             

El sabor de las palabras

Adriana Sánchez Garcés

Me llamo Serafina, aquí es lo normal, a todos nos ponen el mismo nombre. A los chicos les dicen Se­rafín, y a las chicas, como yo, Serafina.

La verdad es que todos nos parecemos mucho, somos pequeños, rubios, sonrosados… tal como aparecemos en tantos cuadros de Vírgenes en iglesias y museos.

Allí estamos, asomándonos a empujones entre las nu­bes. Mi amigo Serafín y yo jugamos siempre en ellas. Juntos volamos por los nimbos, que son estupendos para brincar, y también por los cirros, tan dulces y azucarados… Pero a mí las nubes que más me gustan son esas blancas, tan dóci­les, que se pueden modelar. Con ellas hago esculturas mo­numentales… A veces, imagino que hay alguien allí abajo, tendido en la hierba verde,o roja, o sobre la hierba azul de cualquier planeta, y está mirando. Entonces hago la silueta de un pájaro… o la cabeza de un caballo, o un corazón…Pero eso no le gusta a Serafín. Él quiere que juguemos a otras cosas.

–Anda, deja eso y ven conmigo–, me dice.

Y como aquí tenemos mucha templanza y no discuti­mos jamás, pues le hago caso, le sigo y otra vez a volar. Así hasta la llamada del Arcángel. Es entonces cuando se escucha su voz de trueno. Retumba en todo el Espacio Si­deral. Avisa que es la hora de loar. En esos momentos nos reunimos Serafines y Serafinas, y en coro celestial comen­zamos a cantar.

¡Qué voces!, ¡qué espectáculo!… Todo son alabanzas y aleluyas. Nos contemplan las almas de los Justos y las de los Arrepentidos.

Es una vida de gozo. Sí, mucho gozo, la verdad es que gozamos durante el día, de la mañana a la noche. Aunque aquí no hay día, ni tampoco noche. Todo es luz y bienestar, contemplación, y esas cosas tan hermosas que se ven en las estampas.

–¿Quieres que juguemos con las palabras?–, le digo a Serafín, y nos sentamos sobre una nube de las modelables. Contemplamos el Universo.

–U-ni-ver-so. Uni-verso– dice él. Y lo repite varias veces. –¿Qué querrá decir?

–Yo creo que algo así como: «poesía única»–, le con­testo.

–Ya–, dice comprendiendo. –Universo sólo hay uno, pero poesía ¿por qué?

–Pues… porque es como una noche inmensa cuaja­da de mundos… tan profundo y misterioso que al mirarlo siempre produce emoción. –Le contesto yo que soy muy sentimental.

Así pasamos muchas horas, jugando. Ya he dicho que aquí todo es gozo y alegrías. No es posible otra situación más que felicidad. Esta es mi vida, siempre fue de esa ma­nera, no recuerdo otra cosa. Sólo sé de nubes, de estrellas, juegos de palabras y contemplaciones…

Un día, saltando entre nubes, Serafín y yo encontramos un enorme nimbo blanco cargado de palabras. Eran vo­ces desconocidas, que no habíamos escuchado nunca. Allí estaban las palabras, flotando, unidas unas a otras como maduros racimos de abecedarios. Parecían muy sonoras y apetitosas.

–¿Quieres que las probemos?–, le pregunté a Serafín.

–Vale… –Y se le iluminaron los ojos de gusto.

Nos acercamos. Había tantas… no sabíamos cuál ele­gir… Al fin nos decidimos por una palabra muy larga: «Vo­luptuosidad».

–Vo-lup-tuo-si-dad. ¿Qué significa?

–Da igual, nos la repartiremos. –Parecía muy sabrosa…

¡Ummm! Yo creía que tendría un sabor dulce pero no, me equivocaba. Era jugosa, suculenta, tierna… también te­nía un punto picante, algo así como un chocolate a la pimi­enta, pero más fuerte, más intenso… sobre todo esas «des» tan redondas y golosas.

–Quiero también esta–, dijo Serafín y se metió, de un solo golpe, un «pasión» en la boca. Le gustaban los acentos, dijo.

Yo devoré un «frenesí». Y la palabra se me clavó en el alma. ¡Qué exquisitez! Me saltaban las lágrimas al pa­ladear la tilde… Aquello fue un banquete de «anhelo», «deseo», «delirio»… comimos tantas palabras descono­cidas que casi no podíamos volar. Cada una era dife­rente y su sabor único, aunque no todas me gustaban. Algunas eran insulsas como «jurídico», o amargas como «lamento» y otras, como «burbuja», producían hipo… Co­mimos centenares de palabras. Todo un festín. ¡Un festín celestial!

Pero, al día siguiente, una de aquellas palabras desco­nocidas, apareció dentro de mi cabeza, y también en la de Serafín. Más tarde brotó una nueva palabra, y luego otra y otra… Tantas palabras surgieron que ocupaban toda mi ca­beza y la de Serafín…

Los Serafines y las Serafinas tenemos la mente de cris­tal, ya he dicho que aquí todo es claro y transparente, inma­culado. Ahora todos veían nuestras cabezas llenas de tan extrañas palabras y… a mi me daba vergüenza. También a Serafín, aunque él no lo decía.

¿Cómo puede existir un Serafín con «voluptuosidad – caos – deseo – frenesí – hipoteca – flebitis – libido – parsimonia»… y muchas, muchas palabras más, asomando en la cabeza? Eso no era normal, no. Era… ¡cómo diría?… «Irreverente, in­correcto, reprochable»… ¿Y éstas? ¿De dónde han salido? ¿Qué quieren decir?… ¡Qué locura!

Intentamos cubrirnos la mente. Para eso hicimos una co­rona de estrellas… Yo estaba guapa. Pero no fue suficiente. Las palabras crecían y seguían creciendo… se apelotona­ban en la cabeza y asomaban por todas partes… No había remedio.

Ahora todas las palabras surgían ordenadas alfabética­mente:

«Rabudo, ramplón, raquítico, réprobo»… Crecían y crecí­an… y yo no podía pararlo.

Buscamos otra solución y nos colocamos un sombrero. Un bonito canotier de paja, que yo adorné con una pluma de mi ala.

Ya no se veían las palabras. Nadie se burlaría de no­sostros. Ni nos señalarían. Éramos otra vez unos serafines correctos y adecuados. Me quedé más tranquila. De nue­vo volábamos con gozo celestial por las nubes, aunque yo notaba como ellas, las palabras, saltaban y daban brincos debajo de la cabeza, debajo del sombrero.

Pero fue entonces cuando todos comenzaron a mirar­nos… Nos miraban mucho más que antes… ¿Tan extraño era que llevásemos un sombrero?

Nos miraban los Serafines y las Serafinas, los Ángeles y las Ángelas, las almas de los Justos, los Arrepentidos, todos, todos nos miraban… y también el Arcángel. Pero no aquel de la voz de trueno, no, sino el otro de la mirada azul, el que porta la trompeta y conmueve con ella a los astros y a los planetas. ¿Por qué este Arcángel nos miraba así?…

Intimidados nos quitamos el sombrero. Ahora las pala­bras eran centenares y llenaban toda nuestra cabeza:

«Subterfugio-subversivo-subcutáneo-súcubo…»

Sin embargo poco a poco ¡Me iba acordando de que significaban! ¡Sí!, ya lo sabía!… Voluptuosidad era eso, voluptuosidad, y caos mucho lío y… Ya me acuerdo de todo,… de aquella época, ¡qué horrible!, lo había olvi­dado…

Pero, ¿por qué continúa mirándome así el Arcángel?, ¿por qué señala con el dedo?…

De nuevo desaparecieron las palabras y yo me que­dé a oscuras. En las tinieblas. Casi me asusté porque era todo como una noche larga. Extendí la mano y encontré la de Serafín, a mi lado. Eso me tranquilizó. Hasta que de pronto, volvió una agradable paz, ese gozoso bienestar. Flotaba en un mar muy dulce, junto a pececillos y ané­monas que se enredaban en mis piernas. El agua tibia, pacífica… Flotar…

–¡Eh! ¿Qué sucede?, ¿Dónde esta el mar? ¿Qué es esa luz?… ¡Me ciega esa luz!… ¡Me hacen daño!… ¡Unas vo­ces! Pero, ¿qué dicen?:

–¡Vaya!, ¡es una niña!

–¿Niña?

–Sí, pero espera… también un chico.

–¿Gemelos?

–¡Qué rubios!, ¡parecen ángeles!

 

SEGUNDO PREMIO

Matías el corto

Andrés Orellana García

«No es lo mismo marcharse que huir. El que se va se dirige a otra parte. El que huye no sabe dón­de acabará».

Ahora recuerdo las palabras del capitán antes de entrar en combate. ¿Huir? No, se trata de que a uno no le cojan. De vivir o morir.

Bien que nos han dado para el pelo. ¡¡Cabrones!! Ni auxiliar a los heridos, ni recoger a los muertos, nos han de­jado. En el momento que hemos salido de retaguardia, bien visible el brazalete blanco con la cruz roja, han vuelto a dis­parar, con más saña si cabe; hemos tenido que recular y huir. Ya no hay retaguardia. Ya no hay compañía, nos han pasado por encima. Ahora a buscarte la vida, que lo otro es la muerte.

Es raro pero me he quedado solo. Mi compañero, Juan –Juanito el Llorón– está tendido a mi lado con un certero tiro en la boca. De los demás, nada. De vez en vez se oyen vo­ces, disparos sordos, ráfagas de ametralladora intermiten­tes; pero no se ve a nadie. Oigo unas voces más cercanas. Las aislo. Se dirigen a mí. Levanto la vista y, en una loma, a escasos quinientos metros, distingo el uniforme gris sucio de tres voluntarios italianos.

Una serie de disparos me pegan al suelo hasta echar raíces. Gritan:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Por un momento dejo de oír los disparos, se toman una tregua. Me desprendo de las raíces y corro, corro como co­nejo asustado. Es lo único que puedo hacer. Estas malditas alpargatas no son lo mejor para correr (las botas se reservan para los soldados en combate; la tropa de retaguardia –in­tendencia, enfermería– nos tenemos que conformar o apa­ñártelas, ¡ni armas llevamos!).

Me paro detrás de un terraplén. Me duelen las sienes, el estómago, boqueo como un ahogado. Escucho. Nada. Aso­mo un poco la cabeza. Allí están, los veo. Van de caza, y yo soy la pieza a cobrar:

–¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Les he sacado un buen trecho. Tengo un respiro. Me tumbo protegido por el talud. Echo mano de la cartera; den­tro está el carnet del sindicato –jefe provincial agrícola–, la cartilla militar –sargento de la compañía de camilleros, men­ción especial al mejor acemilero–, la foto de la boda con Juana –los dos de negro, serios, yo con mi bigote a lo Stalin, ella guapa, muy guapa; me saca como una cabeza, yo no soy muy alto, bueno la verdad, soy bajo, Matías el Corto me llaman en el pueblo, y además ando como desparramado, por la polio, que de chico tuve que llevar unos hierros en las piernas. Y la Juana me quiso a mí. Con todos los pretendien­tes que tenía:

¿Juani, me quieres?

Cómo eres Matías, no te voy a querer, tonto.

Entierro la cartera al lado, debajo de una retama. Si me cogen, que maten al conejo, no al hombre. Levanto un poco la cabeza. Miro. No les veo. Corro ladera abajo. Tropiezo. Ruedo. ¡Malditas alpargatas! Acabo en el fondo del barranco mirando al cielo, dolorido. Ahora los oigo allá arriba, buscán­dome; intentan ver entre la vegetación que cubre todo el ba­rranco, comienzan a bajar, despacio, al acecho de su presa:

¿Dónde estas, rosso? ¡¡Ya no te escapas!!

Me doy la vuelta para levantarme, y me tropiezo con unos enormes ojos que miran ciegos. Ahora lo noto, un he­dor insano invade todo el barranco. Aquí, a mis pies, yace reventado por la metralla un robusto caballo –de los de tiro, usados para el transporte de obuses–. Parte de sus vísceras cubren el suelo; un gran boquete se abre en su panza hin­chada. El animal está todavía caliente; las moscas zumban como locas ante el festín. Vomito varias veces. Tengo que actuar con rapidez, no pensar. Ellos bajan despacio, con precaución para no caer cuesta abajo. Meto las manos has­ta la náusea, y vacío por completo el vientre del animal. Estoy a punto del desmayo. Introduzco un pie, el otro, un poco más, hasta las rodillas, un poco más… Me hago un ovillo y así, acurrucado dentro de este útero fétido, espero.

Silencio. Alas de muerte han cubierto el cielo. El viento mueve las aulagas y las retamas. Ahora una piedra, dos, tres, varias caen pendiente abajo. Ya vienen, con su cantinela:

– ¡¡Ya no te escapas, rosso!!

Una bota golpea la cabeza del caballo. Empujo más para adentro. Siento las costillas del percherón cómo se cla­van en mis costillas, apenas respiro.

–¡Sigamos! Aquí no hay quién esté, ¡¡joder qué peste!!

Oigo sus pesadas botas alejarse. Ya esta oscureciendo. Una lechuza grita a las sombras. Otra vez vuelven a mi ca­beza las palabras del capitán: «… el que huye no sabe dón­de acabará».

 

VII Concurso de cuentos José María Rubio

Relato ganador

 

BENDITA INAUGURACIÓN

Que no, que no habíamos votado a la nueva corporación municipal para que con nuestros impuestos repararan la techumbre de la Iglesia, que no, que ya era hora de incorporarse  a los nuevos tiempos. Que en el pueblo también queríamos participar de las últimas tendencias, ya saben: el Relativismo, el Existencialismo, el Materialismo, pero sobre todo el Nihilismo. Deseábamos tener una localidad nihilista, muy nihilista, nihilista del todo. Aunque, ¿cómo conseguirlo? Muy fácil. Para nosotros el Nihilismo consistía en abandonar el tejado de la Iglesia a su suerte, e invertir en una nueva discoteca, una macrodiscoteca, en la que cada noche nos pudiéramos reunir a bailar, tomar una copa o simplemente a charlar sobre la deriva filosófica de Occidente.

Dicho y hecho, pues siendo la voluntad del electorado, y a pesar del voto en contra de la oposición, se iniciaron las obras de la macrodiscoteca municipal, mientras el artesonado de la nave central de la Iglesia se carcomía en un crujido agonizante, y las cuatro beatas que aún acudían a misa se quejaban de que las goteras les empapaban los padrenuestros y el frío les helaba las avemarías. Entre ellas, se encontraba la madre del alcalde, que desde el día de las elecciones no se hablaba con su hijo.

En un año la discoteca estaba terminada. A la inauguración asistió el ayuntamiento en pleno, así como la mayor parte de los habitantes del pueblo. El edificio era soberbio, de verdad. Mostraba un aspecto, cómo diría yo, entre  minimalista y jaitek, no sé. Quizá algo frío, vale, pero con ese aire de vacío nihilista postmoderno que tanto habíamos anhelado.

Uno a uno salieron a la pista de baile las máximas autoridades ante un atril improvisado para la ocasión. Los discursos se prolongaron tediosamente y cuando ya se oía algún ronquido entre el público, acomodado en los sillones de escai, nos sobresaltó un estruendo en el exterior, como si la tierra se hubiera abierto en dos, como si un trueno apocalíptico hubiera descendido del mismísimo cielo. Nos miramos aterrados, y a punto estuvimos de correr despavoridos, si no llega a ser porque al poco vimos al párroco avanzando por el pasillo con el pelo cubierto de yeso, la sotana hecha jirones y una biblia empolvada bajo el brazo, seguido de la madre del alcalde y otras feligresas sacudiéndose los hombros y las faldas. A grandes zancadas se acercó a la pista de baile, desplazó a un lado al concejal con tan sólo una mirada y, colocando las Sagradas Escrituras sobre el atril, sin explicación alguna, continuó la lectura del Evangelio según San Marcos, ahí donde el derrumbe la había detenido. Las fieles, a falta de sitio para sentarse en los sofás, se acomodaron en unos incómodos pufs de neopreno. Un monaguillo, el hijo del churrero, con una astilla aún enredada en el flequillo, se colocó junto al sacerdote cuando éste ya llevaba un buen rato leyendo.

Tras la Lectura vino la Homilía y acto seguido el resto de la celebración. Y miren ustedes, yo no sabría explicar lo que ocurrió, pero de allí no salió un alma, palabra. Nos quedamos todos extasiados siguiendo la misa, y hasta hubo gente que se lanzó a cantar el qué alegría cuando me dijeron. Luego, apenas terminada la ceremonia, el hijo del churrero hizo sonar la campanilla que había podido rescatar del desastre y extendió al párroco un incensario. Éste lo agitó enérgicamente y bendijo por igual a beatos y a nihilistas.

Así concluyó la inauguración de la macrodiscoteca. A partir de ese día, se habilitó también como parroquia, y de la bola de espejitos que pende del techo de la pista, se ha colocado un gancho del que cuelga un crucifijo metálico de quita y pon, que se pliega por los brazos y se esconde en el armario que hay junto a la barra; el altar se improvisa con dos mesas juntas cubiertas por unas faldas de vainicas y el guardarropa hace las funciones de confesionario.

Parece que todos estamos contentos, y hasta la madre del alcalde se ha reconciliado con su hijo. Por mi parte, debo señalar que entrar en una discoteca nihilista que huele a incienso me parece una experiencia única, de verdad, casi mística.  Si Nietzsche viviera, le invitaría a mi pueblo a conocerla.

Palabra.

Silvia Corella Pla

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